Capitulo 01
Sienna Moretti
El sonido del timbre fue una sacudida eléctrica que me recorrió la columna.
Yo ya estaba esperándolo, aunque no lo admitiera. Llevábamos meses en este torbellino, meses en los que Aleksei se había convertido en mi aire y en mi droga, cada noche venía y cada noche lo esperaba.
Abrí la puerta y el aire se cargó instantáneamente.
Sus ojos grises me miraban con esa voracidad, como si quisiera devorarme el alma antes de tocarme la piel.
—Moya malen'kaya printsessa —susurró, y su voz ronca vibró en mi pecho.
Antes de que pudiera respirar, sus manos grandes y calientes acunaron mi rostro y sus labios se estrellaron contra los míos.
El beso sabía a urgencia, a una posesividad que nunca antes había sentido con tanta fuerza. Sus dedos se enredaron en mi cabello n***o, tirando de él para exponerme el cuello, mientras me empujaba hacia atrás, cerrando la puerta con un golpe seco.
Me llevó contra la pared y sentí el frío del muro contrastando con el calor volcánico de su cuerpo.
Su mano bajó con una destreza que me dejó sin aliento, deshaciendo el nudo de mi bata de seda. Cuando la prenda cayó a mis pies, dejándome solo en aquel conjunto de encaje n***o que sabía que le volvía loco, sus ojos se detuvieron en mi pecho. Recorrió con la mirada cada una de mis pecas, ese mapa secreto que él conocía mejor que nadie.—Eres perfecta, Sienna —gruñó contra mi oído, y su aliento caliente me hizo estremecer.
Me alzó en vilo, obligándome a rodear su cintura con mis piernas. Mis muslos se apretaron contra sus caderas fuertes y sentí su erección, dura y prometedora, presionando contra mi centro a través de la tela de su pantalón.
Me llevó a la habitación en una bruma de deseo ciego. Al depositarme en la cama, se despojó de su ropa con una rapidez salvaje. Su cuerpo, blanco y musculoso, cubierto de esos tatuajes oscuros que siempre me daban curiosidad, se cernió sobre el mío como una sombra poderosa.
Aleksei bajó por mi cuerpo, besando cada centímetro de mi piel con una devoción que me hacía arder.
Sus labios atraparon mis pezones, succionándolos con una fuerza que enviaba descargas eléctricas directamente a mi vientre. Gemí, arqueando la espalda, mientras sus manos grandes apretaban mis nalgas, manteniéndome pegada a él pero fue cuando bajó más que mi mundo se detuvo.
Sus dedos largos y expertos apartaron el encaje de mi braga y comenzaron a acariciar la piel sensible de mis muslos antes de encontrar mi clítoris. El primer roce de su pulgar contra ese pequeño punto de placer fue tan certero que solté un grito ahogado.
Aleksei me miró fijamente, con sus ojos grises brillando con una intensidad animal, disfrutando de mi reacción.—Mírame, Sienna —ordenó con voz de mando.
Lo miré, perdida en el abismo de su mirada, mientras sus dedos comenzaban a trabajar en círculos rítmicos y firmes. El placer era insoportable, una tensión que crecía y crecía hasta hacerme sollozar.
Entonces, su lengua reemplazó a sus dedos. El contacto húmedo y caliente contra mi clítoris me hizo perder el control. Sus labios lo envolvían mientras su lengua jugaba con una presión que me hacía delirar. Mis dedos se clavaron en sus hombros anchos, mis uñas marcando su piel, mientras mis caderas se movían buscando más de ese tormento delicioso.
—¡Aleksei, por favor! —grité, mi voz rompiéndose en un gemido cuando sentí que el orgasmo estaba a punto de estallar.
Él se incorporó, su mirada más oscura y posesiva que nunca. Se posicionó entre mis piernas y, con un movimiento lento y deliberado, se enterró en mí. El impacto de su tamaño llenándome me hizo soltar un jadeo largo. Estaba más grande, más profundo, más presente que nunca. Cada embestida era un reclamo, un sello que grababa su nombre en mis entrañas.
El ritmo comenzó a acelerarse.
Sus manos se entrelazaron con las mías, inmovilizándolas contra el colchón, mientras sus ojos no se apartaban de los míos. Era una lucha de voluntades y placer. Cada vez que su cuerpo golpeaba el mío, yo gritaba su nombre, mis gemidos llenando la habitación mientras mis paredes internas se contraían alrededor de él, desesperadas por retenerlo.
El placer era tan intenso que dolía, una combustión interna que amenazaba con reducirme a cenizas.
—Eres mía, Sienna no lo olvides nunca —susurró, su voz cargada de una emoción que no supe identificar.
Sentí la ola del clímax acercarse, una marea de fuego que me envolvió por completo.
Mis músculos se tensaron, mi visión se nubló y solté un grito desgarrador mientras mi cuerpo temblaba bajo el suyo en una entrega absoluta. Él me siguió segundos después, hundiéndose una última vez con una fuerza que me dejó sin aliento, vertiendo su semilla y su calor dentro de mí con un rugido que vibró en sus pulmones.
Nos quedamos así, entrelazados, con el corazón martilleando al unísono y el sudor pegando nuestros cuerpos.
En ese momento, mientras él me abrazaba y besaba mi frente, me sentí la mujer más amada del mundo. Creí que ese nivel de entrega significaba que estaríamos juntos siempre, que nuestro amor era inquebrantable pero el calor se evaporó antes de que mi respiración se normalizara.
Aleksei se apartó con una frialdad que me heló la sangre. Se sentó en el borde de la cama y, sin decir una palabra, comenzó a vestirse. La máscara de acero había vuelto a su rostro, borrando cualquier rastro del hombre que acababa de hacerme el amor con tanta pasión.—Debo irme, Sienna —dijo, abrochando su camisa con una precisión mecánica que me dolió.
— ¿Mañana a la misma hora?— Le pregunte con una pequeña sonrisa
—No hay un mañana para esto, Sienna —me cortó, su voz gélida, sin mirarme—. Esto se acabó. No puedo seguir viniendo aquí.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —el pánico se apoderó de mi voz. Me levanté, ignorando mi desnudez, y lo tomé del brazo—. ¡Me amas! ¡Lo sentí hace un momento! ¡Dame una explicación! ¡No puedes simplemente follarme así y luego decirme que se acabó!
Él se soltó de mi agarre con un movimiento brusco, pero seguía sin mirarme a los ojos. Se puso su saco, ajustó sus puños y caminó hacia la puerta.
—No me busques. No intentes contactarme. Quédate con lo que deje en la mesa para ti —fue lo último que dijo antes de salir y cerrar la puerta tras de él.
Me desplomé en el suelo, rodeada por el aroma de nuestra pasión que aún flotaba en el aire.
El silencio era insoportable.
Mi orgullo y mi corazón estaban hechos trizas.
No podía entender cómo el hombre que me había besado cada peca con tanta ternura podía ser el mismo que me dejaba como si fuera basura.
Pasé la noche llorando, sintiéndome usada y vacía pero el destino tenía un último golpe guardado para mí.
Horas después, cuando la luz del amanecer empezaba a filtrarse, caminé hacia el baño para intentar lavarme el rastro de su tacto. Allí, sobre el lavamanos, vi la prueba que me había hecho antes de que él llegara.
Dos líneas rosas. Positivo.
Solloce con una desesperación que me desgarraba el pecho, el hombre que me había abandonado sin una explicación, el hombre al que le había entregado todo, me había dejado un hijo.
Un hijo que nacería en el silencio de su ausencia.
Me llevé una mano al vientre, jurando en medio de mis lágrimas que protegería a ese bebé con mi vida. Aleksei Dragunov me había roto, pero yo no dejaría que rompiera a mi hijo. Aunque lo amara con una intensidad que me daba asco, él ya no existía para nosotros.