Esas palabras tan correctas y directas, hicieron que mi corazón se descontrolara, ¿acaso este hombre quiere que me dé un infarto tan joven? Aunque, siendo honesta, ¿a quién no le gustaría que él hiciera a uno gemir? Me acerqué a él, lo miré a los ojos, aunque no los podía ver del todo bien con esa máscara, pero si podía ver un poco de cerca más ese rostro que tengo tantas ganas de ver, de sentir, de espectar lo bello que seguro es.
— ¿Acaso cree que acostarse conmigo es tan fácil? —cuestioné de brazos cruzados.
Él sonríe con discreción.
— No lo creo, puedo asegurarle que sí —dijo con firmeza.
— No soy igual que las mujeres con la que se acuesta.
— De eso soy consciente, eres pobre y ordinaria, las demás tienen una posición económica considerable —inquirió—. ¿Acaso quieres un trato especial por eso?
— Le apuesto que tendría el mejor sexo conmigo que con esas cuarentonas —bufé.
Él me miró y se acercó más, intenté retroceder, pero la cama estaba detrás de mí, caí en ella y él se siguió acercando hasta estar encima de mí ejerciendo todo su peso en sus brazos.
— El que hace el sexo una maravilla, soy yo —se humedeció los labios—. Yo soy el premio, ellas son solo ellas.
— Yo no soy solo ellas —dije, nerviosa.
— ¿Y tú quién eres? —preguntó, deslizando su mano por mi pierna.
No puedo disimular los nervios de una mujer virgen, las ganas que tengo de romper este orgullo y de decirle que me haga suya sin importar lo que tenga que pagar, eran muchas, pero ese ego, esos labios, esa sonrisa, me gustaría seguir viéndola, seguir siendo parte de ello. No quisiera que este momento de tensión, se acabe.
— Soy Adela y estoy muy segura de que una vez que usted pruebe este caramelo, no dejará de pensar en mí —lo sostuve de la nuca y lo acerqué a mí.
Nuestros labios se juntaron, y a veces sentía su máscara rozar, estaba tan bien asegurada que, a pesar de nuestros movimientos y caricias con salvajismo, la máscara seguía intacta, su olor de perfume costoso, hacía presencia en mis fosas nasales, podría tener ese aroma en todo mi cuerpo todo el día si quisiera, esos tatuajes en sus brazos, esos anillos, yo soy capaz de ver todo mientras me besas el cuello y me susurras al oído. Antes de entregarme a este personaje, yo quiero ver ese rostro, yo necesito saber a quién le daré mi virginidad. Cuando intenté levantar su máscara, él la cubrió con prisa.
— ¡Lárguese de mi habitación! —me gritó, nervioso.
— ¡Tranquilo! —intenté calmarlo.
— ¡No la quiero ver! —gritó.
Inconscientemente, metí la pata. Otra vez, perdí la oportunidad de mi vida con ese acto de impulsividad, es que… Esa curiosidad que tengo de verle el rostro, porque sé que debe ser como hecho con una computadora, estoy segura. No tuve otra opción que salir corriendo, dejé mi bolso y solo pude sostener mi celular. Fui a casa de Kendra a contarle todo lo que ocurrió después de que me dejó abandonada en ese lugar.
— ¡No puedo creer que hayas dañado el momento intentando quitarle esa máscara! —me gritó, emocionada—. Entiende que no puede mostrar su identidad, debes comprender eso, tonta.
— ¡Ni me digas! —bufé, sosteniendo el cojín del sofá—. Estoy muy segura de que, si no hubiera metido las cuatro patas, hubiéramos tenido sexo.
— Lo dice una mujer que tiene 28 años y es virgen.
— No me lo recuerdes, me da temor tener que confesarle eso —expresé, avergonzada—. Aunque siento que ya no quiere verme después de esto.
— Ni yo te quisiera ver, además no deberías de avergonzarte por ser virgen, dejaras de serlo cuando estés lista.
Me despedí de Kendra con un beso en su mejilla. No podía quedarme en su casa a dormir, mañana tenía que ir a trabajar y adelantar esos informes que me pidió el estúpido de mi jefe. Al llegar a casa, me di una ducha fría y me fui a dormir.
¡Dulces sueños, Fred!
WILFREDO
Lo que pasó anoche, me tenía muy nervioso, la presencia de esa chica en mi empresa ahora lo estoy viendo como un problema y serio. Siento que en cualquier momento puede reconocerme y eso afectaría totalmente mi reputación. Todas las mañanas antes de irme al trabajo, Sasha, mi interés romántico que desde hace algunos años vive conmigo y se encarga de cubrir mis tatuajes a la hora de trabajar. Cuando soy Fred, puedo mostrarlos sin problemas, pero aquella vez no esperé a que Sasha terminara de colocarme la base en mis dedos y la insoportable por poco se da cuenta.
— Wilfredo, no entiendo por qué continúas bailando en ese bar —comentó, mientras cubría los tatuajes de mi brazo.
— No tengo que estar dándote explicaciones todos los días de algo que ya sabes.
— Es que tú no necesitas dinero —suspiró—. Tienes una empresa prestigiosa, una gran casa, un buen auto, me tienes a mí.
— No hago esto por dinero —la miré con atención—. ¡Por favor, continúa haciendo tu trabajo y nada más!
Ella hizo un gruñido y terminó de cubrir los tatuajes, me coloqué mi camisa y mi saco correspondiente del trabajo. Mientras arreglaba algunos detalles de mi vestimenta, Sasha tomó el perfume para aplicármelo, sin embargo, al acercarse mencionó lo inmencionable.
— Sabemos entre tú y yo que haces esto desde lo que te pasó —habló sin rodeos y acorralándome en el pasillo.
— ¡Cierra la boca! —la silencié cubriendo su boca con mi dedo—. No me gusta hablar de eso.
— ¡No te gusta hablar de nada, busca ayuda para sanar esa herida en vez de acostarte con quien sabe quién! —gritó, desesperada.
— ¡Déjame en paz! —le grité de vuelta y le quité el perfume.
— Ese perfume no es…
— ¡No te quiero escuchar! —interrumpí.
Me rocié con el perfume para luego salir a la empresa, cuando llegué a mi oficina, Saúl me esperaba de brazos cruzados y con el ceño fruncido. Me acomodé en mi escritorio y esperé que expresará su incomodidad.
— Wilfredo Mora, estás en todas las páginas de farándula —me muestra la tableta.
— No soy yo, es Fred.
— ¡Eres la misma maldita persona! —me gritó, desesperado.
— Relájate, estás exagerando todo —dije, con calma y tomando un poco de ron.
— ¡Te estás besando con tu empleada! —se me acercó para sujetarme de la corbata—. Te puede reconocer.
— Por favor, aléjate de mí —le pedí con cortesía.
Me acomodé mi vestimenta y me senté con calma. Él me mira confuso y se me acerca a olfatearme.
— ¿Estás usando ese perfume que usas cuando eres un prostituto? —preguntó él.
En ese momento me percaté que me había equivocado de perfume, ahora entiendo que Sasha me lo había advertido, pero la ignoré.
— ¡Maldita sea! —pegué un fuerte golpe al escritorio.
En ese instante, Adela entró a mi oficina, entré en pánico, habíamos estado juntos la noche anterior y necesitaba pasar desapercibido con ella. Saúl la detuvo para que no se acercara lo suficiente y oliera el aroma de mi perfume. Me sentía un tonto, por dejar consumirme de los comentarios absurdos de Sasha, cometí un grave error.
— Aquí le traigo los informes que me mandó a revisar —ella se intentó acercar al escritorio, pero Saúl la detuvo.
— Gracias, ahora se lo entrego a Wilfredo —le respondió con amabilidad.
Ella me miró, confusa y solo sonrío. ¿Se habrá dado cuenta esa insoportable?
— Tráeme un café, lo necesito urgente —le pedí.
Ella asintió y Saúl me miró con intención de golpearme. Tenía que actuar con normalidad, no puedo levantar sospechas, solo necesitaba comprar otro perfume y otro traje, eso no es problema para mí. Le dije a Saúl que revisará los informes que Adela había corregido, mientras yo iba a solucionar el problema de mi aroma a prostituto. Al momento de salir, Adela entró al mismo tiempo y derramó todo el café encima de traje y parte de su uniforme también quedó un poco salpicado.
— ¡Eres tonta con ganas! —le grité, sacudiéndome el traje.
— ¿Perdón? Usted me envió a un mandado y yo solo acaté su orden —ella respondió, indignada.
Cada vez que decía perdón, me daban ganas de arrodillarla.
— ¡Qué casualidad! —le corté la mirada y salí apurado de la oficina, sin embargo, ella me detuvo.
— Ese aroma lo he olido en otra parte —confesó y me miró extraña.
— Claro, el aroma a café encima de mi traje —le respondí y me retiré.
Ella comenzó a seguirme por toda la empresa, disculpándose. ¿No tiene vergüenza de demostrar tanta confianza? Cerca de mi auto, la detengo.
— Por favor, discúlpeme, de mi sueldo puede cobrarse lo de su traje.
— Con tu sueldo no alcanza para pagarme ni siquiera el saco —la sostuve—. ¡Vete a trabajar!
Me subí al auto y la vi quedarse hasta que me esfumara. Llegué a la tienda y escogí el mismo diseño de traje. Recibí un mensaje del presentador del Sunrise de que tenía que ir hoy a realizar un show de última hora, eso se me complicaba porque tenía una reunión muy importante con Saúl. Cuando terminé de pagar, llegué a la oficina, me encontré con Adela y tenía su ropa manchada, porque es una tonta.
— Cancela la reunión de hoy, Saúl —le ordené, quitándome el saco.
— ¿Qué estás diciendo? —preguntó, preocupado.
— Lo que escuchaste.
— No puedo hacer eso, ya ellos confirmaron asistencia.
— ¡Qué me importa! —le grité—. Solo obedece, tengo cosas que hacer hoy. No tendré tiempo.
— ¿Cuál es ese acontecimiento más importante que tu trabajo? —cuestionó—. ¿Ser un prostituto de noche? ¡Estarás en boca de todos si alguien se llega a enterar!
— Tengo todo bajo control —comenté y Saúl se retiró.
Me quité la camisa y en ese instante entró Adela con su cara de no rompo un plato. Venía con unos documentos que le pedí que corrigiera y me enviara por correo, no que los trajera a mi oficina.
— ¡Perdón! —se voltea—. Le traje los documentos impresos porque el internet ha estado dándome problemas.
— ¿Está segura que es eso? —le pregunté—. ¿O es una excusa para venir a verme?