Capítulo 1: El desastre que llamo vida
POV KAELIS
El zumbido asmático del viejo ventilador de pie es el único sonido que compite con el tráfico caótico que se filtra por la ventana mal cerrada de nuestro departamento. El calor en este barrio no es solo un estado del clima; es una presencia física, pesada y pegajosa, que se adhiere a la piel como una segunda capa de miseria. Observo el techo descascarado, contando mentalmente las manchas de humedad que tienen formas de monstruos deformes, intentando ignorar la vibración constante de mi celular sobre el colchón hundido.
Sé que es Marcos. Y sé exactamente qué tono tiene el mensaje sin tener que mirar la pantalla agrietada de mi teléfono. Finalmente, estiro el brazo y lo leo, confirmando mis sospechas.
«Deberíamos darnos un espacio hoy. Sabes que solo quiero lo mejor para ti, Kae, pero es muy difícil avanzar cuando te cierras de esta manera. Piénsalo».
Cierro los ojos, y un suspiro cansado escapa de mis labios, mezclándose con el aire caliente de la habitación. "Solo quiero lo mejor para ti". Es su frase favorita. La espada cubierta de algodón con la que siempre termina apuñalando mi ya frágil autoestima. La noche anterior fue otro completo desastre, otra de esas rutinas dolorosas donde él intentaba encender una chispa en un motor que, sencillamente, nació descompuesto.
Recuerdo el peso de su cuerpo, la insistencia de sus manos, y ese suspiro de frustración cargado de reproche cuando se dio cuenta de que yo seguía siendo una estatua de hielo bajo él. No me gritó, no me insultó abiertamente, pero esa decepción en su mirada es mil veces peor.
—Es que no entiendo, Kae —me había dicho, apartándose de mí con una sonrisa triste que no llegaba a sus ojos—. Yo intento ser paciente, intento hacer las cosas bien para que disfrutes, pero... no pones de tu parte. Estás completamente seca. ¿Acaso te doy asco? Solo trato de ayudarte a que seas normal, pero es frustrante sentir que estoy tocando a una pared.
Sus palabras, disfrazadas de preocupación, habían sido pequeñas gotas de ácido sobre mi conciencia. Porque, en el fondo, creo que tiene razón. El problema no es él; el problema soy yo. Mi cuerpo es un territorio muerto. No importa cuánto lo intente, no importa si finjo o si me esfuerzo por concentrarme; cuando alguien me toca, mi cerebro tira de un interruptor de emergencia y corta absolutamente toda la energía. Es un mecanismo de defensa, un reflejo automático. Un muro de contención construido ladrillo a ladrillo durante los años que viví arrastrada en caravanas gitanas por mis padres, rodeada de un mundo hipersexualizado que no conocía límites, de humo espeso, música alta y adultos que perdían el control de formas que un niño jamás debería presenciar.
El sexo, para mí, no es placer. Es caos. Es suciedad. Y mi cuerpo, en un intento desesperado por protegerme de ese descontrol, se apaga por completo.
Me levanto de la cama con pesadez y camino hacia el espejo de cuerpo entero que Lorenza rescató de la basura hace tres meses. Me miro y suelto un bufido carente de gracia. Llevo puesta una sudadera gris talla XL que me llega hasta la mitad de los muslos y unos pantalones de pijama de cuadros que me quedan ridículamente holgados.
Esa es mi armadura de todos los días. Bajo esta capa de tela sin forma, me siento a salvo. No sé qué medidas tengo, ni me importa averiguarlo. Lo único que veo en el espejo es a una chica bajita, con un cabello castaño de un tono extraño que se encrespa en rizos rebeldes imposibles de domar, y un rostro común que no hace girar cabezas en la calle. Me considero un cero a la izquierda en el departamento de la belleza. Soy el tipo de chica que se funde con el tapiz de la pared. Y honestamente, lo prefiero así. Ser invisible es mucho más seguro que estar expuesta.
El estruendo de la puerta principal abriéndose de golpe me saca de mi espiral de autocompasión. Los tacones resuenan contra el linóleo barato del pasillo como pequeños martillazos llenos de energía, y un segundo después, la puerta de mi habitación se abre de par en par.
Lorenza entra como un huracán de colores brillantes, aroma a vainilla cara y un caos maravilloso. Lleva un vestido rojo carmín que le sienta espectacular y su cabello rubio artificial está perfectamente alborotado.
—¡Adivina quién acaba de pagar su mitad de la renta y todavía tiene suficiente para invitarte una cena decente que no implique fideos instantáneos! —grita, lanzando su bolso de imitación sobre mi cama y dejándose caer junto a él con un suspiro dramático que hace rebotar los resortes rotos de mi colchón—. Dios, mis pies están rogando piedad, pero mi cuenta bancaria está bailando.
No puedo evitar sonreír. Lorenza es la única luz genuina en el pozo gris que es mi vida. Desde que me recogió de las calles cuando estaba completamente perdida, se ha convertido en mi familia, mi escudo y mi mejor amiga.
—¿Buena noche en el trabajo? —pregunto, sentándome a su lado, cruzando las piernas como un indio dentro de mi enorme sudadera.
—¿Buena? ¡Estelar, nena! —Lorenza ríe a carcajadas, quitándose los tacones y masajeando sus dedos con un quejido de alivio—. El mundo del streaming para adultos es una mina de oro si sabes cómo jugar el juego con el antifaz puesto. Un tipo hoy me mandó la foto de su miembr0 negr0 enorme por mensaje privado y me pagó cien dólares solo para que le dijera en el chat que se veía increíble. ¡Cien dólares por una mentira piadosa, Kaelis! Los hombres son criaturas tan predecibles. Solo quieren ver un buen Cul0, escuchar que son dioses en la tierra y pagar por ello.
Niego con la cabeza, riendo por lo bajo. Admiro su descaro, su libertad y cómo no se avergüenza de nada. Lorenza disfruta de su sexualidad, y ahora que le pagan por exhibirse de forma anónima y segura en esa misteriosa plataforma, está brillando.
Ella gira la cabeza para mirarme, y su sonrisa pícara se transforma en una expresión de disgusto al ver mi celular sobre la cama con la pantalla encendida. Sin pedir permiso, lo toma y lee el mensaje de Marcos. Suelta un bufido que suena como un toro a punto de embestir.
—Dime que ya lo mandaste a la mierda. Por favor, dímelo —exige Lorenza, arrojando el teléfono lejos como si estuviera contaminado—. Odio a ese idiota, Kae. Lo odio con toda mi alma.
—Lore... solo tuvimos una mala noche. Él tiene razón, es frustrante lidiar conmigo.
—¡Ay, por favor! —Lorenza levanta las manos al cielo, exasperada—. «Solo quiero lo mejor para ti», ¡mis polainas! Es un manipulador de manual, Kaelis. Se disfraza de buen samaritano y de novio comprensivo solo para hacerte sentir que tú eres la defectuosa, cuando la realidad es que él tiene el encanto de una piedra pómez y la empatía de un zapato viejo. No estás rota, nena. Solo estás con un imbécil que no sabe encender un fósforo, mucho menos un incendio.
Bajo la mirada, jugando con el cordón de mi sudadera.
—Tú lo dices porque me quieres, Lore. Me miras con ojos de madre orgullosa. Pero la verdad es otra. Soy... fea. Aburrida. Y mi cuerpo simplemente no funciona. Nadie tendría paciencia para esto.
Lorenza me toma por los hombros y me obliga a mirarla. Sus ojos, enmarcados por un maquillaje impecable, están llenos de fiereza.
—Deja de decir idioteces. Tienes unos ojos color miel que ya quisieran muchas en mis r3des s0ciales, y tienes unas curvas preciosas que te empeñas en enterrar bajo esas carpas de circo que usas por ropa. Eres hermosa, Kaelis. El problema no eres tú.
Le sonrío con tristeza. Agradezco sus palabras, de verdad lo hago, pero sé que me las dice por lealtad. No creo ni una sola de ellas.
—Como digas, Lore. Pero mi belleza imaginaria no paga las deudas. Y hablando de eso... he estado revisando mis ahorros. Si no consigo algo extra esta semana, la inscripción a las clases de natación va a tener que esperar otro mes.
Al mencionar las clases, un nudo se instala en mi garganta. Es mi sueño más tonto, pero el que más anhelo. Quiero aprender a nadar. Lorenza y yo soñamos con ir a la playa, con sentir la brisa del mar y alejarnos de este barrio peligroso y asfixiante. Pero cada vez que junto unos billetes, algo se rompe, el precio de la comida sube, o Marcos me convence de pagar a medias una salida que nunca pedí.
Lorenza se incorpora de golpe, sus ojos brillando con una chispa repentina de inspiración que me pone en alerta.
—¡Espera! ¡Tengo una solución! —Chasquea los dedos, emocionada—. No es streaming, tranquila. De hecho, es perfecto para ti. Probablemente te den un uniforme asqueroso y grande, lo cual te encantará.
La miro con desconfianza, arqueando una ceja.
—¿De qué estás hablando?
—De la agencia, Kaelis. La cara pública de la empresa para la que trabajo, la Agencia Vane. Es una de las firmas de modelaje más importantes del mundo. Hoy fui a Recursos Humanos a firmar unas renovaciones de confidencialidad y escuché a la gerente casi arrancarse el cabello porque su asistente de limpieza y recados renunció esta mañana. Necesitan a alguien con urgencia para mañana.
—¿Limpieza y recados en una agencia de supermodelos? —Pregunto, sintiendo que la idea es un chiste de mal gusto. Yo, la chica que se esconde de su propia sombra, rodeada de la élite absoluta de la belleza y la moda—. Desentonaría horriblemente ahí, Lore. Soy el antítesis de ese lugar.
—¡Exacto! Y eso es lo brillante del asunto —insiste Lorenza, tomando mis manos—. El sueldo es altísimo porque pagan por tu discreción. Te exigen que seas prácticamente invisible. No puedes hablar con los modelos, no puedes mirar a los directivos. Solo llevas cosas, limpias desastres y finges que no existes. Eres una experta en hacerte invisible, Kae. Vas, haces el trabajo, cobras y sales. En un mes, estás nadando en esa piscina.
Muerdo el interior de mi mejilla, ponderando la oferta. La desesperación por el dinero es más fuerte que mi inseguridad. Necesito esa oportunidad. Necesito una victoria, algo que sea solo mío, lejos de la lástima de Marcos.
—¿Y los jefes? —pregunto con cautela—. ¿No son muy estrictos?
Lorenza hace una mueca de disgusto.
—El que maneja las cosas de nuestro lado es Henry, él es un encanto. Pero el CEO... Thalos Vane. —Pronuncia el nombre como si el aire se volviera más frío—. Ese tipo es el Diablo encarnado, Kaelis. Los rumores en los pasillos dicen que es un arrogante de primera, frío como el hielo y con un carácter espantoso. Dicen que no tiene corazón ni piedad. Ha despedido a personas solo porque lo miraron mal o respiraron muy fuerte cerca de él. Exige perfección absoluta y trata a todos como si fueran inferiores.
Siento un pequeño respingo de nervios, pero rápidamente lo descarto. ¿Un jefe arrogante que exige que el personal de limpieza ni siquiera respire en su dirección? Suena a que no tendré que cruzarme con él jamás.
—No planeo hacerme amiga del Diablo, Lore —respondo, sintiendo que una resolución firme se asienta en mi pecho—. Solo quiero limpiar sus pisos, llevar sus malditos cafés, cobrar mi dinero y pagar mis clases de natación.
Lorenza suelta una risa brillante y sonora, aplaudiendo con entusiasmo.
—¡Esa es la Kaelis que conozco! Mañana a primera hora te llevo conmigo. Te presentaré y te aseguro que te darán el puesto. Solo mantén la cabeza baja y tu actitud de «no me importa nada».
Asiento con lentitud, apretando los puños dentro de las mangas gigantes de mi sudadera. No sé cómo será ese mundo de lujos y exigencias. No sé qué tan cruel puede ser Thalos Vane. Pero sé sobrevivir a la oscuridad. Un jefe malhumorado en un traje caro no me da miedo.
Mientras me mantenga en las sombras, escondida en mi ropa holgada, todo estará bien.