Liv reconoció sus pasos. Había aprendido a escuchar, porque, encerrada en la pequeña habitación, no podía hacer otra cosa. Y los pasos de todos los marineros sonaban distintos. Los suyos avanzaban con firmeza como si las tablas del barco fueran de su propiedad.
Se acomodó sobre el colchón, expectante, mientras los pasos se detenían. No había esperado que regresara. Habían jugado la última mano en silencio, Liv había perdido y él había salido del cuarto sin una palabra. No había querido que regresara, al principio. Pero después de tres días de soledad y silencio, el sonido de la llave hizo que la sangre corriera más rápido y más caliente.
Iván entró en el camarote, sin mirarla, y cerró la puerta. La lámpara, desde el piso, los iluminó a los dos con un tinte rojo.
–¿Qué haces aquí? –preguntó, incapaz de contener la voz después de días en silencio.
Él se detuvo, alzó las cartas y la observó. Alzó las cejas.
–¿No quieres? –preguntó. Amagó a dar un paso hacia la puerta, desinteresado.
–¿Si gano, me dejarás salir?
La observó, ladeó una sonrisa que la tomó por sorpresa. No parecía enfadado.
–No ganarás.
Se sentó sobre el colchón, si decir nada más, y mezcló las cartas. Liv siguió el movimiento con los ojos, al principio, y luego lo miró discretamente. Un mechón corto y oscuro caía sobre su frente, su camisa estaba manchada con salpicaduras de mar. Sus ojos estaban perdidos en alguna parte.
¿Por qué había regresado? ¿Por qué jugaba con ella, por qué no pedía después de ganar? La joven observó la herida que cicatrizaba. Había muchas formas en que un pirata podía lastimarse. ¿Por qué, entonces, tenía la sensación de que había algo doloroso emanando de ese golpe?
Iván comenzó a repartir.
–¿Hace cuanto que te dedicas a esto? –preguntó, con una timidez que luchaba contra la necesidad ansiosa de conversar con él antes de que se les terminara el tiempo.
–¿Vamos a hablar? –preguntó, sin dejar de mirar las cartas. Alzó las cejas–. Es más probable que todo salga bien si jugamos en silencio.
–Siento haber sido grosera –dijo con sinceridad mientras jugaba sus cartas. Levantó los ojos hacia él–. Pero tú también lo fuiste.
Iván la observó, inexpresivo.
–¿Estás buscando pelea?
Liv negó y volvió a mirar sus cartas, mientras se encogía de hombros.
–Estoy disculpándome –dijo–. Y señalando que tú también me debes una disculpa.
Iván volvió a esbozar una sonrisa ladeada, más fría, casi una mueca.
–No voy a disculparme por decir lo que pienso. Tú tampoco deberías –dijo, levantando un naipe del mazo.
Liv abrió la boca para replicar, pero comprendió a tiempo que esa conversación acabaría otra vez en una pelea. Y sintió un miedo extraño que la sorprendió. Miedo de que él se enfadara y no volviera.
Terminaron la mano en silencio y ganó ella. Él reunió las cartas para volver a mezclar, Liv extendió una mano. La miró, inexpresivo.
–Me toca a mí.
–¿Todavía crees que hago trampa? –preguntó, con una sonrisa en los ojos que por momentos parecían brillar y, por momentos, ensombrecerse.
Liv negó con la cabeza.
–Lamento haber dicho eso –dijo, y se encogió de hombros–. Es mi turno de mezclar. Eso es todo.
Iván se inclinó para mirarla a los ojos, como si buscara alguna señal de que la joven estaba mintiendo. Pero no estaba mintiendo; Liv odiaba las mentiras. Sus padres… El pensamiento lúgubre se escapó de su mente cuando el peso de las cartas se apoyó en su mano.
–Te dije que no te disculpes.
Liv sintió el roce de sus dedos antes de que él volviera a erguirse. Bajó los ojos, escondiendo un brillo que ni siquiera ella comprendía, y mezcló. Perdida en otros pensamientos, mezcló con la agilidad de la costumbre. Mezcló demasiado bien. Comprendió su error cuando alzó los ojos y se encontró con una mirada que intentaba comprenderla.
–¿Dónde has aprendido a jugar a las cartas? –preguntó él. Liv se mordió la lengua, mientras un cosquilleo de ansiedad tensaba sus músculos.
–Yo te hice una pregunta primero –dijo, comenzando a repartir y pensando en una excusa.
Iván se encogió de hombros y pareció perder el interés. ¿No le gustaba hablar sobre sí mismo?
–Nací en el mar –dijo, en un murmullo desganado–. Lo conozco mejor de lo que conozco la tierra.
–¿Y siempre has sido…?
Él levantó los ojos por encima de las cartas y la observó con una sonrisa.
–¿Un pirata? –completó la oración por ella. Liv asintió–. Sí, mi padre me llevó con él desde que tengo memoria.
–¿Y tu madre?
Iván se encogió de hombros y siguió jugando con desinterés. Por un momento, Liv creyó que no respondería. ¿Se sentía incómodo? Sus movimientos eran naturales, su expresión no decía nada y, sin embargo, la joven tenía la sensación de que había algo pesado en el aire que los rodeaba.
–No la conocí –dijo, terminando la mano con una carta ganadora. Alzó los ojos hacia ella, con las cejas enarcadas–. ¿Por qué tantas preguntas?
Liv abrió la boca y la verdad trastabilló con una excusa falsa. Por un instante, avergonzada, no pudo decir ninguna de las dos. Bajó los ojos y juntó los naipes para entregárselos a él.
–¿Sabes lo que se siente estar encerrada sin poder hablar con nadie? –masculló, en voz baja, evitando sus ojos. Pero la respuesta tiró de su mirada hacia él.
–Lo sé mejor que tú, princesa –murmuró, tomando las cartas y mezclando–. He pasado meses en este cuarto.
–¿Meses…? –dijo, mirándolo con ojos aturdidos–. ¿Por qué…?
–¿Debería hacer preguntas yo también? –preguntó, imponiendo una voz más alta para interrumpir la suya–. Aunque no sé qué preguntarle a una princesa.
Liv sintió algo parecido a la culpa. Preguntara lo que preguntara, ella no podía decirle la verdad. No podía decir que entendía lo que era una vida complicada, no podía decirle que sabía sobre sangre, sobre golpes y heridas quizás más de lo que sabía él. No podía decirle que lo comprendía.
–Juguemos en silencio –dijo, conteniendo un suspiro. Iván la miró mientras repartía. Esbozó una sonrisa ladeada, tomó sus naipes y los observó.
–No me parece justo –dijo–. ¿Te gusta tu vida en el castillo, princesa?
Liv podía responder a eso. Era su turno de tirar pero se mantuvo inmóvil, pensativa. Si comparaba su vida en el castillo con el infierno que había vivido antes… Pero ¿le gustaba? ¿Servir a la princesa, sacrificar su vida por otras personas, era lo que quería hacer?
–No la odio –dijo, encogiéndose de hombros, en algo que no era del todo una respuesta.
–¿Qué es lo que más te gusta de vivir en un castillo? –preguntó, concentrado en las cartas de su mano. Liv intentó pensar en ambas cosas al mismo tiempo y sus ideas se difuminaron. Hizo un movimiento que, comprendió enseguida, le costaría el juego. Apretó los dientes.
–Una persona –respondió, sin pensar, mirando cómo él arrojaba su carta y aprovechaba el error.
Sonrió, sin mirarla.
–¿Un hombre? –preguntó, ordenando los naipes.
Su sonrisa era extraña. ¿Tensa? Liv descartó el pensamiento e intentó concentrarse en jugar.
–No –respondió, tomando una carta del mazo–. No es un…
Las palabras murieron en su boca cuando él arrojó una carta y, así de rápido, terminó la partida. La miró, satisfecho, mientras ella se mordía la lengua y se resignaba. Dejó los naipes sobre el colchón, se abrazó las rodillas.
Algo en su rostro pareció hacerlo vacilar. Iván dejó de sonreír e inclinó el rostro para observarla. Buscó sus ojos. Abrió la boca y la cerró, tenso, como si no supiera qué decir. Finalmente, no dijo nada. Se incorporó despacio, retrocedió hasta la puerta.
Liv no pudo evitar la pregunta.
–¿Volverás? –dijo, mirándolo con demasiada sinceridad en los ojos.
La observó, sorprendido, y por unos segundos no dijo nada. Su primer instinto fue encogerse de hombros, con incomodidad, pero algo en el rostro de ella lo impulsó a asentir. Se giró, puso una mano en el picaporte. Se quedó quieto, mientras un silencio extraño los envolvía.
Despacio, se giró.
–¿Hay algo que necesites? –dijo, mirándola con el rostro ladeado. Guardó sus manos en los bolsillos, miró la habitación, rehuyó sus ojos sorprendidos–. Ten en cuenta que estamos en medio del mar. Pero si hay algo que pueda… No sé qué necesita una princesa, pero…
Sus palabras la asustaron. No, no fueron sus palabras. La reacción de su cuerpo la asustó. El corazón acelerado, el cosquilleo en la sangre, el dolor extraño y dulce en la mitad del pecho. Fue incapaz de responder hasta que él clavó sus ojos verdes en ella.
Entonces apartó la mirada, parpadeó y el sentimiento incómodo comenzó a desaparecer. ¿Qué había sido eso? Se estremeció, se forzó a olvidarlo y volvió sus ojos hacia él. Había algo que quería.
–Ropa –respondió.
Iván ladeó el rostro, alzó las cejas y la observó con ironía.
–¿Te parece que el barco es un mercado de vestidos?
La joven resopló y negó con la cabeza. No soportaba más el peso de las telas sucias sobre el cuerpo. No estaba acostumbrada a usar ropa de princesa.
–No necesito un vestido –dijo, apretando los labios con timidez. Observó su camisa, su pantalón y sus zapatos–. ¿No tienes… una muda de ropa que te sobre?