Narra Anton Brown.
Abro y cierro mis manos en puños para aliviar la tensión que cargo. Los dos putos meses que he pasado buscando a esa mujer, que se ha convertido en mi obsesión, dejaron mella en mi cordura. No soy capaz de hacer más que solo pensar en ella, recordar todo lo que se dejó hacer y añorar con ansias agotadoras volver a tenerla debajo de mí.
—Señor Brown, vamos a aterrizar, por favor colóquese el cinturón.
La azafata que siempre acompaña mis viajes me observa con su habitual sonrisa profesional. Asiento en su dirección y mientras me acomodo en el asiento de cuero n***o la veo alejarse. El movimiento de sus caderas ya no me llama la atención.
«¡Maldición! Parezco idiota».
Cierro los ojos y busco algo en lo que pensar. El negocio que tengo entre manos, los resultados de mi viaje al extranjero, cualquier cosa que no sea esa dichosa mujer. Pero es imposible. Estoy obsesionado con ella, sobre todo, porque llegó y se fue como un maldito fantasma, como si no existiera.
Todo mi equipo de seguridad y una buena cantidad de investigadores privados puse a disposición de esa búsqueda, pero no se encuentra nada. Ni una jodida pista sobre quién es la mujer que me llevé a la cama. Y eso me pone de muy mal humor.
El avión aterriza unos minutos después y no pasa mucho hasta que bajo las escalerillas y mi seguridad de mayor confianza ya me espera. A su lado, inesperadamente, hay una mujer.
Frunzo el ceño mientras me acerco. De constitución delgada, pelo castaño, ojos oscuros y piel blanca, si no estoy viendo mal, la chica frente a mí se parece mucho a la mujer que llevo buscando todo este tiempo. La sonrisa en su rostro se extiende radiante en cuanto me ve acercarme, sus manos se retuercen y sus gestos denotan que está nerviosa.
—Stephan —saludo a mi seguridad en cuanto llego a su lado. No despego la mirada de la chica.
Mi corazón no se acelera como aquella noche, pero tengo la ligera impresión de que la reconozco.
—Señor Brown, ¿cómo fue su viaje?
Me evito el rodar los ojos ante la trivial pregunta que poco me importa responder.
—¿Quién es ella y por qué está aquí? —Mi voz suena fría, carente de emociones.
Mis manos otra vez son puños, pero necesito aliviar la tensión que regresa a mis hombros.
—La señorita es Karina McKenzie, señor Brown. Ella es la chica que llevamos buscando todo este tiempo.
Busco sus ojos y en ellos veo adoración, añoranza. De cerca, veo que son de color café y muy expresivos. Ahora que no lleva la máscara el rostro que estaba escondido se presenta ante mí y aunque no es como esperaba, admiro su belleza. Hay una seriedad en él que llama mi atención y la altanería que vi aquella noche en el club aparece luego de unos segundos.
—Un gusto verlo otra vez, señor Brown. Supe que me estaba buscando, así que, aquí estoy.
Si antes estaba un poco reacio, con esas palabras me demuestra la actitud de la bailarina que me cautivó con solo un baile y luego me obsesionó con solo abrirse de piernas para mí. El idiota dentro de mí quiere llevársela y cobrarle todas las noches pasadas desde entonces, pero tengo que hacer las cosas bien.
Le hago un gesto a Stephan para que vaya hasta el auto y con mi mano en la espalda baja de Karina McKenzie la guío conmigo. Su vestido tiene una abertura en esa zona y mis dedos se cuelan por debajo. Su piel es tibia y aunque sigo esperando el cosquilleo que me recorrió con solo un toque la vez anterior, desestimo mis estupideces. Estos meses me pasaron factura y es hora de recuperarme.
—Señor Brown —me detiene antes de subir a la parte trasera del auto. Busco su rostro y en su expresión veo una especie de ruego—, no sé por qué me estaba buscando, pero yo lo hice por una razón.
Frunzo el ceño.
—¿Me buscabas? —Enarco una ceja.
Ella asiente y muerde su labio con nervios.
—Sí, es que…es que —tartamudea y comienzo a pensar que tiene que decir algo importante—, estoy embarazada. Y el único hombre con quien estuve estos últimos dos meses fue usted.
«¿Qué acaba de decir?».
La suelto como si me quemara su contacto. No es que me moleste ser padre, pero enterarme así de repente es, cuando menos, impactante. Ante mi gesto, su rostro se oscurece, se muestra triste y decepcionado. Y yo me siento culpable por haber provocado ese cambio.
—Entiendo que desconfíe, estoy dispuesta a hacerme las pruebas que necesite para saber si el bebé es suyo. Yo soy solo una bailarina que se dejó llevar y no busco nada más que…
Su palabrerío me hace querer callarla. Necesito pensar y ella no me deja. Así que la callo como mejor puedo, la beso. Las chispas que esperaba encontrar nunca llegan, pero logro mi cometido. Enredo mi lengua en su boca y aunque ella se queda congelada en un primer momento, luego de unos segundos se entrega por completo y se aferra a mí. Al sentirla así de entregada, recupero los recuerdos de esa noche y la nebulosa de la duda se aleja.
Cuando me separo, sus ojos brillan y sus labios están rojos e hinchados.
—No tienes que darme explicaciones. Yo voy a asumir mi papel en todo esto y te daré el lugar que mereces.
Señalo el auto para que suba y cuando lo hace, pienso en mi esposa, en la mujer que pocas veces he visto y que no tengo intenciones de mantener. Ahora tengo un nuevo motivo para movilizar mi vida.
Solo necesito pedirle el divorcio.
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Narra Laura Bale.
Decir que estoy sorprendida es poco. Pensar que me duele su decisión estaría más cerca de la verdad, aunque yo misma no sepa la razón. Nunca fuimos un matrimonio de verdad, nunca nos besamos siquiera, tampoco nos dirigimos más de dos palabras.
Sin embargo, a pesar de la razón por la que él terminó casado conmigo, nunca tuvo una mala acción hacia mí. Me llenó de regalos caros, me dejó viviendo en su inmensa mansión y me dio acceso a algunas cuentas de las que podía gastar sin importarme el límite. Todas, cosas materiales, sí, pero era un incentivo al menos entre tanta soledad autoimpuesta. Pude irme de parranda mil veces y gastar su dinero mientras me acostaba con otros, pero no lo hice. Pude malgastar sus recursos solo para suplir su ausencia prolongada, pero nunca tuve la intención de afectarlo. Ambos estábamos en este matrimonio por obligación y yo no quería ser una carga.
Y aunque la decisión de pedirle el divorcio ya estaba tomada, no puedo mentirme y fingir que no me afecta esto. No obstante, no puedo exigir nada y menos, reclamar. Él siguió su vida aunque estaba casado conmigo, en algún momento estaba claro que encontraría a una mujer con la que quisiera tener un matrimonio real.
Así que me trago mi angustia, respiro profundo y con la mayor tranquilidad que puedo aparentar, decido enfrentar esta realidad.
—Entiendo. Y no tengo motivos para negarme, así que no seré un problema para ti.
Mi voz suena fuerte y segura. Plana y desprovista de emociones. Sin embargo, en caso de que él pretenda dejarme de lado sin ninguna compensación, entonces sacaré mis garras.
Anton asiente y busca el teléfono que lleva en el bolsillo interior de su chaqueta. No despega sus ojos de los míos mientras marca un número y espera por alguien.
—Stephan, trae el convenio de divorcio.
El tono es potente a pesar de que habla con calma. Corta la llamada sin esperar respuesta y se queda mirándome fijamente mientras tamborilea con sus dedos sobre la mesa. Su atención me provoca de formas que él no podría entender. Y ahora que lo pienso, la preocupación de que Anton supiera la verdad de lo sucedido entre nosotros pasó a un segundo plano en cuanto él dejó sus cartas sobre la mesa.
Menos de un minuto después, cuando un rubor comenzaba a subir desde mis pechos y por mi cuello ante su escrutinio, aparece un hombre corpulento vestido con traje oscuro y llevando unos papeles en sus manos. Se los entrega a su jefe y luego sale otra vez sin decir una palabra.
Anton los coloca sobre la mesa y con un dedo, los empuja en mi dirección.
—El convenio acuerda la distribución de propiedades, por si eso te preocupa. Ya tiene mi firma, solo falta la tuya.
Entrecierro los ojos, porque su posición comienza a volverse medio irónica y eso me molesta. Hasta ahora no he malgastado nada de lo suyo y aunque mi intención sí era pedirle una compensación, no sería la mitad de su imperio.
—No vas a volver a tu anterior vida. Recibirás una buena suma de dinero en una cuenta de banco y algunas propiedades que puedes explotar comercialmente —continúa, como si me hiciera un favor.
Tomo los papeles entre mis manos y lo miro, desafiante.
—Yo quise este matrimonio casi tanto como tú —exclamo, con sarcasmo—, lo justo sería una buena compensación por perder todo un año en esta casa solitaria, pero no sería capaz de exigir participación de algo por lo que no he trabajado. Eso lo hubieras descubierto con solo tratar conmigo dos minutos cada mes.
«Tenía que hacerlo, lanzarle en su cara lo mal marido que fue todo este año».
Contengo el aliento por unos segundos, mientras reviso los documentos frente a mí, eso me ayuda a calmar mis latidos erráticos bajo su intensa mirada. No puedo demostrar que esto me afecta o el tiburón que lleva dentro olerá la sangre.
«Laura Bale no puede quedar como una idiota conformista, pero tampoco como una trepadora».
Leo el acuerdo a toda prisa, pero solo por encima. Necesito saber detalles de esta separación. Si él pensaba que me conformaría con la información que me dio, la lleva muy mal.
En efecto, el documento estipula que recibo una cuenta bancaria con una muy alta suma de dinero. Un apartamento en una zona exclusiva, un área de almacenes que luego puedo usar para montar mi propio negocio de diseño y algunas acciones en negocios de nuevo emprendimiento que me aportarán algunos ingresos.
Me sorprende un poco todo lo que él me deja, pero trato de no demostrar mis pensamientos. Vuelvo a mirarlo a él y antes de decirle que todo está bien, él levanta una de sus oscuras cejas y me pone a prueba.
—¿Es suficiente para ti o ahora sí pondrás condiciones?
Inclino mi cabeza hacia un lado, como analizando su actitud. No sé si él está consciente de que yo no me casé por obtener un estatus o una privilegiada situación económica, pero no voy a darle explicaciones. Con lo que le dije antes tengo suficiente y no creo que a Anton Brown le interese conocer mi pésima relación familiar y la razón por la que terminé relegada a esta casa sin vida social alguna.
—¿Me darías lo que quiero con tal de deshacerte de mí?
No sé por qué hago esa pregunta, pero extiendo la mano para pedirle la pluma. Él me la entrega sin dejar de mirarme, nuestros dedos se tocan y una chispa explosiva nos sacude a ambos, pero ninguno cede en la batalla de voluntades.
—Ya tuviste una buena vida por todo un año, gozaste de lo que mi apellido podía darte. Sería ambicioso de tu parte querer más.
Firmo el papel en el espacio que me corresponde, demostrándole mis verdaderas intenciones. Punto final y le devuelvo la pluma.
—Si te hubieras interesado en revisar lo que tu ex esposa hacía, lo que gastaba, te hubieras dado cuenta que solo con los almacenes me conformaba. Amo mi carrera, amo trabajar, no vivir de lo que no me toca. Pero ya de nada sirve querer demostrar algo, Anton Brown.
Me levanto de mi lugar, él sigue mis movimientos con su sagaz mirada.
—Con su permiso, regreso a mi habitación, estoy un poco indispuesta. Puede avisarme con Marisol cuándo debo presentarme con sus abogados y lo tendré todo preparado para irme lejos de aquí.
Paso por su lado sin mirarlo ni una vez más. Vuelvo a respirar cuando estoy por llegar a las escaleras, lejos de él.