El día siguió sin más sobresaltos. A media mañana, el doctor volvió con buenas noticias. Emilia estaba estable, no había señales de que fuera a recaer y, con cuidado, podía continuar la recuperación en casa. Firmaron los papeles. Luna empacó las pocas pertenencias que Emilia tenía y, poco después, ambas salieron del hospital. Afuera, como Liev había advertido, dos hombres esperaban en un auto oscuro. No hablaron, solo asintieron cuando Luna las guio hacia un taxi que habia pedido con anticipación usando una App de servicio. El camino fue silencioso, hasta que Emilia preguntó: — ¿Vamos a tu casa? — Sí. Vivimos con mi mamá y mi hermana. Vas a estar acompañada, cuidada. No es nada lujoso, pero... es hogar. — Emilia sonrió débilmente. Sus ojos estaban apagados, pero agradecidos. — Gracias

