Capítulo 3.

1963 Palabras
El universo a veces tiene formas curiosas de compensar un inicio de jornada infernal, y hoy mi recompensa llegó en forma de flan. No era un flan cualquiera, sino una pequeña y perfecta porción de paraíso cremoso, con una capa de caramelo líquido tan oscuro y brillante que parecía obsidiana derretida, prometiendo un amargor dulce que me hacía salivar. La sala de comida privada, reservada para nuestro piso, era un santuario de minimalismo y cristal, con vistas panorámicas de una ciudad que se movía a un ritmo frenético muy por debajo de nosotras, ajena a mis pequeños dramas y placeres culinarios. El aire acondicionado zumbaba con una monotonía casi hipnótica, mientras el aroma del café recién hecho de la máquina gourmet se entrelazaba con el perfume sutil de las flores frescas dispuestas en un jarrón solitario sobre la barra de mármol blanco. Tomé una cucharada del postre, sintiendo la textura increíblemente suave y fría deshacerse en mi lengua, un contraste exquisito con la intensidad del caramelo que cubrió mi paladar y, por un instante, borró el recuerdo del agobio. La luz de la tarde se filtraba a través de los inmensos ventanales, bañando la estancia en un resplandor dorado y tranquilo, haciendo que los cubiertos de plata brillaran con destellos fugaces cada vez que movía la mano. Era un momento de paz tan delicioso como el propio postre, un instante suspendido en el tiempo donde lo único que importaba era el sabor del azúcar y la sensación de serenidad. La paz, por supuesto, tenía que ser efímera, y su fin llegó con el sonido rítmico de unos tacones sobre el suelo pulido, un sonido que solo podía pertenecer a una persona. Valentina Herrera entró en la sala con la confianza de quien se sabe dueña de cada espacio que pisa, su largo y brillante cabello n***o azabache moviéndose como una cortina de seda con cada paso decidido que daba. Llevaba un vestido ajustado de color borgoña que se ceñía a su figura curvilínea pero atlética, un testimonio de sus disciplinadas horas en el gimnasio, y sus ojos color avellana me escanearon con una mezcla de diversión y curiosidad descarada. Dejó su bolso de diseñador sobre la mesa con un chasquido sordo y se deslizó en la silla frente a mí, su perfume floral y caro invadiendo mi pequeña burbuja de tranquilidad y caramelo. Su piel clara y tersa parecía casi luminosa bajo la luz artificial del comedor, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios mientras se inclinaba hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa. Observó mi flan con una ceja arqueada antes de clavar su mirada inquisitiva en mí, dejando claro que el postre era lo último en su mente en ese preciso momento. Sabía, sin que pronunciara una sola palabra, que el interrogatorio estaba a punto de comenzar, y que mi breve escape a la realidad había concluido oficialmente. — No me mires así, que parece que he cometido un crimen. — Peor —replicó Valentina, su voz un susurro cargado de intriga— Has cometido un acto de misterio, que es mucho más interesante. Carolina, la secretaria del piso diecinueve, me ha contado que te has quedado encerrada con el gran jefe en tu propia oficina. Lancé un suspiro, removiendo los restos de caramelo en mi plato con la cucharilla, creando pequeños remolinos oscuros. — Fueron cinco minutos, Val. La cerradura electrónica se volvió loca, eso es todo. No hubo drama, ni misterio, ni nada que alimente el motor de chismes de esta empresa. —¡Pero fueron cinco minutos con Adrian Knight! —insistió, sus ojos avellana brillando con emoción— Cinco minutos a solas con el hombre más inaccesible y deseado de todo el edificio. Tienes que darme detalles. ¿A qué huele? ¿Es tan imponente como parece en las reuniones? ¿Te habló? Rodé los ojos, apoyando la barbilla en la mano con un gesto de hastío. — Huele a perfume caro y a ego. Sí, es imponente, si por imponente te refieres a una estatua griega arrogante que parece juzgarte por el simple hecho de respirar en su misma atmósfera. Y sí, me habló, si a esa serie de monosílabos condescendientes se le puede llamar conversar. Mi propia voz sonaba más agria de lo que pretendía, un reflejo del mal sabor de boca que me había dejado el encuentro, un sabor que ni siquiera el flan más perfecto podía endulzar por completo. Me recosté en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto casi defensivo, mientras revivía la sensación claustrofóbica de tenerlo en mi espacio, con su presencia llenando cada rincón y su mirada azul penetrante analizándome como si fuera un error en su sistema perfectamente ordenado. La manera en que su mandíbula definida se tensaba ligeramente, el modo en que su cuerpo de musculatura marcada parecía demasiado grande para mi modesta oficina, todo en él gritaba un poder y un control que chocaban directamente con cada fibra de mi ser independiente e irreverente. Era una autoridad andante, una personificación del dominio implacable del que tanto hablaban los rumores, y yo no sentía la más mínima atracción, solo una profunda e incontrolable irritación que me recorría de pies a cabeza. Su piel blanca bronceada y su cabello liso y n***o podían ser el sueño de cualquiera, pero para mí solo componían la fachada de un hombre que, estaba segura, disfrutaba haciendo sentir a los demás pequeños e insignificantes. — No lo soporto —confesé finalmente, dejando escapar el aire en un bufido— Es un maleducado, un narcisista y la persona más superficial que he conocido en mi vida. Trató mi oficina como si fuera una jaula y a mí como si fuera un mueble más en ella. — Un mueble muy atractivo, querrás decir —me corrigió Valentina con una lógica aplastante y una sonrisita— Y vamos, Camila, todo eso que dices se anula por completo con dos simples factores: es insultantemente guapo y es multimillonario. Fin de la discusión. — Esa es la lógica más retorcida que he oído nunca. — Es la lógica del mundo real, querida —sentenció, tomando una uva de un cuenco cercano— Un hombre así no necesita ser amable, el mundo se amolda a él. Antes de que pudiera replicar a su cínica pero probablemente cierta afirmación, una nueva presencia se unió a nosotras, trayendo consigo una energía completamente diferente. Sebastián Cruz se acercó a nuestra mesa con una bandeja en las manos y una sonrisa tranquila en el rostro, su presencia imponente y segura pero de una manera cálida y accesible, todo lo contrario a la de Knight. Alto y fornido, con el cabello rubio ceniza ligeramente despeinado y unos intensos ojos grises que te miraban con genuino interés, Sebastián era el tipo de hombre que irradiaba confianza sin necesidad de intimidar a nadie. Su piel, ligeramente bronceada, hablaba de fines de semana al aire libre, y su forma de moverse era relajada, sin la calculada rigidez del CEO. Dejó su bandeja, que contenía una ensalada y un filete de salmón, sobre la mesa y nos saludó con un movimiento de cabeza, sus ojos deteniéndose un instante más en Valentina, un vestigio de la historia que compartían y que había terminado en los mejores términos posibles. La atmósfera cambió al instante, volviéndose más ligera y familiar, como si su llegada hubiera disipado la tensión que el tema de Adrian Knight había instalado entre nosotras. — Interrumpo un debate de estado, por lo que veo —comentó Sebastián, su voz grave y con un toque de diversión mientras tomaba asiento junto a Valentina. — Nada de eso —se apresuró a decir Valentina, lanzándome una mirada cómplice— Solo le explicaba a Camila las leyes fundamentales del universo masculino, pero parece que se resiste a aceptarlas. Estábamos hablando de su encuentro cercano con nuestro amado líder, Adrian Knight. Sebastián enarcó una ceja, dirigiéndome una mirada curiosa. — ¿Encuentro cercano? ¿Ya te ha sometido a uno de sus interrogatorios de bienvenida? — Peor —intervine, sintiendo mis mejillas arder un poco al ser el centro de atención— Nos quedamos encerrados en mi oficina. La puerta se bloqueó. Él soltó una risa breve y genuina, una que suavizó aún más sus facciones. — Vaya bautizo de fuego. Sobrevivir a un encierro con Knight en tu primera semana debería darte puntos extra o alguna medalla. Ese hombre no es precisamente conocido por su cháchara en los ascensores. — “Cháchara” es una palabra que dudo que exista en su vocabulario —murmuré, pinchando un trozo de lechuga del plato de Sebastián, que me lo permitió con un gesto divertido— “Órdenes”, “directrices” y “silencio sepulcral” parecen ser más su estilo. La conversación fluyó entonces hacia temas más triviales y agradables, alejándose afortunadamente de mi nuevo jefe y de su abrumadora presencia, lo que me permitió relajarme por primera vez en horas. Hablamos sobre un nuevo proyecto de marketing en el que Sebastián y Valentina estaban colaborando, discutiendo ideas con una familiaridad que demostraba su buena relación profesional y personal, un eco del afecto que aún perduraba entre ellos. El sonido de nuestros cubiertos contra la porcelana se mezclaba con nuestras risas, creando una melodía de normalidad en el ambiente aséptico y silencioso de la sala. Observé cómo la luz del sol se movía lentamente por el suelo, proyectando largas sombras que anunciaban que la hora del almuerzo llegaba a su fin, y sentí una punzada de gratitud por tener a estos dos amigos en este nuevo y a veces intimidante entorno laboral. Su camaradería era un ancla, un recordatorio de que más allá de los jefes tiranos y las cerraduras electrónicas defectuosas, existían conexiones humanas reales y sencillas. Escuché a Sebastián contar una anécdota divertida sobre su intento de fin de semana de armar un mueble, y la risa genuina de Valentina llenó el espacio, una risa que me contagió casi al instante. — Bueno, el deber nos llama —anunció finalmente Sebastián, mirando su reloj y levantándose de la silla— Los informes de mercado no se van a analizar solos, por desgracia. — Y yo tengo que revisar unas propuestas antes de la reunión de las tres —añadió Valentina, estirándose perezosamente antes de levantarse también— ¿Vienes, Cami? — Sí, voy en un segundo. Se despidieron y los vi salir juntos, caminando uno al lado del otro con una comodidad envidiable, sus voces apagándose a medida que se alejaban por el pasillo. Me quedé sola de nuevo, pero la atmósfera de la sala ya no se sentía tan serena como al principio; ahora estaba impregnada por el eco de nuestra conversación y por las dudas que habían sembrado en mi cabeza. Mientras recogía mis cosas, mi mente no podía evitar volver a la oficina, a esos cinco minutos que se sintieron como una eternidad, atrapada con un hombre que representaba todo lo que detestaba: el poder absoluto, la arrogancia sin límites y una autoridad que no invitaba, sino que imponía. A pesar de los argumentos lógicos y despreocupados de Valentina, o de la visión humorística de Sebastián, no podía quitarme de encima una sensación de inquietud, una premonición que se aferraba a mi nuca. No era solo su mala educación o su narcisismo lo que me molestaba, era algo más profundo, una intensidad oscura en su mirada que parecía ver más allá de la superficie. La batalla entre mi rebeldía natural y la creciente necesidad de entender qué se escondía tras esa fachada de control absoluto acababa de comenzar, y una parte de mí, la más peligrosa y adictiva, temía descubrir que rendirme a esa curiosidad podría ser inevitable.
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