Liv no podía dejar de mirar el moretón rojizo en su mejilla. Mientras él estudiaba las cartas de su mano y pensaba el movimiento siguiente, los sentados sobre el colchón con una comodidad que se estaba convirtiendo en costumbre, sus ojos volvían una y otra vez al golpe marcado en su rostro. Había visto a mucha gente golpeada en su vida. Había visto moretones más grandes, heridas peores. ¿Por qué las marcas en su rostro le recordaban a su madre? Había algo más profundo detrás de sus heridas. Algo roto. –¿No te concentrarás? –preguntó, y solo entonces Liv se dio cuenta de que los ojos verdes la observaban. Bajó la mirada, observó las cartas sobre el colchón. Estaba distraída y se había resignado a perder; ya no jugaba para salir a cubierta sino porque no había otra cosa para hacer entre

