Han pasado dos semanas desde que entré a trabajar a Tecnovie, y estoy exhausta, aparte de que el estúpido rico ese, me exige demás, es demasiado presumido y se siente la gran cosa.
— Es increíble que se te olvide colocarle la leche a mi café —se quejó con el ceño fruncido.
— Si es la tercera vez que me manda, ya sea porque le faltó azúcar, o que está muy dulce —dije, cruzándome de brazos—. Ya déjelo así.
— Pues aprende a escuchar.
Lo vi sonreír, eran muy pocas las veces que lo hacía, siempre estaba serio o tenía el ceño fruncido la mayoría de veces, pero hoy lo vi sonreír, y que hermoso se ve. Cuando salí del trabajo, fui a comer con Kendra, habíamos quedado de ir al Sunrise esta noche. Estaba emocionada, tenía tanto trabajo que me impedía ir a ver a mi querido Fred.
— ¿Estás ansiosa? —preguntó ella, con una sonrisa pícara.
— Sí, pero me arrepiento de no haberme acostado con él cuando pude.
— ¡Es que eres estúpida! —bufó.
— Si estuvieras ahí, hubieras actuado igual —la miré—. Es egocéntrico y prepotente.
— Eso lo hace más interesante —comentó.
Ella tiene razón, ese egocentrismo le hacía complemento a ese cuerpazo que tiene. Solo era cuestión de juntar el dinero para volver a tener otra oportunidad como esa.
— ¡Ay Kendra! ¡No puedo más con mi trabajo y mi jefe estúpido! —me quejé, llorando en burla.
— Solo tienes dos semanas, no exageres.
— El tiempo suficiente para saber que ese hombre es un egocéntrico.
Kendra sonrío y nos fuimos a casa, nos arreglamos para estar lista e ir al Sunrise, pero a la última hora, recibí una llamada de mi jefe. Me dejó revisar unos informes que me había enviado al correo y que los necesitaba con urgencia.
— ¡Es un abusivo, Kendra! —le grité.
— ¡Cálmate! ¿Qué pasó?
— Me acaba de poner trabajo —me aventé a la cama—. ¿Cómo es posible que sea así de mandón? ¿Acaso no tiene una vida?
— Lo haces más tarde, quizás hoy sea tu día de suerte y te escojan —comentó ella con una sonrisa.
— Eso no puede pasar dos veces.
— Quien sabe —se encogió de hombros.
Ignoré esos informes y me fui con Kendra al bar, pedimos algunas botellas y nos acomodamos en una de las mesas más cerca del escenario porque habíamos llegado temprano. La música como siempre espectacular, lograba que tu cuerpo quisiera moverse al compás, las personas bailando y toqueteándose, generaban un ambiente divertido y candente, pero nada como la esencia de Fred, de él, de ese chico tan egocéntrico, pero con ese cuerpazo y esa voz… Esa voz, esa voz…
— ¡Aquí la sensación de Bar Sunrise, Fred!
Ahí estaba él con esa máscara roja con n***o, donde solo era capaz de ver sus labios y esa sonrisa que… Ya he visto en otro lado. ¿O será que las bebidas me están haciendo alucinar? Me levanté a bailar junto con mi amiga, nos movíamos al ritmo de la música y al mismo tiempo tomábamos. El alcohol me estaba pegando fuerte, comencé a tambalearme y Kendra me recomendó sentarme, fue a buscar agua a la barra, para bajar los efectos del alcohol, sin embargo, no podía desaprovechar la oportunidad que estaba dando el presentador.
— Hoy Fred quiere recibir a una dama para recibir un baile de ella, dice que lo compensará muy bien —gritó, emocionado.
Todas se estaban acercando y gritaban de la emoción. Era extraño, Fred no me quitaba la mirada de encima a pesar de ser una pobretona y de vivir en una choza según él. Me quité mis tacones y empujé a la multitud que había cerca del escenario, me escabullí y me subí como una reina del parkour en él. El presentador se quedó sorprendido al ver que pude subir al escenario sin necesidad de las escaleras. Llamó a seguridad, pero esa sonrisa bella y hermosa, le dijo que no había problemas y dejó que me quedara. ¡Dejó que yo fuera la voluntaria para hacerle el baile! ¡Ni siquiera sé bailar!
— Aquí tenemos a la voluntaria que —se tiró una carcajada—. Nos demostró tener coraje para subir.
Estaba intentando disimular mi borrachera, yo solo pensaba en él, en hacerlo mío, en callarle ese hocico tan presumido y egocéntrico. Fred tomó asiento y se limpió un poco la saliva de forma tan sensual. Esa canción que hizo que mi cuerpo se erizaba comenzó a resonar en todo el bar, todas gritaban de emoción, al verme mover mis caderas en su entrepierna, él me agarraba de mis caderas y me veía con tanta atención. Podía sentir sus ojos penetrándome, entrelazando toda mi conciencia, haciéndome suya con la mirada, con sus manos. A pesar de tener puesto un vestido, era inevitable no fantasear con sus manos venosas, acariciando mi piel. Cuando me di la vuelta que lo tuve cara a cara, el público comenzó a gritar “Beso, que se besen” ¿Beso?
— Esas cosas se hacen con dinero por detrás, ¿no creen? —habló el presentador—. Nuestro Fred no hace las cosas de gratis.
Sería un pecado no pagarle para que me haga suya, ¿dinero? ¡Oh Fred! No necesitas eso para que disfrutes de una mujer como yo. El bullicio continuaba y mi amiga toda avergonzada por mis estupideces frente a muchas personas. Sentí al presentador dispuesto de preguntarme cuanto soy capaz de dar por un beso de este hombre, sin embargo, yo no estaba dispuesta en aceptar esa humillación frente a tantas personas de dinero. Le lancé una mirada a Fred como de “Ayúdame” y sin pensar él me besó, el bar se volvió una locura y las fotos no cesaban, el presentador del show estaba tan impactado al presenciar este beso tan candente y sexy como si nos conociéramos desde antes, como dos adultos que se han tenido tanto deseo, esos enredos con su lengua, sus labios tan suaves, lo estaba sintiendo, ya no era una fantasía.
Hasta que me desmayé. Cuando desperté, me encontraba en la habitación del bar, donde él hace sus cosas. Busqué mi celular que estaba en la mesa de noche y Kendra me dejó botada con un mensaje que dice: “Estás en mejores manos, amiga” ¿Qué es eso? Miré al frente y vi a Fred entrando a la habitación.
— ¿Puedo saber que hago en su habitación? —pregunté, poniéndome de pie y tambaleándome.
— Quédate sentada, porque no te sostendré si te caes al suelo —dijo, sin piedad.
— Prefiero caerme al suelo, ¿sabe?
Él me mira y se recuesta del marco de la puerta.
— Eso no dijo cuando me correspondió el beso.
— ¿Se aprovechó de que estaba tomada? —me acerqué a él y le di un leve golpe, pero él me sostuvo.
— ¡Cálmese, que no le hice nada y no me interesa hacerle algo! —gritó, sosteniéndome para que no lo golpeara—. Es libre de irse si quiere, se desmayó y solo la acosté.
— ¡Miente! —lo empujé.
Él hizo un chasquido con su boca, se sirvió un poco de ron de aquella mesa y me lanzó una mirada.
— En caso de que quiera acostarme con usted, me gustaría que esté consciente para escucharla gemir del placer —confesó y tomó un sorbo de su vaso de vidrio.