Elena
Mis rodillas dolían contra el suelo de piedra, pero no me detuve. Había pasado gran parte de la madrugada limpiando las cenizas de la chimenea y el desastre que, según Cassandra, yo había provocado. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba el rugido de Silas. «¡FUERA!». Esa palabra se repetía en mi mente como un eco de campanas fúnebres.
Pero lo que más me atormentaba no era su grito, sino ese segundo de debilidad en su mirada. Cuando me llamó "Lía", su voz no sonaba a odio; sonaba a una herida abierta sangrando después de cien años. ¿Quién era ella? ¿Y por qué mi cuerpo vibraba ante un nombre que no era el mío?
—Parece que no has terminado todavía, humana —la voz de Cassandra, dulce y afilada como una navaja, rompió el silencio del pasillo.
Me puse en pie rápidamente, limpiando mis manos sucias en el delantal gris. Ella estaba allí, impecable, sosteniendo una bandeja de plata con una tetera de porcelana fina y un juego de tazas que relucían bajo la luz de las lámparas.
—Estoy terminando con la chimenea, señorita —dije, tratando de que mi voz no temblara.
—Silas está en una reunión importante con los Betas en el comedor privado. Necesita su té —hizo una pausa, mirándome de arriba abajo con una sonrisa gélida—. Marta está ocupada en la lavandería, así que me pidió que te enviara a ti.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿A mí? Pero el Alfa... él dijo que no quería verme.
—Ha pasado la noche y necesita que el servicio funcione. No te creas tan importante, Elena. Eres solo una criada. Lleva esto ahora mismo, o tendré que decirle que te niegas a cumplir con tus deberes.
Me extendió la bandeja. Mis manos temblaban mientras la tomaba. El peso de la plata era considerable, y el líquido caliente dentro de la tetera humeaba. Cassandra me dedicó una última mirada de superioridad antes de dar media vuelta y desaparecer por la esquina.
Caminé hacia el comedor con el corazón en la garganta. Cada paso era una tortura. Cuando llegué a las grandes puertas dobles de madera tallada, respiré hondo. Podía escuchar las voces profundas y autoritarias de los hombres dentro. El aura de poder que emanaba de la habitación era tan fuerte que me mareó.
Empujé la puerta con la cadera, tratando de mantener el equilibrio.
Silas estaba a la cabecera de la mesa, rodeado de otros tres hombres de aspecto imponente. Al verme entrar, la conversación se detuvo en seco. La mandíbula de Silas se tensó tanto que pude ver una vena latir en su sien. Sus ojos grises se clavaron en los míos, cargados de una furia renovada.
—¿Qué haces aquí? —siseó.
—Yo... traje el té, señor. La señorita Cassandra dijo que...
De repente, sentí un tirón violento en mi tobillo. Fue como si una mano invisible me hubiera enganchado el pie. No había nada en el suelo, ni una alfombra arrugada, ni un mueble fuera de lugar, pero perdí el equilibrio de forma estrepitosa.
El mundo pareció moverse en cámara lenta.
La bandeja voló de mis manos. El estruendo de la porcelana rompiéndose contra la mesa fue como un disparo. Pero lo peor fue el té hirviendo. El líquido saltó por los aires, salpicando los mapas estratégicos que los hombres estaban revisando y, en su mayoría, cayendo sobre el pecho de uno de los Betas.
—¡Maldita sea! —rugió el hombre, poniéndose en pie y sacudiéndose el líquido caliente.
—¡Lo siento! ¡Lo siento tanto! —exclamé, cayendo de rodillas, tratando de recoger los pedazos de porcelana con mis manos desnudas, sin importarme que el cristal me cortara los dedos.
—¡Eres una inútil! —la voz de Cassandra apareció de nuevo, entrando en el salón con fingida agitación—. ¡Silas, lo siento tanto! Le dije a Elena que tuviera cuidado, que este té era especial, ¡pero parece que lo ha hecho a propósito! La vi venir por el pasillo balanceando la bandeja con desprecio.
—¡Eso no es cierto! —grité, mirando a Silas con desesperación—. ¡Algo me hizo tropezar!
Silas se puso en pie. Su presencia llenó toda la habitación, volviendo el aire irrespirable. Caminó hacia mí, y por un momento temí que fuera a golpearme. Se detuvo a centímetros, mirando mis manos ensangrentadas por los cristales y luego los mapas arruinados que contenían información vital de la manada.
—Has destruido semanas de trabajo —dijo él, su voz era un susurro mortalmente tranquilo, lo cual era mucho más aterrador que sus gritos—. Te advertí que no quería verte. Te advertí que tu debilidad era una ofensa.
—Silas, mira mi brazo —intervino Cassandra, mostrando una pequeña mancha roja que apenas era visible—. Me ha salpicado a mí también. Es peligrosa. No es solo torpeza, es resentimiento. No soporta que seamos superiores.
En ese momento, vi a Cassandra por encima del hombro de Silas. Ella no estaba asustada. No estaba herida. Me estaba mirando fijamente, y por un segundo, sus ojos brillaron con un destello violeta antinatural. Ella me había hecho tropezar usando su poder.
—No... ella miente —susurré, las lágrimas finalmente rodando por mis mejillas.
Silas me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Su tacto era fuego y hielo. Sus ojos buscaron algo en los míos, una chispa de la mujer que recordaba, pero solo encontró a una humana rota y asustada. El dolor que cruzó su rostro fue fugaz, reemplazado instantáneamente por una máscara de crueldad.
—Marta —llamó Silas sin apartar la vista de mí. La ama de llaves apareció en la puerta, pálida como un fantasma—. Llévatela. A partir de hoy, Elena no solo trabajará en las tareas más pesadas, sino que se encargará de los establos y la limpieza de los exteriores. No quiero que vuelva a pisar esta casa. Si entra en la mansión de nuevo, será desterrada al bosque sin protección.
—¡Señor, por favor! —suplicó Marta, pero Silas ya me había soltado como si fuera basura.
—Lévatela antes de que la mate yo mismo —sentenció él, dándome la espalda.
Cassandra se acercó a él, rodeando su cintura con sus brazos, dándome una sonrisa de victoria absoluta. Mientras Marta me arrastraba fuera de la habitación, el olor a sangre de mis dedos se mezcló con el aroma a bosque de Silas.
Caminé hacia los exteriores bajo la lluvia que empezaba a caer, sintiendo cómo el frío calaba mis huesos. Mi hombro ardía. La marca de nacimiento parecía pulsar con cada latido de mi corazón herido.
"Mentirosos", susurró una voz en mi mente. Una voz que no era la mía, sino una mucho más poderosa y antigua que empezaba a despertar ante la injusticia. "Ellos te lo quitaron todo una vez... no permitas que lo hagan de nuevo".
Me desplomé contra la pared de piedra del establo, sola en la oscuridad, sin saber que Cassandra no solo quería mi humillación, sino que ya estaba planeando cómo deshacerse de mi cuerpo de forma permanente.