Desplegó la camisa, mientras sus mejillas se tornaban ligeramente de un color rosáceo. Los ojos subieron hacia él, cohibidos. –¿No tienes algo más pequeño? –preguntó, volviendo a mirar la ropa. Iván se cruzó de brazos y contuvo una sonrisa mientras imaginaba involuntariamente cómo se vería con esa ropa. Se encogió de hombros. –La camisa y las calzas son de Rin. El muchacho que te trae la comida. Es lo más pequeño que hay en este barco, princesa –dijo, observándola con el rostro ladeado, y añadió con ironía–: ¿Quieres probarte mi ropa? La joven apretó los labios, volvió a mirar la camisa y se resignó. Lo miró con una expresión distinta. Antes de que abriera la boca, Iván se giró hacia la puerta y cerró los ojos. La incomodidad que flotó en el aire, sin embargo, lo hizo abrirlos. –

