Capítulo 1 – La sensación del Sunrise

1325 Palabras
El sonido de la música se escuchaba resonar en todo el bar, no solo eso, el bullicio de las personas también hacía presencia. El bar Sunrise, es el más conocido en la ciudad, y no por su música, ni por las bebidas, ni siquiera por la pista de baile. Quien lograba que este lugar se llenara de personas, era solo él, ese hombre perfecto, Fred, él era esa chispa que hacía que todo el lugar se incendiara, sus movimientos de caderas, sus gestos, esa máscara que cubre parte de su rostro, lo hacía ver más atractivo y sexy. Fred es la esencia del Sunrise y no tengo dudas de que debajo de esa máscara exista un rostro que complemente ese cuerpo. — ¡Aquí está la sensación del Sunrise! —grita el presentador encima del escenario—. ¡Nada más y nada menos que… ¡Fred! Todos aplaudieron y gritaron fuerte de la emoción al verlo llegar, con esos pantalones ajustados donde se podía presenciar muy bien su regalo de Dios, ese abdomen marcado, me hacían suspirar cada vez que lo veía moverse de forma tan sensual. — Kendra, prometo pagarte todo lo que te debo —comenté, suspirando y mirando el show. — ¡No te preocupes, sé que estás obsesionada con Fred! —dijo, sonriendo y espectando mi reacción—. ¿Quieres acostarte con él? Mi rostro cambió en automático, su pregunta no me la esperaba, tragué grueso y me acomodé en la silla. La entrada al bar, tenía un precio que yo, honestamente no puedo pagar. Le pedía de favor a Kendra, mi amiga, que me pagara las entradas como método de pago de hacer el quehacer en su hogar, aunque siento que me quedo en deuda porque todo es muy costoso aquí dentro el local, sin embargo, su pregunta continúo haciendo presencia en mi mente. — ¡¿Acostarme con él?! —grité de emoción sin importar que me escucharan. — ¡Chist! ¡Baja la voz! —siseo—. Sí, ¿no te gustaría? — Si la entrada es costosa, imagínate acostarse con esa maravilla de hombre. Mordí mis labios y miré al escenario, cuando fui capaz de enfocar sus labios, vi como él se los mordía igual, como se humedecía esos labios carnosos y rosados que tenía. Daría lo que fuera por ver esa cara que oculta. — Bueno, sí es cara, pero ese gusto deberías pensar dártelo, ¿no? — No tengo trabajo —expresé, cabizbaja. — Vi que en Tecnovie hay vacantes —informó, tomando un sorbo de su copa. Esa empresa de Tecnología, es la más grande de toda la ciudad, ahí se encontraban los mejores dispositivos que se han posicionado en el mercado. — Sacaré mi hoja de vida mañana mismo. — No es necesario, Adela —se tiró una carcajada quisquillosa—. Cuando lleguemos a casa, te enviaré el correo de la empresa donde reciben la hoja de vida y tu información. — ¡Ay, no sé como agradecerte tanta generosidad! —sonreí. Ella rodó los ojos y continuamos disfrutando del show de Fred. Las cosas se ponían más candentes mientras más tiempo pasaba, le aventaban mucho dinero, flores y hasta le ofrecían bebidas muy caras. Definitivamente, Fred, les movía el piso a todos, incluyéndome a mí. Si tendría que trabajar horas extras para ser capaz de pagar para probar ese pastelito, lo haría. Al terminar su show, era el momento de saber quien ofrecía más dinero por estar en la cama con él. La mayoría de mujeres que ofrecían una cantidad exorbitante, eran mayores, cuarentonas y alguna que otra mujer rescatada y glamurosa. Les tenía tanta envidia. — ¿Cuándo será el día en que yo podré levantar la mano y aventar dinero? —comenté en sollozos en burla. — Algún día lo harás —se burló—. Después de esto nos vamos, ¿bien? Asentí. Kendra es mi amiga desde que empecé la universidad, es una buena amiga, y lo mejor de todo es que tiene muy buen trabajo, gracias a ella, es posible que pueda pasar mi estadía aquí en Sunrise, claro, sin poder darme ese gusto de devorar al chocolate blanco que está encima de ese escenario. Cuando me levanté para regresar las copas y pagar las bebidas, mientras que Kendra está en el baño, la luz de escenario me apuntó a mí. ¡Dios, se me caía la cara de vergüenza! Tantas mujeres finas y arregladas, y tenía que ser a mí que me apuntaran con esa cosa. — Esta vez, Fred no quiere que lo escojan a él —dijo el presentador—. Quiso escoger al azar de las luces —me lanzó una mirada. ¿Escoger al azar de las luces? ¿Será que Dios escuchó mis suplicas? ¡No lo podía creer! — Tú —me apuntó con uno de sus dedos—. Sube aquí. Con mis piernas temblorosas y mis mejillas más rojas que un tomate, me dirigí al escenario, cuando terminé de subir las escaleras, me tropecé consiguiendo que uno de mis tacones se rompiese, sin embargo, Fred fue capaz de sujetarme, quedando su cuerpo muy pegado al mío y sus manos en mis caderas, el bullicio pasó de gritos a “Uuuu”. Enfoqué a mi amiga y ahí estaba lanzando porras. Hoy justamente hoy que me pongo este vestido azul todo sencillo. Al terminar el show, Fred y el presentador me llevaron al cuarto donde se acostaban con la esencia. Me sentía avergonzada porque no tuve que pagar ni un centavo para esto, es como si fuera un regalo divino, una oportunidad para esta mujer pobre. La habitación no era sencilla, era lujosa y glamurosa. La cama tenía un espaldar envidiable, el closet, un encanto, la alfombra blanca de pelusas, el sofá. Todo se veía supercaro. Mientras veía toda la habitación como pobre al fin, el chico se quitaba los accesorios. — ¿Estarás ahí espectando todos los objetos de la habitación? —cuestionó, mientras se quitaba el reloj. — ¡Lo siento! ¿Qué se supone que tengo que hacer? —pregunté, haciéndome la inocente. En sus labios se aproximó una sonrisa leve, y se acercó a mí, tanto que podía escuchar y ver un poco más allá de la máscara. — ¿Eres tonta? Se supone que vienes al bar a verme y acostarte conmigo —dijo con ego. — ¿Perdón? —me reí—. Que venga a verte mover el esqueleto, no quiere decir que me quiera acostar con usted. Sí, quieres estúpida. — La gente pobre siempre de egocéntrica, ¿no? —comentó con un suspiro. — ¿Cómo sabes que soy pobre? — Solo escúchate hablar —tomó asiento en la cama—. ¿Estoy perdiendo mi tiempo con una mujer que no paga y tampoco quiere nada? No volveré a escoger al azar. Solo sonreí y me acerqué un poco más a él. — ¿Y tienes sexo con esa máscara? —pregunté. — Sí —respondió—. Lo que importa está aquí debajo, no arriba. ¡Qué pervertido y egocéntrico es este hombre! Aunque tenga ese cuerpo espectacular, esos bailes y que sea puras sonrisas encima del escenario, se tenía guardadito lo presumido que es. — ¿Y si a mí me interesa ver tu cara? — Una persona que apenas sabe a lo que viene, ¿debería interesarle algo? —me miró—. Estoy para cumplir mis caprichos, no para cumplirle los intereses a nadie. Me reí, cada palabra u oración que salía de su boca, tenía más ego que el anterior. — ¿Perdón? — ¿Acaso solo sabes decir eso? —cuestionó de pie y con los brazos cruzados. — Quizás. Él me tomó de la mano y me acercó a él. — Entonces, has que ese perdón valga la pena —se humedeció los labios—. Arrodíllate.
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