Capítulo 8. Invisible.

1504 Palabras

Durante los días siguientes, Natalia se dedicó a cumplir con lo que él le había dicho: ser invisible. No fue fácil al principio. La casa era inmensa, silenciosa, y todo parecía ajeno. Pero después de tanto llorar, reclamar, y maldecir, entendió que si quería sobrevivir allí, necesitaba observar, adaptarse, moverse sin hacer ruido. Y lo hizo. Empezó por memorizar los horarios, las caras. A distinguir quién hacía qué. Cuáles pasillos evitar. Dónde podía sentarse sin ser mirada. Fue entonces cuando conoció a Anya. Anya tenía su edad, quizás un año más. Era empleada de la casa, pero tenía un aire informal que la diferenciaba del resto. Fue ella quien le llevó ropa una mañana, y la ayudó a ordenar su armario con una sonrisa. — Si necesitas algo, solo dime. — Le dijo. — No me gusta ver

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