Piratas

1592 Palabras
Acababan de zarpar y el mar comenzaba a agitarse. Iván paseó por la cubierta para asegurarse de que los trabajos se hacían bien. Detrás de la aldea que dejaban atrás, comenzaba a asomar el sol y a reflejarse sobre las olas. –¡Tensa ese cabo o nos hundiremos en cuanto el viento cambie de dirección! –gritó, y Rin obedeció la orden de inmediato. –¿Y? ¿No nos mostrarás nada? –preguntó el contramaestre, un hombre feo de mediana edad, con una expresión de desdén amargo–. ¿Te la guardarás solo para ti? Iván clavó en él una mirada que disolvió su expresión enseguida. –Cuida tu lengua, Ralf –dijo, con un susurro frío que tensó el aire en todo el barco e incluso pareció calmar el viento. Los demás miraron, incómodos–. Soy tu teniente, te guste o no. El contramaestre carraspeó y continuó con su trabajo. Los demás hicieron lo mismo y, durante un rato, mientras terminaban de preparar las velas para ese tipo de viento, nadie dijo nada más. Cuando la tensión comenzó a disiparse, porque todos estaban acostumbrados a que ellos dos se llevaran mal, el ambiente volvió a ser risueño. –Pero, señor… –dijo Fiogo, alzando las cejas mientras se apoyaba en el mástil para descansar–. ¿Es linda? –Eso, eso. ¿Es bonita? –¿En verdad tiene el cabello rojo? –Las pelirrojas traen mala suerte. En pocos segundos, la mitad de la tripulación se había amontonado alrededor del teniente. –Cualquier mujer trae mala suerte a bordo de un barco –dijo el contramaestre, escupiendo hacia el mar. Iván lo ignoró. Miró a sus hombres, uno por uno, y esbozó una sonrisa misteriosa. Alzó las cejas, sin decir nada, y se giró para irse. –¿No podemos verla? –preguntó Rin, todavía subido al mástil, con una sonrisa pícara y adolescente. –Nunca he visto a una princesa. –Ni yo. Los demás asintieron. Hicieron comentarios soeces, comenzaron a reírse. –¡Díganos al menos si es linda! –gritó Hezel antes de que él se alejara demasiado. Iván sonrió, se giró para mirarlos una vez más. –Lo es –dijo, ladeando la sonrisa burlona. Guiñó un ojo–. Se parece a tu madre. La tripulación rio y él volvió a girarse y se alejó de ellos. Le hubiera gustado quedarse. Quería permanecer entre las burlas y las risas, entre esos hombres que lo consideraban un hermano. Pero lo esperaba su lugar menos favorito del barco: la cabina del capitán. Golpeó y su padre emitió un gruñido como toda respuesta. Iván entró, miró la nuca del hombre que le daba la espalda y no dijo nada hasta que el capitán se giró hacia él. –¿La chica? –preguntó, con la voz disgustada de siempre. Aun si Iván hacía todo bien, aun si las cosas salían exactamente como habían deseado, su padre siempre hablaba como si hubiera algún problema y ese problema fuera su culpa. –Encerrada. El capitán asintió y, por un rato, no dijo nada. Pero la conversación no había terminado. Conocía a su padre. –Que esos brutos no se le acerquen –dijo, por fin, con un tono desdeñoso. Iván odiaba que hablara así de sus hombres, pero no lo contradijo. Cuanto más corta fuera la conversación, menos probabilidades había de que se pelearan–. No me importaría que la violen, pero son todos unos delincuentes borrachos y a alguno se le irá la mano. Tiene que llegar viva a Arren para que nos paguen lo que nos prometieron. Y para que no nos maten. Iván no respondió. Cuando se padre se giró a mirarlo, se limitó a agachar la cabeza en un gesto que parecía asentir pero en realidad se contenía. –Si eso es todo, y me disculpa… –Infórmame cualquier cosa que pase. Si hay que darle una lección para que obedezca… –Sí, señor –dijo, de mala gana, sin mirarlo. –Ve. Dale algo de comer para que se tranquilice. Iván no respondió. Contuvo un suspiro y se giró para salir de la cabina. Antes de que pudiera cerrar la puerta, no obstante, escuchó su voz otra vez. –Iván… –dijo, y cuando él miró a través del resquicio de la puerta se encontró de nuevo con su nuca–. Tú puedes hacer lo que quieras con ella. Solo no la lastimes. Mucho. Entornó los ojos y se mantuvo un rato en silencio, observando la nuca de su padre. Se preguntó cuánto se conocían. Cuánto sabía su padre de él y cuánto sabía él de su padre. ¿Había algo de padre-hijo en esa relación? ¿O eran un capitán y un teniente que ni siquiera se entendían? Sin una palabra, cerró la puerta y tuvo que contenerse para no dar un portazo. Apretando los dientes, fue a obedecer. Si la princesa debía llegar con vida al otro extremo del mar, entonces había que darle de comer. Bajó de mala gana a la bodega, tomó lo primero que encontró. Si estaba acostumbrada a comer alimento de princesa, habría que desacostumbrarla rápido. Se dirigió al camarote con dos tiras de carne salada, una galleta y una petaca de agua dulce. Sorteó los obstáculos, ágilmente, mientras el barco comenzaba a balancearse por las olas. Estaba acostumbrado. Aquel piso en movimiento había sido su hogar toda su vida. Había nacido siendo pirata. Moriría siéndolo. Se detuvo delante de la puerta, escuchó un instante antes de tomar la llave y abrir. No sabía qué esperaba escuchar, pero el silencio absoluto lo perturbó. ¿Dormía? No quería despertarla. Por él, podía dormir durante todo el viaje. Así no sería una molestia. Así, además…, no sufriría. Descartó los pensamientos con un chasquido desinteresado y encajó la llave en la cerradura. Abrió y, antes de que él entrara, la luz del sol disipó las penumbras. Ella estaba sentada sobre el colchón. Se pegó más a la pared, por instinto, y lo observó sin decir nada. No estaba sorprendida. Lo había escuchado llegar, probablemente. Lo miraba con más frialdad, pero aún con miedo. Como un animal en peligro que hace cálculos silenciosos para sobrevivir. No tenía la mirada de una princesa. Iván había imaginado a una niña caprichosa, gritona, un poco estúpida. Pero esa mujer no había gritado, no lloraba y tenía una mirada… La mirada de una persona que sabe cosas, que ha visto cosas, que ha sufrido. No eran los ojos de una niña encerrada en un castillo. Iván le sonrió. En parte porque quería intimidarla, pero en parte porque realmente quería sonreír. Le caía bien. Le gustaba la inteligencia en esos ojos. Entornó la puerta, se agachó para apoyar el plato de comida sobre el piso. Sintió sobre la piel la mirada que seguía sus movimientos. Todavía agachado, la observó. ¿No diría nada? ¿No le pediría que la dejara ir? –No es la comida que comen en el castillo –dijo, con una sonrisa ladeada–. Tampoco se le parece. Pero es lo que hay. Le respondió un silencio tenso y una mirada en estado de alerta. La joven se abrazaba las rodillas con suavidad, pero su cuerpo parecía preparado para echar a correr. Su vestido ya estaba sucio y su peinado se había desecho, dejando que los mechones rojos enmarcaran su cara. Iván ladeó el rostro, la estudió. –¿No preguntarás nada? –dijo, esbozando otra sonrisa, una más fría y suspicaz. La princesa lo taladró con los ojos. –Ya me has respondido lo más importante –dijo, tensa, como si luchara para que el miedo no hiciera temblar su voz. Iván recordó sus palabras, con una sonrisa. Recordó la luz de la luna entre los dos, las manos en su camisa y… Parpadeó para que la imagen no lo distrajera. Se concentró en lo que tenía frente a él. Una joven desalineada que escondía su miedo y abrazaba sus rodillas como si quisiera alejarlas de él. Las sábanas, a su alrededor, estaban desordenadas. El barco se balanceó, de pronto, y la princesa se sujetó instintivamente del colchón. Todo su miedo salió a la superficie por un instante y Iván creyó ver angustia en la profundidad de sus ojos. Pero ¿por qué no decía nada? –¿No quieres regresar con tu familia? –preguntó. Sus ojos lo desafiaron. A pesar del miedo, a pesar de la desventaja de poder. –No me dejarán –dijo, con una mirada que, por un segundo, despertó un cosquilleo culpable–. ¿Para qué preguntas? ¿Te parece divertido? Iván enfrío su mirada y dudó: podía aceptar que su curiosidad era cruel, o podía ofenderse por su tono y sus palabras. Algo en su mirada la asustó. Las manos se aferraron con más fuerza al vestido y la angustia brilló otro poco en sus pupilas. Pero no apartó la mirada de él. –Eres demasiado valiente, princesa –dijo, poniéndose en pie. Volvió a sonreír–. Me gusta. Pero ten cuidado, porque ya no estás en el castillo. La miró por última vez y la imagen quedaría grabada en su mente por el resto del día. El miedo tensando su expresión, el cabello rojo enmarcándola, los ojos clavados en él con temor pero también con curiosidad. Iván salió, cerró la puerta con llave. Esperó. Se preguntó si lloraría mientras nadie la escuchaba. Guardó la llave en su bolsillo y decidió que era mejor dejarla sola.
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