Narra Laura Bale.
Cierro mis manos en puños para esconder el temblor que me recorre. Avanzo por el pasillo, de vuelta al camerino, con la espalda recta y respirando de forma superficial, pero sin querer armar un show. La adrenalina del momento va diluyéndose y creo que si no me siento cuanto antes, caeré al piso desmayada de la impresión. Porque eso fue intenso. Demasiado intenso.
No me imaginé que yo sería capaz de tal atrevimiento. De restregarme contra el hombre que dice ser mi marido, pero nunca se me ha acercado ni siquiera para comprobar que puedo gustarle. Sin embargo, hoy sentí algo extraño fluyendo entre nosotros, una facilidad increíble. Como unos amantes que se conocen y no pueden evitar las chispas a su alrededor.
Pero nosotros no nos conocemos y ahora que decidí salirme de su vida, no es hora de ponerme a analizar lo que pasó.
Entro al camerino al fin y me dejo caer sobre la silla. Cierro los ojos unos segundos, pero no pasa mucho tiempo, cuando alguien llama a la puerta.
—Señorita, ¿tiene un momento?
Abro los ojos y es el dueño del club quien está hablando conmigo. Me incorporo con rapidez y empiezo a pensar en lo que voy a decir, porque me parece que me descubrieron. Asiento solo con la cabeza, sin atreverme a hablar.
El señor Leigh entra al camerino y con sus manos juntas delante, me mira fijamente a los ojos.
—Usted ha recibido una invitación especial, de parte de uno de nuestros mejores clientes.
Me tenso. El señor Leigh evalúa mi reacción, frunce el ceño solo un poco.
—Para nuestro club, la atención especializada a los clientes VIP es una prioridad, así que le exigimos a nuestros trabajadores que lo tengan en cuenta.
Me muerdo la lengua cuando entiendo lo que quiere decir. Acepto la invitación o me largo en mi primera noche de trabajo. Aunque a mí no me importa, porque igual no pretendo seguir, me da rabia solo pensar cuántas mujeres pasan por aquí y tienen que caer ante las exigencias para ganar su sueldo.
—¿Qué tipo de invitación? —pregunto al fin, para saciar mi curiosidad. Tal vez así obtenga más de lo que necesito.
Los ojos del señor Leigh brillan con mi pregunta.
—Es una invitación a un área privada del club. Solo se accede si uno de los clientes así lo desea. —Me mira de arriba a abajo—. Y no todas las chicas nuevas tienen la oportunidad.
Asiento, como si estuviera analizando sus palabras y pensando en lo que debo hacer. Quiero decir que no me interesa, pero después de lo que pasó hace unos minutos, me mentiría a mí misma si me niego a aceptar.
—¿Qué tengo que hacer?
El señor sonríe y no me queda claro el motivo por el que lo hace.
—Lo que el cliente quiera.
Muerdo mi labio inferior, indecisa. No sé qué debo hacer ahora, pero probar al portento de hombre que tengo como marido, sin que él sepa que soy yo, no me resulta tan descabellado.
—La decisión está en sus manos, señorita. Si su respuesta es aceptar, uno de los guardias la llevará al lugar. Con su permiso.
Sale, dejándome sola con mis pensamientos. Y eso no es algo bueno, porque a pesar de no querer ningún tipo de relación con él, desde el inicio supe que él no me era indiferente. Es un hombre guapo, atlético y demasiado atractivo para su propio bien.
«¿Será que asisto para ver lo que me espera?».
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Narra Anton Brown.
Comienza a desesperarme la espera.
Sé que ella no ha salido aún de su camerino, porque me hubieran avisado ya. Y eso me hace pensar que no va a aceptar mi invitación. Cosa que no me gusta ni un poco, porque hasta hoy, todas las mujeres de este club que he querido en mi cama, han venido con gusto.
Pero ella no. Y que me jodan si antes no se me insinuó, si no dio a entender que quería seguir su baile, esta vez más privado. Es nueva, pero eso no quita que no sepa cómo funciona este lugar. Y si respeta el contrato que todas deben firmar a su llegada, entonces sabe que no puede negarse.
Miro mi reloj y los minutos corren rápidos, mi paciencia se acaba.
Y como no quiero darle demasiadas vueltas a lo que ella me hizo sentir en solo segundos, comienzo a valorar la opción de cambiar mis planes. De momento.
—Señor Brown, la invitada se acerca.
El aviso me hace levantarme de mi lugar de un salto. Voy hasta la mesa de bebidas para disimular el impulso y me sirvo dos líneas de whisky que bajo de un solo trago. La luz en la habitación está en su tono más bajo y en cuanto ella entre, puede que no vea dónde estoy. Controlo las ansias que tengo de tocarla, de sentirla, apretando mis manos en puños.
Pero no basta. En cuanto ella abre la puerta, que su delgado, pero curvilíneo cuerpo, aparece en mi ángulo de visión, me abalanzo. Cierro la puerta con su espalda en el mismo instante que tomo sus brazos y los levanto por encima de su cabeza. Me pego a ella por completo, presiono la erección que no se ha calmado del todo desde que se me insinuó en el salón.
Abre la boca para decir algo, pero acerco mis labios a los suyos antes de que diga una palabra.
—¿Era esto lo que buscabas antes? —pregunto, con un jadeo ronco que ni yo reconozco.
Bajo una de mis manos y rodeo su cintura, su piel desnuda se siente caliente. Las plumas de su máscara hacen cosquillas en mi rostro, su boca entreabierta me hace ignorar todo eso.
Y cuando asiente, pierdo los papeles.
Deshago la distancia y tomo su boca con un ardor poderoso, su sabor explota en mi lengua cuando la abre para mí. Suelto sus manos, que no esperan a caer a cada lado de su cuerpo, sino que se apoyan en mis hombros y luego rodean mi cuello con posesividad. Las mías se aferran a su cintura y acarician cada espacio que encuentran.
Hasta que enrolla sus piernas alrededor de mis caderas y yo lo entiendo como una clara invitación a tomarla contra la pared.
—Te voy a quitar la máscara —advierto, llevando mis manos a su rostro. Quiero verla, no solo al brillo obnubilado de sus ojos a través de las rendijas.
Y todo se va a la mierda en un segundo. Sus manos de pronto están en mi pecho, empujándome hacia atrás. Ella niega con la cabeza, con énfasis. Me empuja con la intención de bajarse, pero no se lo pondré fácil. Si no quiere que vea su rostro, puedo aceptarlo. Pero dejarla ir, eso no.
Me pego más a su cuerpo, presiono mi parte baja contra la suya hasta que un gemido bajo sale desde su garganta. Mi boca vuelve a acercarse a la de ella y sin dudar, muerdo su labio inferior con ansias. Con toda la rabia que me provoca que intente irse ahora.
—Como decidas, mi bailarina pecadora. —Mi mano se mueve por el borde inferior de la máscara, sus manos se aprietan en puños en mi camisa—. Pero esto no acaba aquí. Voy a respetar tu identidad, pero, no pretendes que abandone todo ahora que estamos tan entretenidos, ¿o sí?
Con sus dientes muerde el dedo perezoso que paseo por sus labios. Y lo tomo como una nueva confirmación.
—Eso pensaba.
Y sin dudar un segundo más, llevo mis manos a su trasero y la cargo, hasta llevarla a la cama enorme que hay al fondo de la habitación. Ella no pone peros, ni cuando retomo el beso duro de antes, ni cuando arranco de su cuerpo lo poco que lleva de ropa.
Se limita a disfrutar de cada mínima cosa que le entrego.
Durante el resto de la noche escucho sus gritos mientras la llevo al orgasmo una y otra vez. Su menudo cuerpo encaja tan bien con el mío, que en un momento dado la incomodidad de este descubrimiento me jode la cabeza.
Aspiro su dulce aroma, mi nueva fragancia favorita. Un olor que me costará olvidar, ya lo presiento.
Y cuando la noche acaba, que ella me da la espalda y se va, sentado en el borde de la cama todavía desnudo, tomo una decisión. Una que ya presuponía, desde que la vi alejarse hacia la pista horas atrás.
La voy a buscar, la voy a hacer mía cada noche y por más tiempo del que me atrevo a pensar.