5. La Daga del Desprecio

1017 Palabras
Aelion Nightera, el Guardián autoexiliado, se fusionó con la arquitectura desordenada del callejón más recóndito de Oakhaven, donde las sombras eran perpetuas y el hedor del desecho era más fuerte. Su corazón latía con un ritmo frenético y completamente antinatural, un tamborileo que era a la vez doloroso y adictivo (nervios). La plaza estaba abarrotada; el murmullo de la multitud creaba un muro acústico de chismes y anticipación. Aelion observaba cada gesto con una intensidad microscópica, como si la realidad fuera un delicado cristal a punto de romperse. Vio a Seraphina Vane, destacándose en su humilde vestido como un punto de luz vulnerable. El pañuelo bordado, sostenido ante su pecho con manos ligeramente temblorosas, no era una simple ofrenda; era la materialización de su capital emocional y su única esperanza de trascendencia social. Aelion, con su mente analítica, desglosó su psicología: un intento desesperado por elevarse por encima de la miseria de Oakhaven. Sintió un celo primitivo y un desprecio filosófico por Sir Kaelan, que se aproximaba con su armadura de espejo pulido. Kaelan no era más que un símbolo vacío, un reflejo arrogante del ideal que Seraphina había proyectado sobre él. La rabia de Aelion era de naturaleza existencial, sentimiento que el nunca había sentido antes: un ser tan superficial, efímero e inconsciente tuviera acceso casual al fuego de la vitalidad que él, el eterno, necesitaba desesperadamente para su propia supervivencia espiritual. Seraphina dio un paso adelante, su voz quebrándose ligeramente, no por debilidad, sino por la magnitud de su entrega y vulnerabilidad: "Sir Kaelan, he bordado esto para ti. Por tu valor y la luz que traes a Oakhaven. Es la humilde ofrenda de mi corazón. Es el trabajo de mis manos, mi fe y mi esperanza inquebrantable en un futuro de nobleza y orden." Su declaración era un acto de sacrificio público que la dejaba completamente expuesta al juicio de su ídolo y de la sociedad. La respuesta de Kaelan fue un estudio magistral de la crueldad basada en la arrogancia de clase. Fue un veredicto de indiferencia social y emocional que hirió más profundamente que cualquier acto de odio. Kaelan ni siquiera desvió la mirada hacia el rostro de Seraphina; su atención estaba fija en la élite que lo rodeaba. La inercia social actuó como un arma: Seraphina era una plebeya, y su esfuerzo, irrelevante ante el status noble. Con un gesto de profunda condescendencia, Kaelan tomó el pañuelo con las puntas de sus guantes, como si la tela estuviera contaminada por el esfuerzo plebeyo y la suciedad de la calle. Su tono era cortante y vacío, una negación ontológica de la existencia misma de Seraphina: "Es... adecuado," musitó, sin dar valor al oro con el que estaba bordado. "Pero me temo que lo necesito más para limpiar el barro de mis botas que para mi cuello. El bordado es un trabajo tosco. La costura de una dama de la corte es mucho más fina. Aprecio la intención de la plebeya, pero la nobleza requiere hechos, no ofrendas sentimentales. Ahora, retírate. Tengo asuntos de hombres nobles y de estrategia que atender; no tengo tiempo para labores de costura." Como si el realmente fuera un noble y no un plebeyo que solo tuvo suerte de estar en el lugar y momento adecuados. Y luego, el golpe de gracia. Con un movimiento deliberado, Kaelan dejó caer el pañuelo de seda y oro en el lodo más espeso de la plaza, junto a la rueda de un carro de basura. El pañuelo, manchado de oro y barro, se convirtió en un símbolo visual y material de la profanación total de su esperanza. El gesto fue la aniquilación absoluta de todo el esfuerzo, la fe y la esperanza que Seraphina había invertido. El rostro de la joven se congeló en una máscara de comprensión dolorosa y humillación paralizante. La humillación fue total y pública. Las risas incómodas de la multitud, que rápidamente se transformaron en un murmullo de lástima condescendiente, resonaron como un coro cruel, sellando la herida social y declarando la insignificancia de su existencia. Ella había ofrecido su alma; le habían devuelto barro. Aelion, observando la escena, sintió que la furia se elevaba en su pecho, pero se mezclaba con un dolor tan intenso que le dobló la espalda. La sensación de injusticia lo consumía. Su impulso era aniquilar a Kaelan, reducirlo a cenizas, pero se contuvo. Kaelan era solo un peón, un síntoma. El verdadero enemigo era el sistema, la crueldad inherente que permitía que el esfuerzo y el significado fueran aplastados por la indiferencia y la arrogancia. Vio a Seraphina agacharse lentamente. Su espalda estaba peligrosamente recta, en un acto final de dignidad silenciosa que proclamaba que su espíritu no estaba roto, solo herido mortalmente. Recogió el pañuelo manchado, sus dedos aferrándose al tejido profanado. La humillación no la quebró, sino que la hizo más intensa, más real, más desesperadamente merecedora de la conservación. El pensamiento de Aelion se cristalizó en una conclusión brutal y lógica: el único camino para salvar la pureza de Seraphina de la corrupción de la mortalidad y el desprecio humano era sacarla del tiempo. Él tenía el poder de erradicar ese sufrimiento. No podía ofrecerle consuelo temporal. Tenía que ofrecerle la trascendencia. Tenía que ofrecerle la eternidad. Su decisión era un imperativo existencial: la única forma de purificar la Mancha, el sufrimiento de la brevedad y la humillación, era poseerla, aislarla del destino y hacerla inmortal. Aelion sintió una ola de poder frío recorriendo sus venas. Abandonó las sombras. Ya no era el Guardián de Silvantis; era un depredador que había roto su juramento por la necesidad de sentir, y estaba a punto de reclamar su premio, iniciando la Gran Herejía. Su aparición en la plaza, un espectro de luz fría en medio del lodo y el caos, sería un acto de guerra contra el orden social humano y élfico, un secuestro de la realidad para satisfacer su alma vacía, garantizando que el fuego que lo había despertado ardiera solo para él, para siempre, lejos de la crueldad de los efímeros. El momento de la reclamación había llegado.
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