— ¿Arrodillarme yo? —me tiré una carcajada—. ¿Acaso soy tu esclava?
No podía evitar reírme, de verdad este hombre se cree un dios, sé que estás muy rico y te ves increíble, pero no puedo solo hacer lo que dice sin divertirme. Su cara no hizo ni una expresión al verme reír de su orden.
— No recuerdo tener una máscara de payaso.
— No tienes que tener una máscara de payaso para hacerme reír, lo que dices basta —continúe la risa y tomé mi zapatilla—. No le quito más tiempo… ¿señor?
— ¡Qué perdida más grande de mi tiempo! —se quejó colocándose su camisa blanca.
¿Qué estaba haciendo? La oportunidad de mi vida está en mis narices, ¿por qué no soy capaz de actuar? ¿Es porque soy virgen? Desde que encontré este bar, solo he podido fantasear con este arrogante hombre y ahora que tengo la oportunidad no de solo fantasear ni de imaginármelo, sino de también tocarlo y besarlo.
Me detuve cerca de la puerta y lo vi frente al espejo colocándose sus accesorios, en ningún momento ha sido capaz de quitarse la máscara, ¿por qué? ¿a qué le tiene tanto miedo?
— ¿Tú no te ibas? —pregunta él con seriedad.
— No sé, mi zapatilla está rota y mi casa queda lejos —comenté, encogiéndome de hombros.
Una excusa al año, no hace daño.
— ¿Me estás diciendo indirectamente que te lleve? —me mira.
— Quizás.
— No, no soy un taxi —dijo.
¡Qué poco caballeroso es este hombre! Él tomó sus llaves y se retiró, fui detrás de él para al menos no salir sola.
— No seas tan cruel, solo llévame para no irme sola —le seguí mientras insistía.
— No, vete a tu choza, ¿no tienes dinero para un taxi o qué? —cuestionó, cerca del auto.
Negué con la cabeza avergonzada, tendría que volver la noche siguiente solo a buscar mi cara, se me ha caído de las situaciones vergonzosas que he tenido hoy. Él pedante de Fred suspiro, sacó su billetera y me dio un billete de 2,000. Nunca había visto tanto dinero junto.
— Espero que te alcance para resolver tu vida —dijo, extendió la mano y se retiró.
Me crucé de brazos y no podía creer lo mal hablado y egocéntrico que es ese cuerpo lindo. Pedí un taxi y al llegar a casa, le avisé a Kendra mi llegada. Estaba tan cansada que solo me aventé a la cama.
Al despertar por escuchar el celular resonar en toda la habitación, tomé el celular para apagar esa estúpida alarma. Me fui a duchar y al terminar sequé mi cabello con el secador, al mismo tiempo leía las notificaciones de mi celular.
Mensaje entrante:
Aquí te dejo el correo: tecnovierecursoshumanos@gmail.com
¡Apúrate! Ellos responden rápido.
De: Kendra.
Solté el secador y encendí la computadora. Corregí algunas faltas de mi hoja de vida y coloqué la mejor foto de mi galería, donde estoy con un vestido rojo, prestado de Kendra, con el pelo ondulado. ¡Kendra debió regalarme ese vestido! Adjunté el archivo y lo envié al correo. A la hora del almuerzo, mientras cocinaba el arroz el dueño del departamento había llegado para comprar, lo que sobró del taxi, se lo di como espera para luego pagarle lo que me faltaba. Esto de no tener empleo, me complicaba demasiado la vida, aparte ya le debía mucho a mi amiga.
Correo entrante:
Su hoja de vida ha sido revisada, por favor de pasar a las oficinas antes del horario de cierre de la empresa.
De: tecnovierecursoshumanos@gmail.com
De la emoción, el arroz se me salió de la boca, ¿tan rápido vieron mi correo? No fue puras palabrerías lo que dijo Kendra sobre eso, es que aún no lo podía creer. ¿Qué me pondré? Fui a mi aposento y saqué aquellas faldas de oficinistas que tenía guardadas, comencé a profundizar en mi closet para encontrar un vestuario decente y que no se me vea lo pobre. Aunque no vivo en una choza como ese estúpido bailarín dijo. Llamé a Kendra y le conté sobre lo rápido que contestaron a mi correo.
— ¡Te lo dije! —gritó por el otro lado de la línea.
— ¡Últimamente, estoy teniendo como muchas oportunidades! —le comenté.
— Oh sí, dime, ¿qué pasó anoche?
— Te contaré cuando llegue de la entrevista, ando algo ocupada con la ropa que me pondré.
— Está bien, te deseo toda la suerte del mundo, Adela —dijo con voz dulce.
Colgué la llamada y me cambié con prisa, me coloqué unos tacones negros no tan altos y completé el vestuario con un saco prestado de Kendra. Me pinté los labios de un color neutro, terminé de arreglar mi cabello y tomé mi bolso. Apenas tenía algo de dinero para un taxi y poder llegar hacia la oficina. Estaba nerviosa, todavía sigo sin asimilar el hecho de que me hayan contactado el mismo día.
Al llegar a las instalaciones, quise disimular mi cara de asombro, pero fue imposible, hacer caras y expresiones de asombro era parte de mí, de mi pobreza.
— Señorita, ¿usted es una de las que se postuló para la vacante? —preguntó una chica.
— Sí, claro —respondí con cortesía.
Ella me llevó hacia la oficina del jefe, pero no había nadie, me dijo que esperara un momento. Todo era exageradamente lujoso, su escritorio, su monitor, su teclado, hasta sus floreros son tan caros y finos. Me senté a esperarlo mientras tomé el espejo que tenía encima del escritorio. En el reflejo de este, vi esa figura con traje detrás de mí.
— ¡Ay, perdón por ser tan confianzuda! —expresé, avergonzada.
Él me miró un poco sorprendido, tomó asiento y suspiró.
— No se preocupe —acomodó el espejo—. ¿Vienes por la vacante?
— Sí, no pensé que sería tan rápido.
Se quedó viendo la computadora, mientras yo lo veía a él. ¿Qué pasa con este hombre? ¿Por qué tan guapo?
— ¿Rápido? —preguntó, sorprendido—. No eres la primera que viene ni la última a la que rechazaré.
— ¿Rechazar? —reiteré, confusa.
— Háblame de ti.
— ¿Qué puedo decir?
— ¿Eres casada? ¿Tienes hijos? ¿Has trabajado antes? —dijo, viendo el computador.
— No, no tengo nada de eso.
— Tienes 28 años y estás soltera.
Eso dice en mi puta hoja de vida, estúpido. No sé porque ya presentía que lo conocía de alguna parte, aunque ese rostro, juro por Dios que no se lo he visto a nadie.
— ¿Me está escuchando?
— Si, ¿perdón? —aterricé.
— Está contratada —sonrió—. Y por favor, nada de poner manos donde no le concierne.
¿Me contractó? ¡No lo puedo creer! Quería saltar de felicidad al escuchar esa noticia, se acabó la pobreza, se acabó tener deudas y se acabó de que Kendra tenga que pagar mis entradas al Sunrise.
— ¡Gracias por esta oportunidad! —le extendí la mano, pero él no me la recibió.
— Empiezas mañana. Procura ser puntual —se puso de pie y me abrió la puerta de la oficina.
Me detuve frente de la puerta y me quedé pensando en que no tenía dinero para devolverme, había salido con el dinero contado. Estaba entrando en pánico, ¿cómo regresaría a casa si no tengo dinero? Tampoco internet en mi celular.
— ¿Por qué no se retira? Tengo mucho trabajo.
— Señor Wilfredo —le llamé, cabizbaja.
Se alejó de la puerta y me miró esperando una respuesta.
— No tengo dinero —confesé.
Él se tiró una carcajada discreta, sacó su billetera y me pasó un billete de 2,000, cuando fui a tomar el dinero de su izquierda, vi unos pequeños puntos negros alrededor de sus dedos. Me sorprendí al verlos y lo miré con atención.
— ¿Son lunares esos? —pregunté, curiosa.
— Sí, ya puede irse, esos 2,000 se lo descontaré de su sueldo —aseguró, sentándose.
— ¡Ay, no sea así! —le dije con una sonrisa—. Piense que es como una ayuda.
— ¿Ayuda? —sonrío—. No es primera vez…
Se detuvo, en ese instante entró un hombre a la oficina, al parecer era un buen amigo de Wilfredo, también era guapo. Me saludo con cortesía y amabilidad y yo le respondí el saludo. Los dos comenzaron a verse con discreción y a sonreír.
— Bueno, ya se puede ir, ¿acaso quiere que le de más dinero? —dijo, Wilfredo.
— No, ya es suficiente —le respondí, con firmeza y me retiré de la oficina.
WILFREDO
Esto de tener que cubrir mis tatuajes cuando soy Wilfredo, se me estaba saliendo de las manos, no sé si me puse más nervioso de la cuenta, al saber que esa misma chica que me encontré anoche, es la que acabo de contractar.
— No me creerás si te digo que esa chica es la misma que las luces escogieron al azar anoche —sonreí y aventé un suspiro.
— ¿Casualidad o destino? —preguntó Saúl.
Saúl es mi mano derecha en la empresa, sabe de mi doble vida y es un hombre inteligente. Lo único que me causa disgusto de él, es que suele igualarse a los pobres, ¿acaso no sabe que somos diferentes? Ellos están muy por debajo de nosotros.
— Ninguna de las dos —respondí con firmeza—. La contracté.
— Siento que eso es peligroso, puede darse cuenta de tu identidad.
— Tú tranquilo y yo nervioso, Saúl —sonreí de lado—. Soy cuidadoso, uso mi máscara y no dejo que ninguna de las clientas me la quiten, ni siquiera por más dinero.
— No entiendo como sigues siendo Fred, no necesitas ese dinero —bufó.
— Sabes que el dinero no me importa.
El hecho de ser deseado, fantaseado y que las mujeres se humedezcan por mí, es lo que necesito para sentirme vivo, el dinero es un plus, pero a mí no me hace falta. Esto de ser Fred, la esencia del Sunrise, es por diversión y placer propio. Saúl hizo una mueca extraña y solo lo ignoré.
— Tenemos mucho trabajo —le comenté—. Mañana vienen los interesados en los nuevos dispositivos de carga, entonces, ¿tienes todo el informe preparado? Tú serás quien represente Tecnovie.
— Pensé que estarías dispuesto a dar la cara —aseguró, cruzado de brazos.
— No, tengo cosas que hacer, no tengo tiempo para preparar nada.
Saúl se levantó de la silla y dio un leve golpe al escritorio, logrando que algunas cosas se descompongan.
— Eres el dueño de esta empresa y te enfocas más en ser un maldito bailarín y prostituto en ese bar —susurró con seriedad—. ¿Te estás volviendo loco? ¿No te importa tu empresa? Esos comerciantes son muy importantes para nosotros.
— ¡Silencio! —devolví el golpe a la mesa—. No cuestiones mi vida, Saúl. Como tu jefe solo acata y cierras la boca.
Él hizo un gruñido y se fue de la oficina. Vi mi reloj y ya era hora de comer. Suelo pedir a domicilio, sin embargo, por el mal ambiente ya solo quería desaparecer de aquí. Cerca de la empresa, hay un restaurante de comida japonesa. Reservé la mesa y cuando subí la mirada a la barra, ahí estaba la misma chica que contracté no hace ni dos horas. ¿Acaso me está siguiendo esa loca? Intenté disimular, evadiendo la mira y no fue tanto tiempo para que ella se acercara, con su ropa barata y esos modales inexistentes.
— ¿Usted me está siguiendo? —preguntó ella, con seguridad.
— ¿Quién está en un restaurante para ricos? —respondí, indiferente.
Se quedó callada y se cruzó de brazos.
— Siempre he querido comer aquí y ya que me dio dinero, quise aprovechar esta oportunidad —comentó.
Asentí y trajeron mi orden. Ella se quedó espectando la comida que pedí y se sentó en la silla de al frente de mi mesa.
— ¿Sabe? Eso es lo que quiero comer, pero no me alcanza —dijo, cabizbaja.
No creía que tenía 28 años, a pesar de ser adulta actuaba como una adolescente. No es fea, ni plana, tiene un buen rostro y su cabello es largo y ondulado. Si no fuera por su estado económico y sus modales horribles, quizás me hubiera interesado. Deslicé el plato que ella quería comer con delicadeza y vi como sus ojos se iluminaron. ¿De verdad los pobres son felices con tan poco?
— ¡Muchas gracias, Señor! —ella dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
— Bueno, ya me retiro —me limpié con la servilleta y la chica me sujeta del traje.
— ¿Nos hemos visto antes? —preguntó ella, ladeando la cabeza.
— No —negué con la cabeza y quité su mano de mi traje—. No me junto con tu tipo de personas. ¡Qué disfrute la comida!
La vi intentando disimular su risa. ¿Acaso ella me veía como un payaso? Siempre se la pasaba riendo de lo que digo. Le corté la mirada y me retiré, solo escuché cuando dijo:
— Tan guapo y tan mal hablado.
Y solo me reí con discreción, no quería demostrarle que a pesar de ser pobre tiene una chispa que la hace diferente.