Hariella, con una sonrisa sugestiva, comenzó a desabrocharse el traje de baño, dejando que el material oscuro cayera al suelo. Hermes la imitó, y pronto, ambos estuvieron frente a frente, completamente desnudos, expuestos en todos los sentidos. La vulnerabilidad del momento no los hacía sentir inseguros; al contrario, los unía aún más, como si no hubiera absolutamente nada que esconder entre ellos.
En la ducha, el agua tibia podría lavar no solo el cloro de sus cuerpos, sino también cualquier rastro de las antiguas cicatrices que alguna vez los separaron. Al encender la regadera, un torrente suave comenzó a caer sobre ellos, envolviéndolos en una burbuja de vapor y calor.
Hermes deslizó sus manos por la espalda de Hariella, sintiendo la suavidad de su piel, su tacto esbelto que, a pesar del paso del tiempo y los cambios que la maternidad había traído, seguía siendo la encarnación de la belleza etérea.
Hariella cerró los ojos por un momento, disfrutando de la sensación del agua caliente que caía sobre su cabeza, mezclándose con las caricias de Hermes. No era solo el acto físico lo que los unía en ese instante; era el reconocimiento de todo lo que habían pasado, de cada obstáculo que habían superado para llegar a ese instante de felicidad absoluta. Se amaban, estaban casados, tenían hijos y eran ricos. Eran afortunados y privilegiados en todos los aspectos. Sus emociones fluían tan libres como el rocío que recorría sus contornos: amor, devoción, en un sentido de pertenencia inquebrantable.
Hermes se acercó más a ella, inclinándose para besarla suavemente en los labios, un beso apasionado que estaba cargado de una profundidad emocional indescriptible. Era un ósculo que decía: "Estoy aquí, ahora, y siempre".
Hariella correspondió, dejándose llevar por el amor que los rodeaba, sintiendo que no había nada más que pudiera desear en la vida. Estaban unidos y sabían que esta vez eran de forma perpetua, por toda la eternidad, porque ni la muerte podría separarlos.
En la penumbra del apartamento, el silencio se rompía solo por el murmullo suave del agua de la ducha y los latidos apresurados de dos corazones que finalmente podían reencontrarse sin restricciones, después de cuatro largos años de separación. Hariella y Hermes, cada uno con cicatrices invisibles de los tiempos de distancia, ahora se hallaban allí, desnudos en cuerpo y alma, listos para consumar su amor de una manera que transcendía las palabras.
Hermes extendió la mano, sus dedos temblorosos pero firmes. Era como la primera vez, pese a que ya lo habían hecho en numerosas ocasiones. Trazaba un camino de caricias sobre la piel de alabastro de Hariella. Su toque era delicado, como si temiera que al presionar demasiado fuerte pudiera romper el hechizo de su reencuentro. Los años no habían hecho mella en la devoción que sentía por ella; al contrario, los habían fortalecido. La ausencia había avivado el deseo, lo había destilado en su forma más pura, y ahora y desde siempre, todo lo que deseaba era perderse en ella.
Hariella, con los ojos cerrados, se dejó llevar por las sensaciones que Hermes despertaba en ella. Cada caricia suya era un recordatorio del tiempo perdido, de las noches solitarias y de los susurros que jamás llegaron a su destinatario. Pero ahora, esos susurros parecían encontrar eco en cada rincón de su ser, encendiendo fuegos que creía apagados. Su piel se erizaba bajo el toque de Hermes, su respiración se aceleraba, y sentía cómo su cuerpo respondía a la urgencia de estar completa nuevamente.
Hermes inclinó su cabeza. Sus labios encontrando los de Hariella en un beso que era tanto una súplica como una promesa. Era un beso que sellaba su regreso, que decía lo que las palabras no podían expresar. Sus labios se movían con una precisión que solo el amor puede dictar, explorando y redescubriendo, como si el tiempo jamás hubiera pasado. El sabor de Hariella era un elixir que había anhelado durante demasiado tiempo, y ahora, con ella entre sus brazos, se sentía renacer, envuelto en la dulzura de su amor.
Los cuerpos de ambos, empapados y entrelazados, se movían en un ritmo que había estado latente durante años, esperando el instante adecuado para despertar. Su toque, cada susurro, cada beso era un acto de redescubrimiento, una confirmación de que, a pesar de los años y la distancia, su amor no solo había sobrevivido, sino que había florecido como un jardín de rosas amarillas y rojas en una pradera divina en los campos Elíseos.
Hariella estaba sumida en una tormenta de sensaciones mientras el agua cálida de la ducha se deslizaba por su piel, mezclándose con el ardor que recorría su cuerpo. Sus manos, apoyadas contra la fría pared de azulejos, temblaban ligeramente con cada embestida de Hermes. La fuerza y la pasión de sus movimientos la envolvían, arrastrándola a un mundo donde solo existían ellos dos, donde el pasado y el futuro se desvanecían, dejando solo el presente, intenso y abrumador.
El sonido del rocío, combinado con sus propios gemidos, creaba una sinfonía que resonaba en cada rincón de su ser. Era un eco de su deseo, un reflejo de la necesidad que la consumía. Cada impacto de Hermes contra sus glúteos la hacía gemir más fuerte, en un sonido que nacía de lo más profundo de su alma, como si en cada exhalación se liberara una parte de sí misma, una parte que solo él podía despertar.
Miraba por encima de su hombro izquierdo, buscando los ojos de Hermes. Quería ver su rostro, quería conectarse con él en ese momento de intensidad. Y cuando sus miradas se encontraron, fue como si todo lo demás desapareciera. Los ojos de Hermes estaban llenos de un fuego que la consumía, una mezcla de vehemencia, posesión y algo más, algo que no podía nombrar, pero que la hacía sentir viva de una manera que solo con él mismo había experimentado.
En ese instante, mientras lo observaba, se dio cuenta de que lo que estaba sintiendo iba más allá del mero placer físico. Era algo profundo, algo que trascendía el simple acto de estar juntos en ese espacio reducido. Cada embestida de Hermes era una declaración silenciosa, una afirmación de que ella le pertenecía, de que eran dos mitades de un todo que solo se completaba cuando estaban juntos. Y en esa unión, en esa fusión de sus virtudes y almas, Hariella encontró una verdad que la asustaba y la exaltaba a partes iguales.
Su mente, aunque nublada por el placer, no podía evitar reflexionar sobre lo que significaba este momento. Había querido ser libre, experimentar el amor sin ataduras, pero ahora se daba cuenta de que esa libertad la había llevado a una esclavitud diferente, una en la que estaba atrapada por el amor que sentía por Hermes. Uno que la había transformado, que había derribado sus defensas y la había dejado expuesta, vulnerable. Pero en lugar de asustarla, ese apego la hacía sentir más fuerte, más completa.
Las sensaciones que la recorrían eran intensas. Cada acción de Hermes la hacía sentir como si estuviera ardiendo desde dentro, como si su piel fuera una extensión de su ser, y cada roce, una chispa que encendía su deseo. El calor del agua no era nada comparado con el fuego que ardía en su interior, un fuego que solo Hermes podía avivar. Sus gemidos se escapaban de sus labios, eran como una confesión, una súplica muda para que este momento nunca terminaría. Sentía como si estuviera flotando entre la realidad y un sueño, donde solo existían el placer, el deseo y el amor. Y mientras se envolvían al unísono, Hariella no podía evitar pensar en lo poderoso que era este sentimiento, en cómo había cambiado todo lo que era y lo que alguna vez había creído ser.
Las manos de Hermes en su cuerpo eran un ancla, algo que la mantenía conectada a este mundo, a este momento. Podía sentir su fuerza, su pasión, y sabía que él también estaba perdido en la misma tormenta que la arrastraba a ella. Era un sentimiento embriagador, una mezcla de poder y sumisión, de dar y recibir, y en ese intercambio, Hariella encontró una especie de paz, una aceptación de que, aunque había comenzado todo con una mentira, lo que sentía ahora era la verdad más pura que había conocido.
Hariella se permitió perderse en las sensaciones, en las emociones que la arrastraban como una ola imparable. Sabía que el clímax estaba cerca, que el momento de liberación se aproximaba, pero en ese segundo, todo lo que importaba era la conexión que compartía con Hermes. Una conexión que iba más allá de lo físico, que se adentraba en lo más profundo de sus almas, uniéndolos de una manera que ninguna mentira, ningún error, podría romper jamás. Su intimidad era ensanchada y llenada por el firme talento de su esposo que la tomaba con rigidez y dominancia.
Hermes estaba atrapado en una vorágine de emociones que lo arrastraban sin piedad, su mente nublada por el placer y su cuerpo dominado por el deseo. Cada movimiento que hacía dentro de Hariella era un recordatorio de la conexión intensa e inquebrantable que compartían, una unión que parecía desbordar los límites del mero contacto físico para sumergirse en lo más profundo de sus almas.
La sensación de estar dentro de ella era indescriptible, como si estuviera siendo comprimido por una fuerza poderosa y suave a la vez. Era como si el tiempo se hubiera detenido y todo lo que importaba en ese instante era la sensación de estar conectado con la mujer que amaba más que a nada en el mundo. El calor que emanaba de ella, esa ardiente suavidad que lo envolvía, le recordaba la primera vez que habían estado juntos, hace cuatro años. Había algo en la forma en que su cuerpo lo recibía, lo abrazaba, que lo hacía sentir como si estuviera experimentando todo de nuevo en segunda oportunidad. Esa mezcla de familiaridad y novedad lo volvía loco, lo sumergía en un estado de éxtasis donde nada más existía.
Ni el tiempo o la distancia habían podido disminuir su atracción por el otro. Se habían conocido en un ascensor y se había propiciado una confusión que había dado lugar a un intrigante y secreto amor de oficina entre la jefa y el empleado, entre la magnate y el mensajero. En verdad, todo parecía como si fuera sido un sueño reciente. Parecía como si fuera ayer que había comenzado todo entre ellos. Sin embargo, estaban allí luego de varios años. Su experiencia había sido emocionante, hermosa e intensa, y se seguía manteniendo de esa manera. Aún estaban jóvenes y podían continuar disfrutando de las mieles de la pasión y el fervor que enardecía a sus almas.