CAPÍTULO VEINTICINCO Lucio estaba de todo menos contento por marchar del Stade y volver al castillo. Estaba deseoso por ver la desaparición final de los esclavos. Sin embargo, parecía ser que no tenía elección. “¿Estás seguro de que esto no podría haber esperado?” exigió Lucio a uno de los hombres. Este llevaba la armadura de filo dorado de la guarda real, no la común de los guardias, roja y plateada. “El rey dijo ‘de inmediato’, su alteza”, dijo el hombre, con una monotonía que a Lucio le parecía de piedra o de teca. “¿Y dijo de qué se trataba?”, exigió Lucio, mientras continuaba yendo a toda prisa hacia el castillo. A su lado, el silencio era palpable. El guarda real no hizo mucho por dignificar aquella petición con una respuesta. Si Lucio lo hubiera podido hacer, hubiera hecho que

