La apuesta

1608 Palabras
Liv había empezado a contar las manchas del techo. Ya no sabía qué hacer. Había llorado, por fin, hasta cansarse. Había pensado en su infancia, en su vida, y había intentado pensar en su futuro. Había imaginado todas las formas en las que podía morir. Pero incluso eso había comenzado a aburrirla. Estaba sola durante todo el día, en un cuarto pequeño y asfixiante. Lo único que hacía era comer. Aquel hombre extraño no había vuelto. Un muchacho le llevaba la comida, la dejaba sobre el suelo y huía como si estuviera asustado. No le hablaba. Liv ya no podía recordar qué día era y cuánto tiempo llevaba sin hablar con nadie. Hasta que, un día, el hombre volvió. Liv ya había almorzado (o tal vez cenado, porque no tenía noción del tiempo), por eso se sobresaltó cuando escuchó la llave encajando en la cerradura. Retrocedió hasta que su espalda rozó la pared y esperó a que la puerta se abriera. Era él. Sintió miedo, pero también una excitación extraña. Había estado tanto tiempo en silencio que la posibilidad de hablar con alguien, aun si estaba allí para matarla, le resultaba emocionante. Cerró la puerta, le sonrió. La luz hizo de la sonrisa una sombra. –No tengo mucho tiempo –dijo, avanzando hacia el colchón–. ¿Quieres hacer una apuesta, princesa? Liv alzó los ojos mientras él se sentaba en la cama, frente a ella, y comenzaba a mezclar los naipes. –¿Una apuesta? –preguntó, desorientada, mirando la baraja con extrañeza–. ¿De qué hablas? Iván la miró a los ojos, ladeó su sonrisa. –Juguemos tres rondas. Si ganas, te dejaré subir un rato a cubierta. Liv sintió un cosquilleo de ansiedad en el pecho. Necesitaba ver el sol, necesitaba salir de aquel cuarto en el que ya no podía respirar. –¿Y si ganas tú? –preguntó, con la mirada encendida. Él la observó, sin dejar de sonreír, y por un momento no respondió. ¿Qué podía querer de ella? Liv no tenía nada. Y aunque lo tuviera, nada impedía que él lo tomara por la fuerza sin necesidad de pedir permiso. Estaba encerrada, no tenía a dónde ir, no tenía fuerza. Miró los músculos que asomaban detrás de la camisa y, inconscientemente, se encogió. –Si yo gano… –dijo–, me cobraré la apuesta más adelante. Liv lo miró con desconfianza, mientras el sonido de los naipes mezclándose se confundía con los latidos de su corazón. ¿Qué estaba buscando? ¿Por qué meterse en el camarote de su prisionera para jugar cartas? –¿No quieres? –preguntó, alzando las cejas, mientras dejaba de barajar. Alejó las manos, dispuesto a guardar el mazo en su bolsillo; Liv se inclinó hacia delante sin pensar y sujetó su muñeca. Iván se detuvo. La observó, con el fantasma de una sonrisa asomándose a sus ojos. –Quiero –dijo, rehuyendo su mirada. Retiró la mano, despacio. –¿A qué sabes jugar, princesa? –preguntó, colocando el mazo entre los dos–. ¿Las princesas juegan a las cartas? No, las princesas no juegan a las cartas. Pero Liv había crecido entre soldados y marineros. Liv no era una princesa. –Al ahogado –dijo, mientras se adueñaba del mazo y repartía. Iván inclinó el rostro y la observó. No hizo preguntas. Tomó las cinco cartas que le correspondían y comenzaron a jugar. Liv se concentró todo lo que pudo, pero él no dejó de observarla ni siquiera un instante. Como si la apuesta, en realidad, no le importara. –¿Qué te pasó en el rostro? –preguntó ella, con un susurro, mientras levantaba naipes del mazo. Miró de reojo la línea cicatrizada en sus labios. Él sacó la lengua y, en un instinto, rozó su propia herida. –Me caí. Liv dejó escapar una sonrisa irónica y la escondió enseguida, mientras analizaba las cartas de su mano. –¿Por qué te ríes? –preguntó. Liv dejó una carta sobre el colchón y levantó otra del mazo. –Mi… –Mi madre solía decir lo mismo. Liv se mordió la lengua a tiempo y cambió las palabras–. La mujer que nos cuidaba solía decir lo mismo. Un día desapareció. La mató su esposo. Era su turno, pero Iván permaneció quieto mientras la observaba. Lentamente, reanudó el juego. Liv aprovechó para mirar su herida de reojo. Sintió la necesidad extraña de tocarla. Miró sus labios y se estremeció. Bajó el rostro hacia las cartas, con las mejillas rojas. –La vida no es tan fácil como se ve desde la torre de un castillo –murmuró con frialdad. –Lo sé. Aunque no creo que hayas estado en la torre de un castillo. Él alzó los ojos hacia ella, con una sonrisa. –He estado en otro tipo de torres. –¿Prisiones? –preguntó, colocando una carta sobre el colchón. Estaba ganando. Iván asintió, dejando caer su última carta. Liv lo imitó. –Ganaste la primera ronda –dijo él, recogiendo los naipes para volver a mezclar. –Si gano otra vez… –No lo harás –interrumpió, con media sonrisa–. No puedo dejar que subas. –Pero lo prometiste. –Prometí podrías subir si ganabas. Nunca prometí que dejaría que ganes. Liv frunció el ceño, irritada por su seguridad. Eres una princesa, se dijo, se supone que eres una princesa. Compórtate. Se mordió el labio inferior, bajó los ojos y se prometió que ganaría. Había jugado más veces de las que él podía imaginar. –Date prisa y reparte. Iván rio y continuó mezclando. –Debes estar acostumbrada a dar órdenes –dijo, con los ojos clavados en las cartas–. Pero no tienes autoridad en este barco, princesa. El que da las órdenes soy yo. –¿Puedes darte prisa y repartir, por favor? –dijo, entre dientes, forzándolo a sonreír una vez más. –Si me lo pides así… Iván repartió los naipes y, esta vez, jugaron en silencio. Liv se concentró tanto que no apartó los ojos de las cartas, pero él no dejó de observarla con una sonrisa. Como si estudiara sus expresiones, como si se divirtiera. La joven comprendió que realmente perdería un poco antes de que la partida terminara. Alzó los ojos, por fin, y lo miró sorprendida. Iván ensanchó su sonrisa y ladeó el rostro, con una mirada ladina. –Hiciste trampa. –¿No sabes perder? –preguntó, con una expresión tan atractiva que la desorientaba–. ¿Cómo puedo haber hecho trampa? –Muéstrame las mangas de tu camisa –dijo, frunciendo el ceño. Se inclinó hacia él y buscó sus manos, pero Iván las apartó. Intentó asirlas, molesta, y él sujetó sus muñecas para inmovilizarla. Liv intentó liberarse y solo consiguió que la atrajera hacia su cuerpo. Se detuvo en seco cuando vio sus ojos, demasiado cerca, demasiado fríos. Las manos que aferraban sus muñecas eran como grilletes. Estaban demasiado calientes, eran demasiado grandes. Podían partir todos sus huesos con solo apretar un poco más. Intentó soltarse una vez más, intentó retroceder, pero fue como luchar con hierro. Lo miró, asustada, la respiración ligeramente acelerada por el susto. –Lo siento –dijo, intentando leer esos ojos verdes que la miraban desde el fondo de alguna oscuridad. Iván alzó las cejas y, lentamente, soltó sus brazos. Pero no dejó de mirarla con una intensidad que la estremecía. Liv intentó retroceder y, en ese momento, el barco se inclinó y la hizo perder el equilibrio. Se aferró instintivamente a la camisa del pirata. Ella cayó hacia atrás y lo desestabilizó; cayeron los dos y el colchón se hundió bajo el peso repentino. Soltó un gemido ahogado cuando el cuerpo del hombre la aplastó. Abrió los ojos, no muy segura de en qué momento los había cerrado, y se dio cuenta de que continuaba sujetando su camisa. Soltó la tela, expandió los dedos en su pecho y lo empujó con suavidad. Iván colocó las manos alrededor de su cabeza y se apartó unos centímetros de su cuerpo, con un gruñido. Liv miró con incomodidad los brazos que la encerraban. Los músculos marcados por la fuerza, la piel bronceada. –No creo haberte dado razones para tenerme miedo, princesa –susurró, recorriendo su rostro con ojos que la estremecieron–. No me mires así. Liv deseó hundirse un poco más en el colchón y desaparecer. Quería pedirle que se incorporara, pero el barco continuaba sacudiéndose y, además, las palabras no salían. Estaba demasiado cerca. Sentía su aliento, demasiado caliente, en la piel. Comenzó a temer que escuchara los latidos de su corazón. El barco se sacudió una vez más e Iván dobló los brazos para no caerse. Sus narices se rozaron. Liv volvió a sentir el peso de su cuerpo y esta vez dejó de respirar por un motivo distinto. Él debió sentir la tensión de sus músculos, porque se separó unos centímetros de ella. Pero dejó que sus narices continuaran rozándose por un momento. ¿Su respiración también estaba acelerada? ¿O era su imaginación? Estaba caliente. Su respiración. Su cuerpo. El aire que los rodeaba. Liv apretó los labios, asustada. –No te haré daño, princesa –dijo, en un susurro que la estremeció–. No haré… nada… que no quieras. Comenzó a incorporarse, pero se detuvo cuando se encontraron sus ojos. La mirada de Liv pareció sorprenderlo. Pero más aún la mano que se extendió hacia él y, con suavidad, rozó la herida que marcaba el extremo derecho de su boca.
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