Capítulo 1

2040 Palabras
CAPÍTULO 1Apenas una hora antes, hacia las diez de la mañana, me había llamado el subinspector Carlos Carreras, mi inmediato superior en el Cuerpo. Su voz había sonado, como casi siempre, desagradable. —Mercado, hoy tienes trabajo —me había dicho. Me había ordenado que fuera inmediatamente al Club de Golf Collserola, cerca de Sant Cugat, donde se acababa de producir un homicidio. Antes de darme una ducha fría para despejarme y tomarme un café muy corto, había fumado un cigarrillo. El primero del día. Después, había cogido un par de galletas reblandecidas que hacía días que rondaban por la cocina y había salido disparado a coger el coche. El domingo se había estropeado. Al acabar de apurar el cigarrillo y tomar un poco de aire, volví de nuevo a la sauna en busca de cualquier detalle que pudiera ser de interés. Todavía martilleaban en mi cabeza las notas plomizas y absorbentes de la guitarra de Robby Krieger rasgando «Riders on the Storm», cuando una mano firme se posó sobre mi hombro: —Buenos días, sargento Mercado —dijo alguien a mi espalda—. Me han dicho que usted está al mando del operativo. Soy el agente Camacho, para servirle. —Gracias, agente —respondí de manera automática—. ¿Quién es el muerto? —Es Guillermo Canals, dueño del club. La mujer de la limpieza se lo ha encontrado muerto hará un par de horas. Cuando hemos llegado aquí estaban los del SEM intentando reanimarlo, pero no han tenido éxito. Creen que ha muerto por ahogamiento. Hemos acordonado la zona y le estábamos esperando a usted. ¿Qué hacemos, sargento? —De momento, nada —contesté—. Cierren el paso a todo individuo que no sea personal sanitario o de la policía, y no toquen el cuerpo. Hemos de esperar a la autoridad judicial para que levante el c*****r. ¿Dónde está la mujer de la limpieza? —En las oficinas, en la planta de abajo, con la gerente del club y un agente del Cuerpo. Hoy es un día de mucho movimiento. Se celebra el torneo anual de golf que lleva el nombre del fallecido. Hay muchos famosos de la crónica rosa, políticos y deportistas. También he visto una unidad móvil de la televisión autonómica. —Acompáñeme a las oficinas, agente —ordené. Salí de la sauna con el agente Camacho. El lugar era un espacio rectangular amplio. Por dentro estaba forrada íntegramente de madera. Debía de tener no menos de cuatro metros de ancho por seis de profundidad. A ambos lados estaban dispuestos dos bancos a diferentes alturas y al fondo se encontraba la estufa eléctrica cubierta de piedras. La puerta, de madera, estaba coronada por un generoso ojo de buey a modo de singular mirilla. Por fuera, las paredes estaban revestidas en piedra natural. La sauna estaba ubicada dentro del gimnasio del fallecido, una gran sala con todo tipo de modernos aparatos de entrenamiento. Llegamos a las oficinas del club, donde se encontraba la mujer de la limpieza. Vestía una pulida bata azul cielo en cuyo bolsillo superior llevaba bordado el nombre de una empresa de limpieza. Era menuda y estaba hecha un manojo de nervios. —Juana, le presento al sargento Mercado —dijo Camacho. —Mucho gusto, señor —contestó la mujer, que parecía a punto de llorar. —Tranquilícese, Juana —intenté apaciguar—. Cuénteme lo que ha pasado. —Verá, como cada día, cuando la señora Victoria me lo ha ordenado, he subido a limpiar las dependencias privadas de don Guillermo... —¿Quién es la señora Victoria? —interrumpí. —Victoria del Río es la gerente del club —respondió el agente. —¿Y dónde está ahora? —Ha tenido un ataque de ansiedad y los del SEM le han dado un tranquilizante para que se calmara —contestó—. Está en su despacho. ¿Quiere que vaya a buscarla, señor? —No, déjela descansar. Ya hablaremos luego con ella. Perdone, Juana —dije dirigiéndome de nuevo a la mujer de la limpieza—. Me decía que la señora Victoria le había ordenado ir a limpiar las dependencias del señor Canals. —Sí —afirmó—. Cuando entré en el gimnasio, vi que la puerta de la sauna estaba cerrada. Me extrañó, porque si no está el señor Canals, la puerta siempre está abierta. Y cuando él está en la sauna yo no entro en el gimnasio, por supuesto. No sabía qué hacer, pero al final me decidí a abrir la puerta, no fuera que el señor se la hubiera dejado cerrada por descuido. Y cuando la abrí… Por Dios, ¿quién ha podido cometer semejante disparate? La mujer se puso las manos en la cara y se echó a llorar con desconsuelo. —Camacho —ordené—. Ocúpese de la mujer. —¡El gran Eutiquio Mercado! —tronó de repente una voz detrás de mí. —Era Eduardo Roca, cabo de la Policía Científica, que entraba por la puerta de las oficinas—. ¿Qué haces aquí? —preguntó. —Ya ves, me han encargado del asunto —contesté de mal humor—. Adiós domingo. —Pues estamos igual. El domingo a la mierda. Qué se le va a hacer. Venga, llévame al lugar de los hechos y terminemos pronto. Hoy como en casa de los suegros, y como no llegue puntual mi mujer me la va a liar. Subimos de nuevo a la sauna. Roca y su equipo iniciaron un minucioso trabajo, peinando palmo a palmo toda la estancia, buscando cualquier pista que pudiera ser de interés, a la vez que examinaban detenidamente el c*****r de Guillermo Canals. Mientras tanto, volví otra vez a las oficinas y mandé a Camacho que fuera en busca de la gerente. Victoria del Río era una mujer todavía joven. Aunque no era especialmente hermosa, tenía unas facciones agradables. Vestía un elegante y caro traje de chaqueta de color marrón claro y en su muñeca derecha llevaba un vistoso Rolex deportivo de gran tamaño. Camacho nos presentó. —Usted dirá, sargento —dijo dándome la mano con firmeza. —Me gustaría que me contara lo que ha sucedido esta mañana hasta que se han encontrado el c*****r del señor Canals. —La verdad es que ha sido una mañana muy movida —respondió—. Hoy se celebra el torneo de golf benéfico que cada año organizaba don Guillermo. Habrá oído hablar de él. —Pues no —reconocí—. Explíqueme, por favor. —Don Guillermo era un apasionado del golf y siempre tuvo una gran sensibilidad para ayudar a los más desfavorecidos, por lo que hace cinco años decidió crear un torneo que reuniera a famosos de diferentes ámbitos con la finalidad de recaudar un dinero que fuera a parar cada año a una ONG distinta. —Muy loable —contesté. —Pues sí, la verdad. Don Guillermo consideraba que estaba en deuda con una sociedad que le había permitido llegar a ser lo que era, y era la manera que tenía de agradecérselo. Este año, entre las inscripciones de los participantes, las colaboraciones de diferentes marcas comerciales y la generosa aportación de don Guillermo, hemos recaudado cerca de trescientos mil euros. —Una cifra respetable —contesté—. Cuénteme ahora qué ha pasado esta mañana. —A las siete de la mañana yo ya estaba aquí cuidando de que no faltara ningún detalle. Después han ido llegando los participantes. Calculo que sobre las nueve don Guillermo, sus hijos y algunos invitados han realizado una visita por las dependencias del club, que, por cierto, acabamos de reformar hace apenas unos meses. Después ya no he vuelto a ver a don Guillermo. —Ha hablado de los hijos de Guillermo Canals —dije—. ¿Dónde están? —Estarán por ahí. Cuando hemos encontrado el c*****r de don Guillermo, no sabía si avisarlos o esperar a que vinieran ustedes. No sé si he hecho lo correcto. —Esté tranquila, ha hecho bien. ¿Los puede ir a buscar? —Ahora mismo. Mientras la mujer iba en busca de los hijos del muerto, subí de nuevo a la sauna a ver cómo les iban las cosas a Roca y su gente. —¿Qué tal, Roca? —pregunté. —Todavía nos queda un rato. Pero ya te avanzo que poca cosa podremos encontrar. Por aquí parece que haya pasado una manada de leones. Hay pelos y huellas por todas partes. —¿Y el cuerpo? —Estamos en ello, pero el tipo que ha hecho la faena se ocupó de limpiar bien la pelotita de golf. No ha dejado ninguna huella. —¿El hematoma en la frente? —pregunté. —Quizás se haya dado un golpe al caerse al suelo —contestó Roca—. No sé. Esperemos a que el forense haga su trabajo. A priori, parece que murió asfixiado por la pelota. Qué forma más terrible de morir, ¿verdad? —Sin duda —afirmé. —Pero no descartemos otros supuestos —dijo Roca—. ¿Sabes quién era Canals? —Por lo que veo, un hombre rico. —¿Rico, dices? Te quedas corto, Mercado. Guillermo Canals debe de ser uno de los tíos con más pasta del país. Y este caso no es uno cualquiera, te lo aseguro. Te ha caído un buen marrón, amigo. En ese momento, unos gritos de mujer provenientes de la planta inferior interrumpieron la conversación. —¡Quiero ver a mi padre! Y me da igual que usted me lo prohíba. Voy a subir, le guste o no. Me asomé a la escalera y vi a Camacho protegiéndose como podía de los empujones de una mujer alta y rubia que subía por las escaleras a todo trapo. —Camacho, déjela pasar —ordené. Cuando la mujer llegó a mi altura, resoplaba con fuerza. —Señora, soy el sargento Mercado y… —Mucho gusto, policía —interrumpió, amenazante—, pero o me deja pasar a ver a mi padre inmediatamente o le aseguro que se va a arrepentir el resto de sus días. —Muy bien —cedí—. Pero le advierto que lo que va a ver no es muy agradable. —Me importa una mierda. ¡Apártese! Seguí a la hija de Canals hasta el interior de la sauna. Cuando cruzó el umbral de la puerta, la mujer se paró y por un momento pareció que perdía el equilibrio. Se apoyó en mi brazo, mientras agachaba la cabeza y unas tímidas lágrimas aparecían en sus blancas mejillas. —Pero ¿qué han hecho con mi padre? —sollozó. Se arrodilló junto al anciano. Le cogió la mano y se la acercó a su mejilla. Roca hizo ademán de detenerla, pero le indiqué con una seña que no intercediera. Después de un par de minutos contemplándola en silencio, me acerqué a ella y, suavemente, la cogí para llevármela de allí. En ese momento apareció Victoria del Río y se abrazó a la hija de Canals. —Vicky —le dijo—. Ve a buscar a mi hermano, lo necesito. —Ahora mismo voy —contestó—. Ven, vamos al despacho de tu padre. Allí estarás más tranquila. La hija de Canals se estaba secando las lágrimas, cuando se giró y se dirigió a mí. —Soy Heidi Canals. Siento haber sido tan maleducada. —Descuide. Ya sé que ahora no es el momento, pero me gustaría hablar con usted cuando pueda. Le dejo mi tarjeta. Heidi Canals cogió la tarjeta y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Mientras se marchaba hacia el despacho de su padre con la gerente, la observé con detenimiento. Alta y rubia, era una mujer elegante y muy bella. De complexión delgada, mostraba una figura exquisitamente proporcionada. Un ceñido polo de color rosa y unos pantalones de pinzas blancos realzaban unas caderas prominentes, que no exageradas. En ese instante, Roca salía con la gente de su equipo. —Ya hemos terminado por hoy —dijo. —¿Algo a destacar? —Lo que te dije antes. Será complicado sacar conclusiones claras. Mañana tenemos que volver. Hay que tomar muestras de ADN de todo el personal del club para compararlas con las que hemos recogido hoy. Así sabremos si alguno de ellos estuvo en la sauna la mañana de ayer. Igual suena la flauta. —O igual no. Con el tiempo, me había ido acostumbrando a pensar que el camino más difícil siempre era el bueno. Era una manera como otra de evitar decepciones. Pensé que por ese día bastaba. Aunque el domingo se había ido al carajo, al menos podría aprovechar la tarde para hacer algo de provecho. O simplemente para tirarme en el sofá y pasar el resto del día escuchando rock and roll. Me fui detrás de Roca y su gente. El lunes sería otro día. Al pasar por delante del que supuse había sido el despacho de Canals, observé que la puerta estaba entreabierta. Terminé de abrirla con cuidado y vi a Heidi Canals sentada, cabizbaja, en una silla. Estaba absorta mirando una foto que tenía entre las manos. Inmediatamente se dio cuenta de que la estaban observando. Levantó la cabeza y unos preciosos ojos de color azul intenso me miraron fijamente. —Sargento, el hijo de puta que haya hecho esto lo pagará, se lo aseguro. —No se preocupe, señora —contesté—. Nos encargaremos de que la justicia haga su trabajo. —Más le vale. Pienso mover cielo y tierra para que quien haya sido pague por ello. Con su colaboración o sin ella —retó, amenazante. —Entiendo su dolor —contesté. Decidí retirarme para no molestarla más, pero en el instante en que me daba media vuelta para marcharme, apareció Victoria del Río en tromba. Jadeante, tragó saliva un par de veces mientras se reponía. Después, balbuceó: —Heidi, tu hermano Christian ha desaparecido.
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