Dos

4035 Palabras
No tiene ni idea de autos, pero ha reducido sus opciones a los más bonitos: un Mercedes, un Audi y el último es un BMW. Lo único que sabe es que los Audi tienen el mejor sistema de seguridad porque recuerda haberlo leído en alguna parte, pero más allá de eso su conocimiento es nulo. Le pregunta al chico que los ha atendido toda la tarde el nombre de los modelos y los anota en su celular para investigar sobre ellos más tarde. Por supuesto que no haría una compra tan importante a ciegas, tiene que asegurarse de tomas la decisión correcta. Hubiera sido mejor que su papá la acompañara, él podría haberla aconsejado, en vez de su madre, que sabe lo mismo o menos que ella. Al menos está feliz de haber pasado tiempo de calidad con su mamá. De vuelta a su casa incluso conversan sobre las opciones y Evette se atreve a hacer un comentario sobre lo guapo que le resulto el vendedor. —Evy, he estado pensándolo y creo que un auto es un regalo bastante caro. —Oh. No puede contener la sorpresa y la desilusión que le sigue de inmediato. Tiene en la punta de la lengua un discurso de cómo no es necesario un regalo tan estrambótico, pero su mamá se adelanta. —Por eso creo que no sería necesario hacer tu fiesta de cumpleaños. —No es necesario que me regalen un auto— asiente energéticamente —. No lo necesito, prefiero celebrar mi cumpleaños. —Pero si lo celebraríamos, tomaríamos desayuno juntos— dice su mamá como si no la hubiera escuchado. Mientras esa es una opción tentativa, Eve ya ha planeado como será ese día. Pretende invitar a Olivia a almorzar para que luego le ayude a elegir el ouffit que usará en la tarde, cuando los invitados comiencen a llegar. Puede que no sean tantos, pero le gustaría celebrar su cumpleaños con ellos, sus amigos la hacen feliz y nunca la defraudan cuando quiere pasar un buen rato. A su familia la ama, pero no le provoca la misma sensación. —En serio mamá, no es necesario. Su madre suspira. —Te voy a ser sincera, aquel día hay una junta importante que será en nuestra casa. Pensé que un auto sería un regalo suficiente. No puede ser que también me pidas que cancele una reunión tan importante y que me avergüence porque tienes el capricho de celebrar tu cumpleaños. Pestañea tratando de contener las lágrimas y se muerde el interior de la mejilla con fuerza, hasta que el dolor físico supera el psicológico. —Oh, entiendo. No era necesario…— tiene un comentario viperino en la punta de la lengua, pero se lo traga —. Entiendo. De todas maneras, no creo que el auto sea necesario. —Sí tú lo crees— se encoge de hombros. Evette desvía la mirada hacia la ventana para esconder sus ojos cristalizados. Inspira lentamente, hasta llenar sus pulmones por completo y contiene el aire mientras se muerde el labio inferior con fuerza. Capta su imagen en el espejo retrovisor; el rostro compungido, las emociones palpables en él. Le resulta patética lo emocional que es. Debería estar acostumbra para este entonces. Debería saber que la gente solo la quiere para favores, que el interés que le demuestran no es nada más que un medio para un fin. Debería saber ya que no puede confiar en el resto, que está sola en este mundo porque son todos unos interesados y que a nadie le importa de verdad. Pero se siente tan desolada al pensar en que nadie la quiere. Tan solo de sopesar la idea de que todas las personas de las que se rodea son falsas la lleva a hacerse un ovillo en la cama. Entonces comienzan los pensamientos intrusivos; dudar de todo lo que Olivia le ha dicho, de los abrazos de William y las tardes que ha compartido con Lex. Quizá es una persona desagradable, odiosa. Quizá a nadie le cae bien en verdad y todos fingen aceptarla, pero apenas se va hablan pestes de ella. Lo peor es que no puede conversarlo con nadie, primero porque no se atreve a revelar ese tipo de pensamientos y segundo porque si su teoría es cierta tan solo recibiría mentiras por respuestas. En este momento se siente más como un objeto que como una persona y apropiándose del papel, camina de forma mecánica hacia la entrada de la casa. Le cuesta empujar la puerta, incluso con su tamaño, pero al menos ya no se le hace tan pesada como cuando tenía diez. Se quita los zapatos para ponerse las pantuflas y carga con el par en la mano. Avanza con la vista fija en el piso, sin ánimo de mantener una postura perfecta, por un momento arrastra los pies, pero ahí es donde su madre pone el límite. Un solo carraspeo es todo lo que necesita para que Evette se enderece, ponga su mejor sonrisa y camine con la elegancia de una reina. No hay nadie a la vista, pero de todas maneras mantiene la compostura. Los pasos hasta la escalera son eternos. Odia que la casa sea tan grande y que las escaleras sean igual de inmensas. Puede que sus piernas sean largas, pero a fin de cuentas también es ejercicio. Tal vez su madre eligió esta casa para que no heredaran sus muslos gordos. Una tontería, porque todas las mujeres Dankworth tienen las mismas piernas grandes y un trasero que definitivamente podría asfixiar a alguien. Su madre lo mantiene bajo control con una dieta estricta y una cantidad enferma de ejercicio. Isa ha convertido toda su herencia en músculos y tiene una figura envidiable. Evette por su parte, hace lo que puede; mucho ejercicio, un poco de dieta, a veces saltarse comidas, cualquier cosa que le ayude a desaparecer la grasa de su cuerpo. —Evy, ven para acá— su madre la llama con dulzura. Inhala profundo y planta su mejor sonrisa, la cual se tambalea en sus labios, pero con mucha voluntad y testarudez logra mantenerla en su lugar. Planea en su mente como irá la conversación y la manera de escapar de las visitas lo más pronto posible. —Hola— su voz pierda fuerza y la sonrisa también. Los padres de Asher están sentados en su sala de estar. Tiffany sostiene una taza de té en sus manos delicadas y le da una sonrisa cínica. Su esposo por otra parte parece indiferente a su presencia y en este momento a Evette le importa poco lo que piense de ella. No es el matrimonio lo que la altera tanto como su descendencia. Asher ha dejado el uniforme del colegio atrás y en cambio lleva un poleron gris y unos jeans sueltos. Es el conjunto más básico que ha visto en su vida y aun así le produce algo en la boca del estómago, o tal vez es hambre. —Venimos a conversar, pero pensé que Asher y Eve podrían pasar un tiempo juntos también. El rostro de ella no puede con la noticia, se desfigura por completo y debe morderse el interior de la mejilla para retomar el control de su cuerpo. —Sería genial— exclama en un tono más chillón del necesario, captando la atención de todos —. Justo tengo una tarea que terminar y necesito ayuda. Estira la mano y la entrelaza con la de él. Es suave, cálida, grande. Le pone los pelos de punta y despierta cosas en su cuerpo que no entiende. —Mejor tomar un té a… Su futura suegra no termina de hablar. Eve ya ha tirado del invitado fuera de la sala de estar hacia las escaleras y no le suelta la mano hasta que llega a su cuarto. Le sorprende que Asher se deje tironear con tanta facilidad y que no intente soltarle la mano. Odia esa parte de ella que está feliz por lo prolongado que ha sido el contacto y como el pulgar de él ha rozado el dorso de su mano un par de veces o la manera en que la apretó cuando ella tropezó al final de la escalera. Le gusta tanto como se siente sostenerle la mano a Asher que al entrar a su cuarto se toma un par de segundos más de los necesarios para soltarlo. No quiere hacerlo, pero se convence de que es necesario y en ese lapsus ya ha captado la atención del hombre. Asher baja la mirada hacia ella, hacia sus manos que están a milímetros y luego la sube a sus ojos. Le inspecciona la cara con detalle, tomándose su tiempo para recorrer cada curva y la línea más dura de su nariz. —¿Qué? — espeta ella. —Estuviste llorando— dice apático. Alza el mentón y sonríe. Siempre esa maldita sonrisa tan practicada que a Asher no le dice nada más qué que está mintiendo. —Por supuesto que no. —Tienes el rímel corrido. —Es el sudor— le da la espalda, guarda los zapatos y luego se dirige al baño. —Nunca se te corre— él se queda quieto en el centro de la pieza hasta que la ve caminar a la puerta —. Estuviste llorando— insiste. Evette lo ignora, abre la puerta y da un paso al frente, pero esta se cierra en su cara antes de que pueda entrar al baño. Gira la perilla y tira hacia ella, pero la mano de Asher sobre su cabeza tiene más fuerza que la de ella en la manilla. —¿Quién te hizo llorar? —Nadie— suspira. —O sea que sí lloraste. Eve susurra una afirmación. De inmediato se da cuenta de su error. —No lloré. Deja de ser tan psicópata, no todos nos vemos igual todos los días— se gira hacia él —. Ahora déjame ir al baño si no quieres que te orine encima. Asher se inclina hacia delante y ladea la cabeza hacia la derecha. Sus ojos inquietos evalúan de nuevo su rostro. Cambia de lado la cabeza. En vez de observarla se cierne sobre ella y pega la punta de su nariz en el cuello, inspira suavemente, su pecho se hincha y choca con el de ella. Evette tiembla, sus ojos se cierran y las manos se convierten en puños. Las sube de un impulso para apoyarlas en los hombros masculinos cuando la nariz le roza la piel en un movimiento sensual. Su intensión era empujarlo, pero no lo hace, no puede. Estando atrapada bajo su cuerpo se siente tan pequeña. Indefensa, segura. En descontrol, rendida ante la bestia y aliviada por su incapacidad de poder tomar decisiones. Lo intenta. Lo empuja, pero él no se mueve y con eso se siente conforme. No es su culpa, ella no quiere estar allí, pero Asher no la deja salir. —Si quieres huir— retrocede un paso —, adelante. No seré tu excusa de porque no puedes apartarte de mí. Requiere de unos segundos para recuperar el control de sus músculos y para hacer que su cerebro funcione. Recién ahí puede darse vuelta y tomar la perilla que se sacude bajo el temblor de su mano. Le tiemblan las piernas también, pero logra entrar al baño. Al cerrar la puerta se da cuenta de que topa con algo. Asher ha puesto su pie para que no lo deje afuera y su cuerpo surge del otro lado como en una película de terror. —¿Cuál es tu problema? Déjame ir al baño tranquila. Dijiste que me ibas a dejar tranquila. Lo acusa en un tono chillón y apuntándolo con un dedo. —Dime por qué llorabas y me voy. —¿Qué tanto te importa? — exclama, ya perdiendo la paciencia. —Para saber a quién matar. Solo yo puedo hacerte sufrir. Boquea varias veces. Pone las manos en su cintura, pero luego las deja caer. Ladea la cabeza de derecha a izquierda y lo mira tratando de descifrar que rayos tiene en el cerebro, porque algo debe faltar allí. Un tornillo por lo mínimo, aunque ella apuesta a que es todo un set de ellos, un par de cables también. —Una cosa con mi mamá— es lo más ambigua que puede —. ¿Por qué? ¿Vas a ir a matarla? —Sí. Da media vuelta dejándola sola en el baño. Sus pasos retumban en la escalera y tan solo cuando deja de oírlos Evette reacciona, corriendo detrás de él. —Asher— baja los escalones de dos en dos, alcanzando a ver su silueta en el primer piso. —Asher. ¡Asher! Con ese último grito logra detenerlo. Se gira de medio lado, sus pies impacientes por seguir avanzando y cumplir con su palabra mientras el resto de la atención la tiene ella. No sabe que hacer, pocas veces ha tenido a alguien tan concentrado en lo que va a decir. Tampoco sabe convencer a las personas, su estrategia siempre es ser lo más sincera posible. —No puedes matarla. —Sí puedo. Comienza a voltearse. Evette corre para alcanzarlo y atrapa su brazo. Se aferra a él con toda la fuerza que tiene, pero Asher continúa caminando como si nada, aunque un poco más lento ahora. —No voy a casarte contigo si la matas— trata de razonar con él —No hay nada que pueda cancelar el matrimonio. Ignora sus palabras, pues suenan demasiado a un hecho como para no perturbarla. La distancia se va acortando entre ellos y la sala de estar. Duda que Asher sea capaz de cometer un asesinato, al menos a la luz del día y con tantos testigos presentes, pero tampoco quiere arriesgarse a uno de sus momentos de psicopatía que de alguna manera siempre terminan afectándola a ella también. Así que con desesperación suelta la única amenaza que sabe lo detendrá. —Sí le haces algo a mi mamá yo voy ahora mismo y me cojo al primer hombre que vea. Lo suelta y retrocede un par de pasos para hacerlo más creíble, como si ella tuviera la confianza para insinuársele a un hombre. —Eve… —Voy a hacerlo. —Nadie te va a prestar atención con uniforme. Su comentario le sienta como una patada en el estómago. Es cierto, ambos saben que ella no tiene ninguna oportunidad con los hombres. Con o sin uniforme escolar sigue siendo igual de poco atractiva, pero no necesitaba que Asher se lo mencione en este momento. —¿De verdad quieres arriesgarte? — Enarca una ceja y da media vuelta. Da un grito silencioso y cierra los ojos con fuerza, sin poder creer como le ha hablado ni en ese último gesto que no tenía ni idea de que podía hacer. Tanta es la emoción que apenas presta atención a la manera en que camina, por lo que sus caderas se bambolean en su ritmo natural cautivando la mirada de Asher por unos segundos. Sus pasos fluidos acompañados de brazos que se mecen al mismo ritmo le dan un aire aniñado, fresco y libre. Así se siente enfrentándose a Asher, libre. —Evette— gruñe por lo bajo. Ella lo ignora y resiste la urgencia de mirar por sobre su hombro. Quiere correr, pero lo sucedido ayer es prueba de que no es la mejor opción y no quiere volver a pasar una vergüenza de ese tamaño nunca más en su vida. No sabe que la aterroriza más, que haya visto su cuerpo semidesnudo o la manera en que ella se mantuvo quieta mientras él la tocaba, deseando internamente que no se detuviera. Así que para no arriesgarse a pasar por lo mismo tan solo camina y espera por Asher, por lo que cuando él la agarra del brazo ella se zafa de inmediato y voltea, quedando cara a cara con el demonio de ojos grises. —¿Estás loca? ¿Qué vas a hacer? ¿Irte ofreciendo por ahí como una puta? —Si puedo cobrar, mejor— se encoge de hombros. Cruza los brazos sobre el pecho para adquirir una pose más retadora, pero también porque le tiemblan las manos y no sabe como detenerlo. Discutir con Asher se le da mejor de lo que esperaba, pero su cuerpo no está hecho para resistir tanta tensión y malas energías. —No voy a hacerle nada a tu madre, no seas tonta. No me importas tanto. Podría pensar que ha ganado, si no fuera por esa última oración. «No me importas tanto». Cómo si no lo supiera. Cómo si no hubiera pasado los últimos años deseando que le importara al menos un poco, que se preocupara por ella lo mínimo como para ayudarle a conservar su dignidad, entonces fingirían estar juntos, de la misma manera que fingirían amarse durante su matrimonio. Nunca ha duda de los pocos sentimientos que Asher tiene sobre ella, pero al mismo tiempo, jamás había escuchado las palabras salir de su boca. Está bien. Debería estar bien al menos. No son amigos, ni siquiera son cercanos. No se llevan bien, no conversan, no hacen nada. Ella podría desaparecerse un día y a él no le afectaría ni un poco, y a ella, ¿a ella? Maldición, al parecer le importa más de lo que pensaba, porque le duele saber que es un factor tan minio en su vida. —Bien— baja los brazos —. Si me disculpas, iré a mi cuarto— le ofrece una de sus sonrisas clásicas. —No. Lo ignora. —No seas cobarde, Evette. No pongas esa estúpida sonrisas y te alejes como si nada pasara. Humedece sus labios y habla con temor a que se le vaya a romper la voz, pero necesita decirlo. —Púdrete. Es el insulto más básico, lo sabe. Ni siquiera tiene la fuerza para decirlo con odio, pero la hace sentir un poco mejor porque es la primera vez que le dirige a Asher una de sus pocas malas palabras permitidas en el día. Y aunque darle ese poder es molesto, también la empodera de alguna manera, es ella quien ha tomado la decisión de insultarlo y no el impulso proveniente de la rabia causada por Asher. ? Asher y ella estaban destinados a terminar juntos. Podía no ser el siglo quince, pero algunas tradiciones no cambiaban. Su mano había sido prometida al mejor postor, aquel cuya familia traería buenas conexiones y fortuna a la de ella. Por mucho tiempo no tuvo problema con ello, eran de la misma edad y se conocían desde antes de aprender a leer. Sus padres no eran precisamente amigos, pero compartían el mismo círculo social; el lord de un territorio pequeño pero significante para la economía del país y el político nativo de dicha región que aspiraba a ser más que alcalde. Asher era el primer hombre del que tenía recuerdos. Un niño callado pero lo suficientemente amable para hacerla disfrutar de su presencia. Ya cuando empezaron a ser arrastrados a las mismas fiestas aburridas se escabullían juntos y se sentaban uno al lado del otro compartiendo bocadillos que se habían robado en silencio. Ninguno de los dos había nacido particularmente conversador aunque al lado de él, ella era extremadamente parlanchina. Fue él quien le contó que llegado el momento se casarían y Evette, que no tenía conciencia de lo que aquello involucraba, no pensó en poner peros. Le agradaba su compañía y para esa edad ya lo encontraba guapo. A los doce años seguía teniendo un rostro aniñado y era de su misma altura, nada muy especial, pero sus ojos eran cautivantes. Un gris casi transparente que le ponía los pelos de punta cada vez qué se posaban sobre ella, con notas más oscuras manchando sus iris y rayas de azul cristalino. Sus ojos eran los más hermosos del mundo. La curiosidad siempre la empujaba cerca de él para tratar de descubrir algún detalle nuevo que se le hubiera ha pasado por alto. Una de esas veces, recostados en el parque matando el tiempo mientras sus padres conversaban sobre temas aburridos para niños de trece años, se le acercó lo más que pudo. El sol le daba el rostro y estaba convencida de haber encontrado una nueva peca. Asher quiso ayudarle y levantó el rostro, segundos más tarde cerró los ojos y acortó la distancia un poco más entre ellos. Confundida se apartó y le preguntó qué diablos hacía, en vez de contestar le agarró las mejillas y unió sus bocas. Debería haberlo sospechado en ese momento, que Asher era avaricioso y egoísta y la cosa que más quería era a ella. Debería haber pensado con claridad, no con el entusiasmo iluso de ser deseada por primera vez. Tener la atención de Asher era malo porque él solía transformarlo todo en una obsesión. Pero en ese momento era ella la obsesionada con él, con la suavidad de su boca y ese ligero dejo a menta, a su respiración calmada. Asher pasó la lengua tentativo por su labio inferior, la única vez que lo sintió dudar sobre algo, luego se abalanzó contra su boca colando su lengua y obligándola a recibirlo. Lo hizo sin tener ni idea de lo que estaba sucediendo pero le gustaba la manera en que se sentía y el camino progresivo que fue tomando. De pronto las manos de Asher estaban sobre ella, su boca más demandante que nunca, moldeando sus labios y llevando el ritmo, su lengua buceando en su cavidad, explorando con aprecio mientras sus manos hacían lo mismo. Recuerda que le abrumó la forma desesperada en que hacía todo, más que nada porque le costaba seguirle el ritmo y no quería quedarse atrás. Las cosas terminaron igual de rápido que comenzaron, había puesto una mano sobre su pierna para tener un mejor apoyo, pero se había topado con un bulto suave y al mismo tiempo duro. Lo apretó de pura curiosidad, tomándose la licencia de explorar su cuerpo de la misma manera en que él lo estaba haciendo con ella. Movió su mano para cubrirlo mejor e indagar aquel extraño bulto. Asher se estremeció y soltó un ruido ronco que le gustó, así que repetió el movimiento y aventurándose un poco más lo sobó con su palma. Aquello lo mandó al suelo con un temblor brusco, un gemido ahogado y el ceño fruncido en placer y confusión. Lo entendía, su propio cuerpo se sentía raro, acalorado y necesitado de algo que no entendía. Asher no se veía dispuesto a volver a besarla y aquello le molesto así que se pusó de pie luego lo miró de arriba hacia abajo, notando la mancha sobre su entrepierna. —Te hiciste pipi— dijo en un tono jocoso. Era por eso que estaba botado en el suelo como si lo hubiera noqueado. —No— respondió resollante. —¿Qué es entonces? —Nada— gruñó. Acto seguido se puso de pie y caminando extraño se alejo de ella. Troto hasta alcanzarlo, le preguntó que pasaba, si se sentía bien. Él le gruñó una respuesta ininteligible y entró a su casa cerrando la puerta en su cara. Estaba segura de que había hecho algo mal. Siempre encontraba la manera de cagarla, eso decía su mamá. Papá decía que no le hiciera caso, pero era difícil cuando no dejaba de probarle que tenía razón y ahora Asher se lo demostraba también. Años más tarde comprendía que probablemente le dio su primer orgasmo y a lo mejor estaba abrumado, pero eso no justificaba todo lo que hizo después. En algún punto le dejó de importar; las novias, esa actitud pasiva agresiva, los insultos a medias, el sabotaje de cada cosa que disfrutaba. No le importaba porque si dejaba que le importara habría perdido la cabeza. Había hecho paz con Asher y su actitud de mierda, o eso creía, hasta que se dio cuenta de que le dolía no ser parte de su vida. Pues bien, si ella no le importaba, él recibiría el mismo trato. Asher puede irse a la mierda, ya no le importa lo que haga mientras mantenga su atención lejos de ella.
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