Vínculo

984 Palabras
La mayoría de los padres, cuando golpeaban a sus hijos, les daban bofetadas. Iván no entendía por qué, pero siempre los veía dar golpes con la mano abierta. Parecía una violencia más amable. Tal vez dolieran igual, pero él envidiaba a esos niños. Desde que tenía memoria, su padre siempre lo había golpeado con el puño. Escupió la sangre a un lado y esbozó una sonrisa roja. Lamió la comisura lastimada de sus labios y miró a su capitán. Cuando se enfadaba, su boca comenzaba a temblar y su rostro arrugado enrojecía. Lo miraba como si todo el desprecio del mundo cupiera en sus ojos. Iván estaba acostumbrado. Se tocó la herida del labio, sin dejar de sonreír. –¿No estamos grandes para estas cosas? –preguntó, con una mirada vacía. –¿Me estás respondiendo? –dijo, con el puño tembloroso de rabia–. En este barco… –No solo eres mi padre, sino también mi capitán –completó, con un tono irónico que lo enfureció. Retrocedió un paso, sonriendo, antes de que pudiera golpearlo otra vez. La cabina del capitán estaba silenciosa y vacía, pero desde afuera llegaban las voces de los marineros y el sonido de las olas rompiendo contra el barco. –No volveré a navegar contigo –dijo, conteniendo la rabia–. Cuando lleguemos, te bajarás de mi barco y no nos volveremos a ver. Intentó recordar cuántas veces había escuchado eso de su padre. Si nunca cumplía la promesa no era porque lo quisiera demasiado, sino porque lo necesitaba más de lo que lo odiaba. Su sonrisa, despacio, se mezcló con una mueca de disgusto. –¿Por qué te enfadas tanto, todo el tiempo? Si no quieres que nos detengamos en la próxima ciudad, corregiré la ruta. –Eres un maleducado, odioso… No tendría que haberme acostado con una prostituta. La sonrisa se diluyó en la mueca y los ojos verdes se llenaron de desprecio. ¿Ese hombre realmente era su padre? Iván tenía la impresión, a veces, de que ni siquiera pertenecían a la misma r**a. De que eran de especies distintas. Tal vez, incluso, de mundos diferentes. –No creo que tuvieras muchas opciones –dijo, en un susurro desdeñoso que, a pesar del volumen, alcanzó los oídos de su padre. Antes de que la pelea estallara y el puño de su padre volviera a golpearlo, se giró y salió de la cabina. Cerró con un portazo, atravesó la cubierta mientras los demás hombres fingían no mirarlo. Nadie dijo nada sobre su herida, ni sobre los gritos que ya se habían convertido en una costumbre. Ralf fue el único que, deliberadamente, se giró hacia él. Lo observó con suficiencia, con la satisfacción de un hombre que espera la muerte de otro para ascender. Iván le sonrió. Pasó entre ellos y bajó la escalera. Caminó despacio para que sus ojos se adaptaran a la penumbra. Tenía que buscar los mapas, cambiar el rumbo, dar órdenes que nadie querría cumplir. No tenía ganas de hacer eso. No tenía ganas de hacer absolutamente nada. Sus pasos se volvieron más y más lento mientras su cuerpo se volvía más y más pesado. Estaba acostumbrado a los golpes, a los gritos, a no entenderse con la única familia que tenía en el mundo. No sentía nada cuando su padre lo miraba con desprecio. Pero, a veces, su cuerpo se volvía pesado. Su mente parecía nublarse. La respiración se volvía tan difícil como si los pulmones estuvieran cagando plomo. Se pasó una mano por el rostro, frotó su frente y se despeinó el cabello. Decidió olvidarlo todo y seguir. Pero antes de que pudiera forzar sus piernas, la escuchó. Sintió apenas un sonido vago, al principio, que podría haber pasado desapercibido. Pero lo escuchó. Probablemente porque a aquella voz parecía pesarle el cuerpo tanto como a él. Porque era un sonido que estaba en sintonía con el día nublado y el aire denso. Ralentizó sus pasos hasta detenerse en la puerta de su camarote. Era la voz de la princesa. ¿Cantaba? El sonido llegaba hasta él como un murmullo. Como una cascada triste. Se acercó a la madera, apoyó el hombro, despacio, para no hacer ruido. La voz se hizo más audible y la melodía murmurada se volvió una canción. Cantaba. Iván escuchó durante un rato. Apoyó la sien en la puerta, dejó de pensar e imaginó que toda la pesadez de su cuerpo se diluía en esa voz. Fue una sensación extraña. Como una conexión. No la conocía, no tenía ningún interés en ella; pero, en ese momento, parecían sentir lo mismo. ¿Cómo podían sentir lo mismo una princesa y un pirata, una prisionera y su secuestrador? Pero la melodía estaba tan llena de plomo como la que él sentía cosquillear en sus venas. Había una tristeza en esa canción que él acababa de encontrar entre sus propios sentimientos. No le gustaba la tristeza. Se sentía débil cuando la miraba de frente y la dejaba entrar. Prefería luchar y sonreír, prefería el sarcasmo, ir a buscar los mapas, cambiar el rumbo y soportar a su padre. Prefería mantenerse en movimiento. Pero esa canción lo retuvo hasta que la princesa se cansó de cantar. No pudo moverse, no pudo dejar de sentir su voz en la piel. Debería haberse ido. Porque cuando la melodía terminó, hubo un instante de silencio. Y luego sollozos ahogados. La conexión entre los dos estaba tendida y Iván no alcanzó a desprenderse de ella a tiempo. Cuando la escuchó llorar, sintió que una mano le oprimía el pecho. El sonido de sus lágrimas lo ahogó. Los sollozos lo empaparon de la cabeza a los pies y se apartó de la puerta para no escuchar, pero ya era demasiado tarde. Retrocedió, se alejó por el pasillo oscuro, sacudió la cabeza para quitarse de encima el eco de su llanto. Pero no pudo.
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