Narra Laura Bale
Cuando la traición llega de la persona que menos esperas, cuesta más asimilarlo. Quizás, porque no concibes que sea posible un escenario donde alguien que creías conocer, te apuñala por la espalda.
Y tengo claro que es precisamente eso lo que me sucede ahora.
Aunque desde mi posición fuera de la verja puedo verla bajarse del auto con la ayuda de Anton, abrazarse a él como la mejor amante y sonreírle de forma radiante, todavía no alcanzo a comprender que la imagen frente a mí es real.
Porque ella es mi amiga y no me haría eso, ¿verdad? Todo debe ser un malentendido.
Me aferro a los barrotes intentando determinar lo que siento al verlos. Nunca sentí nada por mi ex esposo y aunque el sexo fue demasiado bueno en ese club, no es algo que haya considerado mantener en mis recuerdos. Sin embargo, descubrir que estoy embarazada de él cambia algo mis emociones, me siento mal al verlos y eso no debería ser así.
—Señora Brown, ¿necesita algo?
Me volteo con rapidez al escuchar mi nombre. O mi anterior apellido de casada, mejor dicho. Joseph, el jardinero que contraté desde que me trasladé a la casa y comenzó mi labor de ama de casa, me observa con una sonrisa apenada y sus dedos retorciendo la gorra entre ellos.
—Señora Bale, por favor —murmuro, con una expresión tranquila que en realidad no siento.
Él asiente y baja la cabeza.
—Lo siento, supe sobre los nuevos cambios y que el señor Brown se casará con su nueva novia, pero no sabía cómo llamarla a usted.
Trago en seco la bola ácida que se me queda en la garganta al entender sus palabras. Y escondo la mueca que me provoca escuchar que ya es chisme de pasillo todo lo que pasó con mi matrimonio.
—No te preocupes —desestimo.
—No podemos opinar, porque no somos nadie para hacerlo, pero me gustaría que supiera que la vamos a extrañar.
No sé si son las hormonas o qué, pero escuchar a este señor me da ganas de llorar. Arrugo mi nariz para evitar que esa sensación aumente y le dedico una mueca que se supone sea una sonrisa.
—Y yo a ustedes, hicieron mis días más llevaderos —hago una pausa para respirar profundo y tragar todas las emociones—, pero la vida sigue, así que no pasa nada. Me tengo que ir. Por favor, no menciones que estuve por aquí.
Prácticamente hablo a las carreras, por algún motivo quiero escapar lejos de aquí, cuanto antes. A mis espaldas escucho a Joseph diciendo algo, pero no volteo y tampoco entiendo nada. Apuro el paso, dispuesta a llegar a la avenida principal y tomar el primer taxi que pase.
Avanzo pensando en estos últimos dos meses. ¿En qué momento pasó Karina, de ser mi amiga y querer ayudarme, a ser la prometida de mi ex marido? No soy tonta y puedo entender que su constante insistencia en que yo hiciera algo para conseguir el divorcio era por obtener una posición privilegiada luego. El supuesto viaje al exterior, el siempre saber dónde, cómo, cuándo y con quién estaba Anton Brown. Nunca nada me pareció sospechoso, pero ahora que su estocada llegó, me doy cuenta. Me manipuló todo el tiempo.
Y aunque me gustaría pensar que Anton no sabe sobre nuestra amistad, ya no confío tampoco. Posiblemente se estuvieran revolcando en su piso de soltero todos estos meses atrás.
—¡Laura!
Un grito, a la par de un claxon insistente, me saca de mis pensamientos. Reconozco la voz de mi padre y como si el día no hubiera estado horrible, acaba de empeorar absolutamente todo.
Me giro a tiempo de verlo bajarse del auto con una expresión furiosa en su rostro.
—¿Es que no puedes hacer nada bien? Ni siquiera eres una mujer que puede mantener un hombre a su lado. ¿Cómo permites que te desechen así?
Cómo mi padre está al tanto de mi divorcio, no tengo idea. Me alejo de él, aunque no tengo mucho espacio a dónde ir. En cuestión de segundos llega a mi lado y con su dedo alzado, me señala, me reclama.
—Eres digna hija de tu madre —exclama, con repulsión—, una insufrible que ni el matrimonio puede mantener. ¿Has pensado en cómo esto afecta a la familia?
Suelto una risa baja sin darme cuenta, no puedo evitarlo al escuchar lo último. Pero no debí hacerlo. Al instante, siento el ardor en mi mejilla cuando su mano impacta con fuerza. Voltea mi cabeza y mi cabello cae suelto sobre mi rostro, cubriéndolo.
Jadeo. Es lo único que puedo hacer. Estamos en una zona alejada del centro de la ciudad, donde las mansiones predominan y las calles están desiertas. De vez en cuando pasan taxis, pero necesitaba acercarme más a la avenida principal para asegurar uno.
—Eso fue por ser una estúpida falta de respeto, egoísta, que solo me da problemas.
Las lágrimas pican en mis ojos y no por lo que me dice mi propio padre. Es más bien, la sensación de no pertenecer a ningún lugar, de no tener a nadie más que a mí misma y ahora, a mi bebé que aún no nace.
—No puedo hacer nada si mi marido se enamora de otra —me defiendo, aunque debería evitar echarle más leña al fuego.
Mis palabras lo empeoran todo, pero esta vez, cuando pretender lanzarse sobre mí y darme la tunda que veo en sus ojos que me espera, me encojo y cubro mi vientre con ambas manos.
El golpe nunca llega.
—Estás embarazada.
El tono de mi padre es de sorpresa absoluta. Estupefacción. Levanto la cabeza, aterrada, y niego con la cabeza con ímpetu. No puede saber mi verdad.
Pero con solo un vistazo entre mi mirada empañada, me queda claro que él supo ver en mi rostro la verdad y ahora, mirándome con los ojos entrecerrados y la boca abierta con desconcierto, está maquinando lo que debe hacer a continuación.
—¿Lo engañaste? —pregunta, con una falsa calma que me eriza los pelos de la nuca.
—¿Qué? —abro mucho los ojos y niego con la cabeza—. ¡No!
Su rostro está rojo de indignación, vuelve a acercarse a mí con furia y una promesa de hacerme daño.
—No se te ve nada, así que tienes poco tiempo —declara, señalándome con saña—. Anton llevaba dos meses fuera del país. ¿Con quién mierda te estabas revolcando? ¿Por eso te dejó?, ¿porque supo que te estabas riendo de él?
Sus ojos están desorbitados. Su cuerpo tiembla con furia apenas contenida.
—Es su hijo, no le fui infiel —aseguro, a pesar de que eso confirma que sí estoy embarazada. Pero no puedo permitir que me siga tratando de puta—. Este matrimonio era una farsa, iba a llegar el día en que se enamorara de otra mujer.
Mi padre se calla, pero eso no es un buen augurio, mucho menos cuando está tan enfadado; eso significa que está maquinando algo.
—¿Qué le sacaste con el divorcio? —pregunta, con un tono bajo, más tranquilo, calculador.
Aprieto los dientes, me niego a hablar. No necesito que me diga lo que quiere, ya puedo imaginarlo.
—Te hice una maldita pregunta —replica entre dientes, a nada de golpearme otra vez.
Alzo mi barbilla y lo enfrento.
—Nada que te corresponda, ya es suficiente de que vivan a costa de mi matrimonio. Eso se acabó, pueden buscarse otra forma de obtener ingresos y seguir viviendo la vida llena de lujos. A ver si lo logran.
Me toma del brazo y me sacude con fuerza, lo hace tan rápido que no lo veo venir.
—Eso significa que le sacaste buena plata —exclama, con tono amenazante—. ¿Piensas que lo mereces, que no vas a compartir? Yo te conseguí ese matrimonio y voy a obtener lo que quiero hasta el fin de mis días. ¡Vamos!
Me arrastra hasta el auto. Me resisto lo más que puedo, pero mi padre es más fuerte y yo no quiero hacer daño a mi bebé. Podría dejarme caer solo por salirse con la suya.
—No lo pongas más difícil, Laura. Si cooperas, te dejaré algo.
—¡No voy a darles nada! —grito, no soporto más humillaciones y tampoco voy a ceder con tanta facilidad lo poco que tengo para cumplir mis sueños y cuidar a mi hijo.
Mi bolso cae de mi brazo cuando vuelve a sacudirme y los papeles, con todas las propiedades, se esparcen en el suelo. Me agacho con rapidez para recogerlos, pero no me da tiempo a hacerlo antes de que mi padre los vea. Me los arrebata con un tirón y me empuja lejos de él para revisarlos. Cierro mis manos en puños y siento que mi mandíbula duele de tanto soportar la rabia que me recorre, mezclada con miedo y angustia.
Cuando una sonrisa perversa se forma en su boca, me estremezco.
—Pequeña perra, ¿pensabas que te ibas a salir con la tuya? —ríe, sádico—, estás muy equivocada. ¡Vamos!
Se lanza a por mí una vez más y aunque doy un paso atrás, no avanzo mucho más.
—¡No!
Sus dedos aprietan con fuerza en mi brazo. Me pega a él y me arrastra, a punto de caer rodillas.
—No estoy preguntando si quieres ir —gruñe.
—No voy a ir contigo a ninguna parte.
Se detiene abruptamente y habla tan cerca de mi rostro que partículas de su saliva caen sobre mí y el estómago se me revuelve.
—Podría lanzarte de un tirón a la calle y provocarte un aborto si no cooperas —promete, con su mirada llameando de odio—. ¿Estás dispuesta a matar a tu hijo solo por mantenerte así de terca?
Me quedo congelada. Mi padre es capaz de eso y mucho más. Lo sé. Niego con la cabeza, muerta de miedo.
Aflojo mi resistencia y me dejo llevar de una vez, sintiendo que las lágrimas de dolor, decepción y más emociones que no me atrevo a analizar, llenan mis ojos y caen por mis mejillas.
—Eso pensaba. Sube al auto de una maldita vez.