Ese hombre

2072 Palabras
Pero Liv no lloraba. Al principio porque el aturdimiento no se lo permitía. De un día para el otro, su situación había cambiado por completo y su vida estaba en peligro. Ya no era doncella sino prisionera en un barco de piratas que la confundían con la princesa y, cuando descubrieran la verdad, la matarían. El aturdimiento duró toda la noche y la mañana. Y, cuando se fue, lo reemplazó rápidamente una consciencia demasiado fría de la situación en la que estaba. Tenía que escapar de allí. Tenía que defenderse. Estudió el cuarto en el que estaba, por primera vez. Había entrado en él como dormida, como si todo fuera un sueño. Paseó los ojos por el suelo y las paredes de madera. El espacio era pequeño y asfixiante y no había mucho que mirar. Lo poco que había estaba difuminado por la escasez de luz. La cama ocupaba casi todo el espacio. Quedaban franjas estrechas de suelo entre el colchón y tres paredes. El techo era bajo y parecía camino a pudrirse. La puerta era lo único firme en la habitación. La lámpara… Había una lámpara rota, a un lado de la puerta, a la que le faltaban dos vidrios. Liv la miró durante un rato, con el corazón en la garganta, escuchando las voces de los marineros. Los pasos de los hombres resonaban en el barco fuera y encima de su camarote. Sus voces viajaban de proa a popa y entre ellas resonaban carcajadas. Todo eso la ponía nerviosa. ¿Y si se movía y alguien entraba a la habitación? ¿Si se acercaba a la puerta y se encontraba de frente con…? Liv se arrodilló sobre la cama y, lentamente, comenzó a gatear. Pero un estruendo la sobresaltó. Un trueno partió el aire, las voces y las risas y la obligó a detenerse en seco. Ahora no, por favor. Liv odiaba las tormentas. No, más que odiarlas…, les tenía pánico. Le recordaban aquella noche. Intentó concentrarse, pero su cuerpo estaba a la espera de un nuevo rayo. Sudaba. Tenía sed y no había dormido. De todos modos, concéntrate. Apretó los dientes, gateó hasta el final de la cama y colocó los pies descalzos en el piso. Se movía. El piso se tambaleaba. Contuvo las náuseas y dio un salto cuando un segundo trueno partió la calma en dos. Pero aun así se sujetó de la lámpara y observó los vidrios que aún estaban enteros. No podía retirarlos sin romper la lámpara. Cuando un tercer rayo la sobresaltó, aprovechó el estruendo para quebrar el vidrio con el codo. Los fragmentos cayeron y se desparramaron por el piso. Liv sujetó uno de los pedazos en punta y pateó los otros para ocultarlos debajo de la cama. Se cortó el pie, pero ignoró el dolor y volvió rápidamente a su sitio. Cubrió el pie herido con la falda, miró el trozo de vidrio que acababa de tomar. Era un arma perfecta para rebanarle la garganta a una persona. Tal vez, a dos. Pero ahí afuera debía haber decenas de piratas. Y ella jamás le había rebanado el cuello a nadie. Usarla era aceptar una probabilidad enorme de morir. ¿Y si no la usaba? ¿Cuántas posibilidades tenía de salir con vida de aquel lugar? Un nuevo trueno interrumpió sus pensamientos y la sobresaltó. Sudaba y, por un momento, creyó que lo que recorría su mano también era sudor. Cuando vio el color rojo de la sangre alrededor del vidrio roto, escondió ambas cosas debajo de las sábanas. El barco comenzaba a sacudirse a medida que la tormenta recrudecía. Liv no tenía idea de la hora. Pero no se sorprendió cuando escuchó los pasos ahogados por el tumulto general. Eran siempre los mismos pasos. La misma cadencia segura y firme, la misma agilidad para caminar normalmente sobre un piso que se movía. Intentó controlar el miedo, se mordió la lengua para ignorar los truenos que resonaban más allá del camarote. Fingió que el sonido de la llave no la estremecía. Que el picaporte no le ponía los pelos de punta. Que el vidrio, debajo de las sábanas, no le mordía la piel. La puerta se abrió y una lámpara se coló entre una sombra y ella e iluminó el cuarto. Las cosas se hicieron más visibles, Liv reconoció a la sombra cuando la linterna le iluminó el rostro. El mismo hombre de siempre la observó. Dejó la comida y la lámpara en el suelo, sin decir una palabra, y se incorporó lentamente. Liv temió que reparara en el vidrio faltante, pero él no apartó los ojos de ella. La observó durante tanto tiempo que la doncella llegó a desear que se fijara en cualquier otra cosa, así fuera el vidrio roto de la lámpara. La luz rojiza lo iluminaba de perfil y se reflejaba en sus ojos de una manera extraña. La tranquilidad con la que guardaba las manos en los bolsillos de su pantalón contrastaba con esos ojos. Con el destello de fuego frío en la mirada que no apartaba de ella. Liv sostuvo esa mirada, alerta. El miedo aumentaba a cada segundo y la colocaba en un estado de extrañeza. Se sintió preparada para cualquier cosa. Si tenía que usar el vidrio y escapar, tal vez fuera el momento. Tal vez… Pero solo atinó a retroceder cuando él se acercó a la cama. Pegó la espalda al muro, sostuvo con más fuerza el vidrio roto. El hombre rodeó el colchón, sin retirar las manos de los bolsillos, y se acercó al rincón en el que ella estaba acurrucada. Liv no tenía tiempo de moverse. No podía escapar si él decidía cerrarle el paso. Su corazón se desbocó mientras él se colocaba a su lado y se inclinaba. Lo vio quitar la mano del bolsillo, despacio. Lo vio extender esa mano hacia ella mientras se sentaba sobre el colchón, junto a sus piernas flexionadas. Antes de que esa mano hubiera atravesado el espacio entre los dos, se detuvo. Sus dedos extendidos flotaron en el aire, sus cejas se alzaron. El hombre bajó el rostro para mirar el arma que le amenazaba el corazón. Liv sostenía el vidrio con una mano ensangrentada y temblorosa. Si tenía que hundirlo, si tenía que matarlo, probablemente sus dedos resbalaran. Probablemente… Su miedo se duplicó cuando él volvió a mirarla. Había llamas en sus ojos. Había una sonrisa sutil. –¿Me vas a matar con eso? Liv no quería mirarlo a los ojos, porque su mirada le daba miedo. Pero no podía evitarlo. Había algo tan aterrador como atractivo en esas llamas oscuras. Algo peligroso. –Déjame salir –dijo, con voz temblorosa. El hombre dejó que la sonrisa leve alcanzara sus labios. Se inclinó hacia ella e ignoró el vidrio que lo amenazaba con más fuerza. Sus rostros estaban frente a frente. Tan cerca que Liv se sintió mareada. –No puedo dejarte ir –dijo, en un murmullo que se superpuso al sonido de las voces y la tormenta. Se sobresaltó cuando una mano suave envolvió la suya. Él la obligó a hundir un poco más el vidrio–. Así que esta es tu única oportunidad. Lo miró a los ojos, asustada, intentando discernir si hablaba en serio o se estaba burlando de ella. Liv fue consciente, demasiado consciente, del contacto del vidrio en su mano. Su única oportunidad. Hundirlo y… Pero no sabía cómo. No quería. Solo quería irse de allí. Contuvo el miedo, la impotencia y las lágrimas. –Por favor… La sonrisa comenzó a desaparecer de su mirada y la seriedad que la reemplazó le estremeció la piel. –Hazlo –dijo, aún sosteniendo su mano para que el vidrio no temblara–. Pero solo tienes un intento. Si el vidrio no alcanza a atravesarme el corazón, será mi turno. Un trueno desgarró el aire y Liv se encogió. Se mordió la lengua para no llorar, luchó por mantener la compostura. Todo su brazo temblaba. La mano que él sostenía, también. Lo miró a los ojos, a través de las lágrimas que estaba conteniendo. –Al menos… aléjate de mí –suplicó. Algo en los ojos que la miraban cambió. Lo que la asustaba, poco a poco, pareció disolverse. La mano que sujetaba la suya disminuyó la presión y abrió con suavidad sus dedos. La joven sintió un escalofrío caliente mientras lo observaba. –Dámelo. La suavidad de su tono la desconcertó. Dejó que sus dedos se abrieran y soltaran el vidrio, casi sin darse cuenta. Lo cedió sin pensar la posibilidad de que la asesinara. Pero el hombre guardó el vidrio ensangrentado en su bolsillo y, para su sorpresa, desgarró un trozo de tela de su camisa. Volvió a sostener su mano, le abrió los dedos con suavidad, casi en una caricia, y vendó las líneas rojas que había marcado la sangre. Liv lo observó, paralizada, mientras sentía el roce de la tela. Y de sus dedos. –No pensaba lastimarte –dijo, con otra sonrisa imperceptible. Cuando terminó de vendar su mano, la dejó sobre el colchón y tocó su frente. Liv se encontró con el brillo de sus ojos demasiado cerca–. No tienes fiebre. –¿Qué? –preguntó. –Estás sudando mucho –dijo, retirando la mano y acercándola a su mejilla–. Pensé que… Pero antes de que pudiera terminar de hablar, o tocarla, la luz de un relámpago entró por la puerta, los iluminó a los dos y luego envió un estruendo que hizo vibrar el barco. Liv alcanzó a verlo mejor, captó incluso el color de sus ojos (verdes) y la oscuridad de su cabello. Y luego se encogió, sobresaltada por el trueno. –¿Me tienes miedo a mí? –preguntó, con una media sonrisa–. ¿O a la tormenta? La joven volvió a observarlo, mientras luchaba por calmar la respiración y los latidos. No pudo distinguir, por un instante, a qué le tenía miedo. En sus ojos también parecía haber tormentas. No dijo nada. No se movió. No hizo más que mirarlo. El hombre volvió a sonreír, bajó los ojos hacia su mano vendada. –Te dije que, mientras no hicieras tonterías, te dejaría vivir. No quiero lastimarte. Ni quiero que me tengas miedo. Pero si vuelves a hacer algo como esto… –dijo, y rozó su mano. La rodeó suavemente, la sujetó entre los dedos. La calidez de su piel se convirtió en una corriente que la estremeció. Él no la miraba–… entonces tendrás motivos para estar asustada. Alzó los ojos y, finalmente, la observó. No había maldad en ellos, solo una advertencia fría. Y muy seria. Pero ¿por qué Liv no podía concentrarse en esa frialdad? ¿Por qué seguía sintiendo que la calidez de su mano la aturdía? –¿Cómo…? ¿Cómo te llamas? –preguntó. Lo sorprendió y se sorprendió a sí misma. Él la miró y, por un momento, no dijo nada. Parecía desconcentrado, como si pensara en otra cosa. Como si buscara o leyera algo en sus ojos a pesar de la penumbra rojiza de la habitación. Lentamente, la sonrisa volvió a ocupar su rostro. Movió su mano, probablemente sin querer, y Liv sintió un escalofrío extraño en todo el cuerpo. –Iván –dijo. –Yo… –Lo sé –dijo él y soltó su mano lentamente–. ¿Hay alguien que no conozca el nombre de la princesa? Liv observó su sonrisa, paralizada, mientras la recorría un frío similar al miedo. Había estado a punto de decir su nombre. Su verdadero nombre. Iván se incorporó y retrocedió hasta la puerta, con las manos otra vez en los bolsillos. Se detuvo en el marco y la observó. Otra vez esa mirada intensa, extraña, acompañada de un silencio demasiado largo. –Nos vemos mañana, princesa –dijo, con un hilo de voz. Dio un paso hacia la linterna, se inclinó para tomarla. Otro relámpago iluminó el camarote y lo detuvo. Se giró para mirarla mientras Liv se tapaba los oídos y esperaba el trueno. El trueno resonó, efectivamente, entre ambos. Liv se encogió y luchó porque su miedo no se viera. Iván se irguió despacio, sin dejar de mirar hacia ella. Dudó. Después de unos segundos, salió del cuarto y cerró la puerta. La joven oyó el sonido de la llave, pero no le prestó atención. Había dejado dentro la linterna.
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