Narra Laura Bale.
Dos meses. Dos meses de no verlo.
No es que quiera hacerlo por algo específico y mucho menos por aquella noche loca que me gustaría olvidar; más bien porque quiero resolver todo esto de una vez.
Pero resulta que Anton Brown está en el extranjero. Según mi amiga Karina, que sabe más de él que yo misma, partió en su jet privado al otro día de pasar la noche juntos.
¿El motivo? No lo sé y tampoco me interesa averiguarlo. Solo necesito que regrese para presentar las pruebas que tengo y solicitar el divorcio de la forma más tranquila posible. Desde que nos casamos, si nos hemos dirigido dos palabras, es mucho. Yo me he limitado a quedarme en esta casa, mientras él se la pasa en viajes de negocio o en su apartamento de soltero, donde creo que lleva a sus ligues sin problema.
Miro por la ventana de mi habitación hacia el jardín delantero y la grandiosa fuente que adorna la entrada a la mansión. Este lugar es impresionante y demasiado para mí, sobre todo, porque los días pasan y yo me dedico a solo mirar. Nunca recibo visitas, ni siquiera Karina viene a verme, porque no quiero que piensen que me creo dueña de todo esto cuando mi marido en realidad ni me presta atención.
Suspiro, cierro mis ojos y recuesto mi cabeza a la madera. Estoy aburrida y cansada de fingir.
Un suave toque en la puerta me obliga a enderezarme y dar mi mejor imagen. En cuanto doy permiso, la puerta se abre y aparece la ama de llaves, Marisol.
—Señora Brown, el señor avisó que hoy regresa. Me pidió que le informara que quiere cenar en su compañía y que debe tratar con usted un asunto importante.
—¿Ya regresó del extranjero? —pregunto, aunque es algo retórico. No tengo idea si Marisol sabe sobre el paradero de su patrón, a diferencia de mí.
—Eso parece, señora. La cena estará lista a la misma hora de siempre, en cuanto el señor llegue le informaremos.
Asiento con un gesto de mi cabeza.
—Gracias, Marisol. Por favor, que sea la cena preferida del señor, por mi parte comeré lo de siempre.
—Sí, señora.
Hace una reverencia educada y se retira. En cuanto la puerta se cierra, no sé si sonreír o preocuparme. Puede que hoy al fin yo consiga lo que estaba esperando con ansias, pero debo recordar que por algún motivo él viene a esta casa y tiene algo importante que tratar.
El reloj marca que tengo alrededor de tres horas para prepararme. No es como que vaya a presentarme ante él como una inmunda, ya que viene, muestro mis mejores galas. Y bien cubierta, además. No quiero ni que por casualidad, él se dé cuenta que fui yo quien bailó medio desnuda en ese club y luego se entregó a él sin reservas.
Me paro en seco. Incluso mis zapatos rechinan contra la madera del suelo.
—¿Y si sabe que soy yo? —hablo en voz baja, llevo una mano a mi boca y siento un ligero temblor en mis dedos.
Pero luego me digo que no, que han pasado dos meses desde entonces y si al siguiente día no lo tuve aquí exigiendo una explicación, tampoco será hoy. Respiro profundo para calmarme y sigo a lo mío, un poco más tranquila.
Me tomo un baño largo, con muchas burbujas y sales olorosas. Luego hago toda una sesión de cremas para hidratar mi piel y por último, elijo un vestido elegante, pero sencillo, que esté a la altura de él.
A poco tiempo antes de su llegada, me miro al espejo y el color verde de mi vestido me da esperanzas de lograr mi cometido hoy. Mi cabello lo llevo semirecogido, con un poco de maquillaje y unas sandalias lo suficientemente altas para darme un poco de vértigo. Coloco en mi muñeca derecha una de las pulseras de oro blanco que me regaló luego de nuestra boda, antes de irse y no regresar más, para demostrar algún tipo de interés en su visita.
Me detengo frente a la ventana, con mis manos en mi espalda, cuando estoy lista. Solo quedan unos minutos para que él haga su aparición. Encima de mi mesilla de noche está el archivo que debo mostrarle si por algún motivo él se niega a ceder, aunque espero no tener que llegar a eso.
Me gustaría, también, llamar a Karina y pedirle que me dé fuerzas para hacer esto, a fin de cuentas fue ella la que me insistió hasta el cansancio, pero por cuestiones de negocio, tuvo que salir también del país. Así que me toca respirar profundo, ponerme fuerte y exigir un cambio.
A las ocho en punto las puertas de hierro forjado de la entrada se abren para dar paso al Ferrari que siempre acostumbra a conducir Anton Brown. Detrás de él, otros dos autos negros de alta gama lo siguen; supongo que sea su seguridad.
Me quedo congelada frente a la ventana, sin atreverme a moverme ni un centímetro, mientras lo veo acercarse, detener el auto y bajarse con toda la elegancia que a mí me falta y a él le sobra solo en el dedo meñique. Su rostro serio parece más marcado, con su ceño fruncido y una ligera mueca en su boca que lo hace peligroso a la vez que atractivo. Y aunque su expresión debería darme a entender que él no quiere estar aquí, conmigo, poco me preocupa eso. Observo cada parte de él y es imposible no rememorar esa noche en la que me hizo suya de tantas formas que ahora no me quedan dudas de que me costará encontrar un amante a su altura.
Sin embargo, cuando sus ojos se dirigen a mi ventana y la oscuridad en ellos me absorbe, me obligo a no pensar en estupideces que solo me van a entretener. Hago un ligero asentimiento con mi cabeza y corro las cortinas, demostrando así que ya voy a bajar para encontrarnos. Pero esa aparente tranquilidad no existe, estoy muerta de los nervios. Mis manos tiemblan y mi rostro está completamente sonrojado, mi pecho sube y baja a una velocidad anormal para mí. Respiro profundo para calmarme y antes de que alguien venga a por mí, salgo de mi recámara con la frente en alto.
En lo alto de la escalera me detengo en el mismo instante que la puerta principal se abre y él aparece. No pierdo mi tiempo prestando atención a su llegada y bajo los escalones con cuidado de no torcerme un pie, pero siempre mirando al frente, demostrando la clase que el idiota de mi padre siempre me exigió tener.
Siento su mirada en mi cuerpo con cada paso. Sus ojos se pasean por cada parte de mí y yo soy testigo de ello, porque no dejo de mirarlo fijamente. Y cuando al fin llego al pie de las escaleras, me encuentro al fin con sus ojos oscuros.
—Buenas noches. Cuanto tiempo, querido esposo.
Quizás mantener una postura pasiva-agresiva no me sirva de nada, pero no puedo fingir que su ausencia por tanto tiempo seguido me pareció bien. Entiendo la parte en que no quería este matrimonio, no es el único, pero no era obligatoria la parte en que me ignora como si no valiera nada. Que es el principal motivo por el que quiero por el que decidí pedirle el divorcio.
Anton frunce sus labios y me observa con los ojos entrecerrados. Debajo de su falsa calma quiere hacer uso de esa parte suya tan fría que todos conocen y temen. Pero si piensa que voy a bajar la mirada ante él, está muy equivocado.
—Buenas noches, Laura. ¿Pasamos al comedor, por favor? No tengo mucho tiempo.
Alzo una ceja sin poder evitarlo. De contra que casi tengo que rogarle para que se presente aquí, ahora resulta que está demasiado apurado. Pero nada gano poniendo una queja, así que asiento, bajo el escalón que me faltaba y sin demora, le doy la espalda y hago mi camino al comedor.
Puede que él sea el dueño de esta casa, pero la señora soy yo desde hace un año y tengo la potestad para actuar como lo estoy haciendo.
Siento sus pasos a mi espalda, yo me mantengo derecha todo el camino hasta el amplio comedor, donde el olor a comida caliente ya se siente. Le dejo su puesto al frente de la mesa y yo tomo su lado derecho. Podría irme hasta la otra punta, para demostrar algún tipo de autoridad, pero lo que pretendo hablar no quiero gritarlo y que toda la casa lo escuche.
—Por favor, Marisol, ya puede servirnos —ordena a la ama de llaves que retiren las tapas.
Dos sirvientes cumplen la orden y delante de mí aparece un bistec medio crudo que al instante me revuelve el estómago. Es algo que no puedo evitar, la mueca de asco, porque en verdad se me retuerce todo al punto de que creo que voy a vomitar aquí mismo.
Volteo mi cabeza hacia un lado, sin ganas de volver a mirar al plato, pero no queriendo hacer un show. Sin embargo, él está demasiado atento a mis reacciones.
—¿Sucede algo?
Su voz me hace mirarlo. Contrario a lo que esperaba no me mira de malos modos, solo tiene curiosidad.
—Lo siento, pero es que…estoy un poco indispuesta y la carne cocida a término medio no me asienta bien.
Asiente y con un gesto de sus dedos, pide a uno de los chicos de antes retire el plato.
—Tráiganle lo que ella come habitualmente.
Frunzo el ceño cuando pienso en que di esa orden expresa, pero no voy a entrar en conflicto con Marisol ahora.
—Gracias —murmuro, cabizbaja, limpiando las comisuras de mi boca solo para aliviar la sensación de haber devuelto todo el estómago. Y para evitar que él vea otro gesto de esos en mi cara.
—No hay de qué.
Espera a que me traigan mi ensalada y un poco de pollo a la plancha, para tomar su comida. Comemos en silencio y, aunque siento su mirada sobre mí por momentos, mantengo la mía en el plato frente a mí, de repente demasiado interesada en la lechuga y los trozos de pollo.
Pocos minutos después, ambos terminamos. Él pide que se retire todo y que salgan del salón para tratar temas privados. Entonces sé que viene el momento esperado. De esto depende que yo hable de lo que le espera en un archivo en mi habitación.
—Voy a ser breve, porque así nos ahorro tiempo a los dos —comienza, con sus codos apoyados sobre la mesa y sus dedos juntos bajo su barbilla.
Sus ojos oscuros están fijos en los míos. Sus cejas negras están más relajadas, pero noto que falta poco para que vuelvan a fruncirse.
—Quiero el divorcio.
Una bofetada hubiera sido menos inesperada. Esa es la verdad.
—¿Cómo? —pregunto, solo para asegurarme que entendí bien.
Anton respira profundo y por primera vez desde que nos conocimos veo en sus ojos una chispa de emoción. Aparte de esa noche, por supuesto. Pero esa no cuenta, porque no estaba dirigida a mí. No a su esposa rubia, de ojos verdes, hija de un hombre malnacido que solo la ofreció en matrimonio para su propio beneficio. Y que él aceptó porque no le quedaba más remedio.
—Ya ha pasado un año desde nuestro matrimonio, la cláusula del tiempo establecido como mínimo, venció y puedo solicitar el divorcio sin recibir ninguna amonestación. No veo sentido a este matrimonio, de todas formas, pero tengo un motivo de peso para hacerlo, así que no acepto un no por respuesta.
Me quedo viéndolo como si le hubieran salido dos cabezas. Porque esto era lo que yo quería, sí, pero ahora me siento tan insignificante, que arde como una herida abierta.
—¿Puedo saber cuál es?
Anton me mira por unos segundos antes de asentir.
—Porque quiero a otra mujer.