Capítulo 4.

2365 Palabras
La normalidad del almuerzo con Valentina y Sebastián se sentía ahora como un recuerdo lejano, una paz frágil que se había hecho añicos en el instante en que volví a mi escritorio. Una pila de carpetas, de un ominoso color marfil, me esperaba con una nota escueta escrita con la caligrafía afilada y autoritaria de Matías: «El señor Knight solicita los análisis finales de la fusión con urgencia. Quiere verlos personalmente en su oficina antes del cierre». El corazón me dio un vuelco, una reacción visceral que odié por su debilidad. Cada fibra de mi ser, la que se enorgullecía de su irreverencia y su desdén por la jerarquía, gritaba en silenciosa protesta. No quería volver a verlo, no después del claustrofóbico encuentro en mi oficina, no después de sentir el peso de su mirada depredadora. Pero la parte de mí que pagaba el alquiler, la que entendía que los reyes no solicitan, ordenan, me obligó a ponerme de pie, alisar mi falda y recoger las carpetas. El viaje en el ascensor privado hasta el último piso fue una tortura silenciosa, el suave zumbido del mecanismo un metrónomo que marcaba el paso hacia una confrontación que sentía inevitable en la boca del estómago. La puerta se abrió directamente a un espacio que no era una oficina, sino la declaración de guerra de un imperio. El despacho de Adrian Knight era una obra maestra de la intimidación minimalista. Ocupaba toda la esquina del rascacielos, con paredes de cristal del suelo al techo que ofrecían una vista panorámica y casi divina de la ciudad que se extendía a sus pies como un mapa de juguete. No había fotografías personales, ni plantas, ni desorden; solo la fría y limpia simetría del poder. Un enorme escritorio de obsidiana pulida, tan n***o y reflectante que parecía un trozo de noche solidificada, dominaba el espacio, flanqueado por dos sillas de cuero que parecían diseñadas más para un interrogatorio que para una conversación. El aire olía a cuero caro, a ozono de la maquinaria electrónica de última generación y a él, un aroma sutil a sándalo y a una confianza tan absoluta que resultaba casi sofocante. La única concesión al color era una única y enorme pintura abstracta en la pared del fondo, una explosión caótica de rojos y negros que parecía un grito silenciado, una violenta contradicción a la calma gélida y controlada del resto de la habitación. Él estaba de espaldas a mí, observando su reino a través del cristal, con las manos entrelazadas a la espalda, su figura imponente recortada contra el cielo gris de la tarde. El traje n***o, hecho a medida, se ceñía a su musculatura marcada como una segunda piel, proyectando una imagen de elegancia tan letal que me hizo tragar saliva. No se giró cuando entré, aunque el suave sonido de la puerta cerrándose debió alertarlo de mi presencia. El silencio se extendió, tenso y deliberado, y supe que era una prueba, una de sus muchas demostraciones de poder, obligándome a ser yo quien rompiera la quietud, quien reconociera su autoridad. Me aclaré la garganta, el sonido patéticamente pequeño en la inmensidad de la sala. —Señor Knight. Traigo los informes que solicitó. —Déjelos sobre el escritorio, señorita Torres —su voz fue un barítono profundo que pareció vibrar en el cristal, aún sin darse la vuelta. —Matías indicó que quería verlos personalmente y de inmediato. Hay algunas proyecciones que requieren su… —He dicho que los deje sobre el escritorio —me interrumpió, su tono ahora con un filo de impaciencia que me hizo apretar la mandíbula. Avancé, el sonido de mis tacones un eco agudo sobre el suelo de mármol, y deposité las carpetas sobre la superficie fría y negra de su escritorio. Era un gesto de sumisión que me quemó por dentro, pero me mantuve erguida, negándome a retroceder, anclada en mi lugar por una terquedad que sabía que era imprudente. Esperé, contando los segundos en el pulso acelerado de mi propia muñeca, hasta que finalmente se giró, sus movimientos eran lentos, fluidos, los de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Sus ojos azules, tan penetrantes como los recordaba, me escanearon de la cabeza a los pies con una lentitud insultante, deteniéndose por un instante en la forma en que mis dedos se crispaban a mis costados. —Su impaciencia es una cualidad interesante, señorita Torres. Matías la describió como «eficiente». Yo empiezo a pensar que «imprudente» podría ser un término más adecuado —comentó, rodeando el escritorio para pararse frente a mí, invadiendo mi espacio personal, su altura eclipsándome por completo. —Mi trabajo es entregar la información crítica a tiempo, señor Knight. La impaciencia es un subproducto de la eficiencia —repliqué, mi voz sorprendentemente firme. —¿De verdad? —inquirió, una ceja arqueada en una expresión de diversión condescendiente—. O quizás es un subproducto de la arrogancia. La creencia de que sus prioridades deben ser las de todos los demás. La creencia de que no soporta las reglas. Me quedé helada. Había citado casi palabra por palabra la descripción de mí misma en la sinopsis del libro de mi vida. Sabía que había leído mi expediente, pero la forma en que usó mis propias características en mi contra se sintió como una violación. —Mi historial laboral demuestra que mi… arrogancia produce resultados excepcionales para esta empresa —argumenté, la palabra sabiendo a cenizas en mi boca. —Oh, no lo dudo —ronroneó, dando un paso más cerca, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el aroma a sándalo ahora abrumador—. Knight Enterprises valora los activos que producen resultados. Pero también valoramos la lealtad. La previsibilidad. El control. Y usted, señorita Torres, parece ser cualquier cosa menos controlable. Su mano se levantó, y por un instante de pánico puro, pensé que iba a tocarme. En lugar de eso, sus dedos rozaron la solapa de mi chaqueta, un gesto aparentemente inocente que se sintió como una marca al rojo vivo. Mi cuerpo se tensó por completo, una reacción instintiva de lucha o huida. —No me pagan para ser controlable. Me pagan para analizar datos y ofrecer estrategias que aumenten los beneficios —siseé, dando un paso instintivo hacia atrás, solo para encontrarme con el borde afilado de su escritorio presionando contra la parte baja de mi espalda. Estaba atrapada. —Quizás deberíamos renegociar los términos de su contrato, entonces —murmuró, su mirada descendiendo de mis ojos a mis labios, una caricia tan tangible que sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo—. Quizás su valor para mí va más allá de los simples datos. Ese fuego en sus ojos, esa… rebeldía. Es un activo raro. Y Knight Enterprises nunca deja que los activos raros se le escapen de las manos. —No soy un activo, señor Knight. Soy una empleada —aclaré, mi voz temblando ligeramente a pesar de mis mejores esfuerzos. —Todo en este edificio es un activo, Camila —su uso de mi nombre de pila fue una bofetada, una intimidad no ganada que cruzó una línea invisible—. Cada silla, cada ordenador, cada persona. La única diferencia es su valor de mercado y su potencial de retorno de la inversión. Y yo… yo estoy empezando a pensar que su potencial es inmenso. Extendió la mano de nuevo, y esta vez sus dedos encontraron un mechón de mi cabello rubio que se había escapado de mi coleta, apartándolo de mi cara con una lentitud tortuosa, su pulgar rozando la piel sensible de mi sien en el proceso. No fue un gesto amable; fue un acto de posesión, una prueba para ver hasta dónde podía llegar antes de que yo me rompiera. La sensación de su piel contra la mía fue a la vez repugnante y eléctrica, una traición de mi propio sistema nervioso que me hizo odiarme a mí misma. —No me toque —ordené, mi voz un susurro ahogado. Su sonrisa se amplió, una curva lenta y depredadora que no llegó a sus ojos. Le encantaba. Le encantaba mi desafío, no porque lo respetara, sino porque lo veía como un juego, un obstáculo que hacía la inevitable conquista aún más dulce. —Usted es un enigma, Camila. Su expediente dice que es una de las analistas más brillantes que hemos contratado en la última década, pero su actitud es la de alguien que preferiría quemar este lugar hasta los cimientos antes que seguir una sola orden —reflexionó, su mano todavía en mi cabello, sus dedos ahora enredándose suavemente, un gesto casi de caricia que se sentía como una amenaza mortal. —Quizás ambas cosas son ciertas —admití, mi corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro atrapado. —Quizás. O quizás simplemente no ha encontrado al domador adecuado —sugirió, su voz bajando a un ronroneo íntimo y peligroso que hizo que todo mi cuerpo se pusiera en alerta máxima—. Me he dado cuenta de que la gente, como los caballos salvajes, responde a dos cosas: el miedo y el deseo. Y yo soy un experto en ambas. —No soy un animal que necesite ser domado, señor Knight. Y le sugiero que retire su mano —amenacé, mi voz ganando un filo de acero que no sabía que poseía. —Lo haré. A su debido tiempo —prometió, su rostro ahora tan cerca del mío que podía ver el anillo de un azul más oscuro alrededor de sus pupilas dilatadas—. Pero primero, quiero que entienda algo. Desde el momento en que entró en esta oficina, sentí su desafío como una fragancia en el aire. Es embriagador. Y he decidido que lo quiero. —¿Disculpe? —inquirí, mi mente luchando por procesar la audacia de sus palabras. —Quiero esa rebeldía, Camila. Quiero esa fuerza, esa negativa a inclinarse. Y quiero romperla. Quiero tomarla y doblegarla a mi voluntad hasta que la única regla que siga sea la mía, hasta que el único nombre que gima en la oscuridad sea el mío —confesó, su voz un murmullo ronco y cargado de una obsesión tan pura y tan aterradora que sentí que el aire se convertía en hielo en mis pulmones. El shock me dejó muda, mi cerebro incapaz de formular una respuesta. Había cruzado el umbral de una simple intimidación de CEO a la confesión de un depredador. La habitación, con su lujo frío y sus vistas panorámicas, de repente se sintió como una jaula, y yo era el pájaro exótico que acababa de decidir que quería añadir a su colección. —Usted está completamente loco —logré articular finalmente, las palabras saliendo en un torrente ahogado. —Estoy completamente obsesionado —me corrigió, una sonrisa de pura y oscura satisfacción extendiéndose por su rostro—. Con la idea de poseerla. De poseer su cuerpo, sí, pero sobre todo, de poseer esa magnífica y obstinada rebeldía suya. Será mi mayor adquisición hasta la fecha. El horror de su declaración fue un golpe físico, y mi instinto de supervivencia finalmente superó mi parálisis. Con un movimiento brusco, me aparté de su toque, el sonido de un par de mechones de mi cabello rompiéndose resonó en el silencio. Me las arreglé para poner el escritorio de obsidiana entre nosotros, una barrera inútil pero necesaria para mi propia cordura. —Aléjese de mí —ordené, mi voz temblando de rabia y miedo—. Esto es acoso. Es ilegal. Voy a… —¿Vas a hacer qué, Camila? —inquirió, su tono ahora ligero, divertido, mientras se apoyaba casualmente en el borde de su escritorio, observándome como si fuera un espécimen fascinante—. ¿Denunciarme? ¿A mí? ¿En mi propio edificio? ¿En mi propia ciudad? Te destruiría antes de que tu queja llegara al departamento de Recursos Humanos. Te haría parecer inestable, obsesionada. Arruinaría tu carrera, tu reputación, tu vida. Y lo disfrutaría. La verdad de sus palabras era tan absoluta, tan ineludible, que sentí que la bilis de la impotencia me subía por la garganta. Tenía razón. Estaba completamente a su merced. —Así que ahora, si me disculpa, tengo trabajo que hacer —anunció, desestimándome con un gesto de la mano como si nuestra conversación no hubiera sido más que una pequeña diversión en su tarde—. Puede retirarse. Me quedé allí por un momento más, mi cuerpo temblando, mi mente corriendo, tratando de encontrar una salida, una respuesta, un arma. Pero no había ninguna. Él tenía todo el poder. Con la poca dignidad que me quedaba, me di la vuelta y caminé hacia la puerta, cada paso se sentía como si estuviera vadeando a través de un lodo espeso. —Ah, y Camila —su voz me detuvo justo cuando mi mano alcanzaba el pomo—. Esta conversación nunca ha tenido lugar. Y si alguna vez decide mencionársela a alguien… digamos que mi método para asegurar la lealtad de mis activos es muy, muy persuasivo. Que tenga una buena tarde. La puerta se cerró detrás de mí con un suave clic, y me apoyé contra la pared del pasillo, tratando de recuperar el aliento, mi corazón martilleando tan fuerte que me dolía el pecho. La adrenalina se desvaneció, dejándome con un terror frío y residual que se instaló en lo más profundo de mis huesos. No había sido una simple conversación; había sido una declaración de intenciones, la primera jugada en una partida que yo no había pedido jugar. Me había mostrado al hombre detrás del CEO, y era un monstruo. Un monstruo que ahora, para mi absoluto y total horror, estaba completamente obsesionado conmigo. Y mientras caminaba hacia el ascensor, sentí su mirada en mi espalda, no desde la ventana de su oficina, sino desde un lugar mucho más profundo, como si hubiera plantado una parte de su oscuridad dentro de mí, una semilla de miedo que sabía que crecería y me consumiría por completo. La obsesión había comenzado, y una parte aterradora de mí sabía que no se detendría ante nada hasta conseguir lo que quería.
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