capitulo 31 (parte 2)

1359 Palabras
Helena río ya extrañaba la charlas por las cosas de la pequeña traviesa de la casa. – ¡Ay, don Abel! ¡Que cosas dice! – Quizás los puercos comen mejor que está mocosa, ¿Cierto niña cierto?. Abigail aplaudió sonriendo – Ya ven hasta entiende. Todos rieron – Yo creo que los animalitos la extrañaban, dijo Helena – ¡No?, ¡como dices eso niña, todo lo contrario!, ¡Pobre de ellos ahora que regresó esta niña! Rieron por el gracioso comentario... – Empezaré este día como todo un hombre responsable!, Se levantó Martin del comedor al terminar su desayuno, se despidió dándole un beso a su hija y a su esposa – ¡Eso hijo a laborar!. Lo apoyo su padrino – ¡Vamos a lavarte las manos y la carita Abigail! – ¡Más bien bañala hija!, Está toda sucia la princesa, comento haciéndole cariños... Abigail iba corriendo a jugar en el corral – ¿¡Abigail, Abigail?!, ¡No vallas a ensuciarte!, gritaba Helena corriendo tras ella – Dejala déjala Helena, de seguro los extrañaba, ven a sentarte a mi lado te enseñaré algo. Helena sonrio y sento en una mecedora al lado de él haciéndole compañía, el señor Abel tomo su mochila..., Saco un regalo envuelto y se lo dió... Ella sonrió y lo abrió, su rostro se emocionó al ver qué era – "Agua y fuego", susurro el título en voz baja – Helena he visto que mientras te quedabas con nosotros leias los dos únicos libros que tenemos aquí, percibí que te gusta leer. El rostro de Helena se iluminó – Muchas gracias don Abel, y si, ¡Me encanta leer! – Me alegro mi niña. Miro a su nieta – Mira como estrangula al pobre pato. Helena río divertida... Ana acordó con Eliécer en volver a casa, la condición de él era tener más guardias vigilando la casa, presentia que Adolfo la buscaría y eso no se lo permitiría. Aunque el cierre del trato fue como lo acordaron, Adolfo no estuvo de humor al enterarse que la mujer de Eliécer se había ido por cosas de trabajo. Sabía que era una mentira, con esa acción pudo confirmar que si era ella. – Eres un descarado. Lo acechó Isabel Dejo el periódico a un lado de la cama y la miro – ¿Que te pasa? – No pudiste disimular tu gusto por la esposa de Eliécer, no respetas mi cara El río descaradamente – ¡Valla! ¿Que tanto respeto me guardas?, Estuviste a punto de escaparte con el ranchero, dijo al tiempo en que se puso de pie y se acercó a ella – ¿De verdad que quien te entiende? ¡Me vas a volver loco!. La tomo fuerte del brazo y la sacudió – ¿Celosa? – Se parece, es por eso, se parece a Ana. Golpeó su pecho varias veces – ¡Aún sigues enamorado de ella!, gritó – ¿Porque no te divorcias de mí? Déjame libre La llevo hasta la pared – Porque no quiero, ¿Cuál es el problema? Dale las gracias a tu padre. – No te entiendo, dijo entre lágrimas – Eres como el camaleón, ¿Porque quieres seguir casado conmigo? ¿Que esperas? La herencia, ¡Es obvio! ¡Que tonta!. Bajo su altivez al verla llorar – ¿Que quieres?, Tu padre me metió en ésto, no tengo vuelta atrás, ¿Aún lo amas?, Isabel guardo silencio – No lo amas, lo dejaste de hacer hace tiempo. Aseguró – A ti tampoco, dijo grotesca limpiando sus lágrimas – Eso no lo sabes, eso no lo decías cuando estábamos juntos. Helena bajo su rostro. – ¡Ya dejame en paz!, Se libero de él... Isabel aparte de sentirse destrozada, por unos minutos imagino que volvería a tener el amor de Martin y junto con el a sus dos hijas juntas, todo fue a lo contrario, el había puesto su desamor en los brazos de otra quien persistió consolandolo aún sabiendo que amaba a otra mujer, pero el tiempo cambio a su favor ahora casados y felices... Al regresar y estar en compañía de alguien más era agradable para las dos mujeres, la mujer de Daniel compartía cada día más con Isabel haciéndose muy buenas amigas, ambas se desahogaba juntas, Isabel en ocasiones escuchaba fuertes discusiones que provenían de esa cabaña, intento algunas veces intervenir pero Adolfo no se lo permitía, para él ellos debían arreglar sus problemas. Aunque su matrimonio era más conveniencia que amor, no hubo cambios, había algo que no dejaba que la relación cambiará, el la tomaba en algunas ocasiones cuando recordaba a Ana y borracho la hacia suya, para Isabel ya era costumbre que el lo hiciera le daba igual, si ya no tenía por quién luchar entonces se quedaría atada a ese matrimonio infernal sin amor. Adolfo amaba a la que había adoptado como a su hija, era la luz de sus ojos la consentía todo el tiempo... En los negocios todo era perfecto, crecía el dinero así mismo crecía su ambición, con la ayuda de su amigo iniciaron un negocio bajo perfíl, tenía que buscar la manera de hacer su imperio, se encerraban en la oficina y si era posible duraban todo el día sin salir. Eliécer y Ana crecían juntos laboralmente, ella abrió un spa y lo administraba muy bien, a donde iba andaba acompañada por un escolta y un chófer, se había enamorado de el hombre que la salvó de las garras de Adolfo. Tenía la sospecha de un embarazo y llegó a un laboratorio por unos resultados – Felicidades sra Collins, será madre. Al escuchar a la doctora se emocionó preparo una cena para dos y poder darle la noticia a su esposo... Eliécer llegó a casa, se sorprendió al ver la mesa – ¿Y cuál es el motivo de la cena? Pregunto extrañado – Felicidades papá, respondió colocando los resultados en el comedor. Era la noticia más inesperada para él, su felicidad era tan grande que lloraba de la alegría que sentía por tener la dicha de ser padre... Adolfo a la distancia se conformaba con verla de lejos, espiarla y saber que vivía con otro hombre al que odiaba era un ácido para su estómago, sabía todo de Ana, cuando tenía la oportunidad la seguía, lo que más llamaba su atención era su pequeña hija Ivana, sus ojos azules le eran conocidos y se estaba volviendo obsecionante. En un descuido de los dos hombres entro al spa una mañana. Se sentó en la silla de espera. – ¿El siguiente?,. Al verlo entrar se sorprendió – ¿Que haces aquí? No te cansas, lo acechó molesta – Esa niña Ana..., No es hija de Eliécer ¿Verdad?. Al no escuchar respuesta gritó – ¡Contesta! – ¿De que está hablando usted? – Ya no me trates como un desconocido Ana, yo sé que eres tú y no lo ocultes más, contesta lo que pregunte... – Es hija de Eliécer, es su hija. – Yo sé que no Ana, tiene mis ojos, es mi hija... – Deja de decir estupideces Adolfo, contesto molesta – Ahora sí me conoces ¿No? – ¿Que te pasa?, Dijo angustiada. – ¡Es mi hija!, dijo al tiempo que daba pasos a la puerta, al ver a la pequeña regresar con un oso en sus manos, miro por ultima vez a Ana – Lo es. Le aseguro. Ana palideció, casi pierde el control de su cuerpo, pasó sus manos por su rostro aterrada, Adolfo había descubierto que tenían una hija, pero, ¿Desde cuándo lo sabía? ¿Porque no había dicho nada hasta ahora?. Se preguntó... Pasaron los meses y era cuatro familias las que a diario pasaban por situaciones diferentes. .... Helena y Martin cada día más enamorados – No me siento bien. Dijo Helena – ¡Cómo!, Estás enferma, pregunto Martín preocupado al ver que no probaba bocado – No, está embarazada, agrego el señor Abel. Ambos se miraban sorprendidos... – No creo, dijo con el ceño fruncido – Pero..., No me ah bajado mi... ¡Ah!..., ¡Estoy embarazada!
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