Capítulo 7 La piscina

1730 Palabras
Los niños, ya cansados ​​por las emociones del día, se acomodaron en la cama, mientras Hariella y Hermes se miraban, conscientes de que habían construido algo sólido y hermoso. Esa noche, en ese hotel, no solo se celebraba una boda, sino también la consolidación de una familia que había pasado por mucho para llegar a ese punto. Y aunque la ciudad seguía vibrando a sus pies, en esa habitación, solo existían ellos. Luego de cuatro años, de sus discusiones e intrigas habían podido estar juntos. Lo que había iniciado solo como un experimento de parte de ella para saber como se sentía el amor, se había convertido en algo tan grande que ella no podía imaginar. Tenía el afecto de un hombre maravilloso como Hermes y había dado a luz a sus hermosos mellizos; cada uno con la herencia genética de ambos. Era el producto de su pasión. A pesar de que las mentiras y engaños, eso era real y verdadero, genuino e irrevocable. Hariella y Hermes se cambiaron en la suite del hotel, preparándose para disfrutar de la piscina privada que habían reservado. Ella eligió un elegante traje de baño n***o, que acentuaba su figura esbelta y realzaba sus curvas que, después del embarazo, se habían vuelto más pronunciadas. El traje, de una sola pieza, tenía detalles sutiles en encaje a los lados y un escote profundo que resaltaba su busto, ahora más voluminoso. Su piel blanca contrastaba a la perfección con el tono oscuro del traje, y su cabello rubio, un poco más grande debido al paso del tiempo, caía en suaves ondas sobre sus hombros, dándole un aire de sofisticación y sensualidad. Hermes optó por un bañador n***o de corte clásico, que combinaba con el traje de Hariella. El color oscuro resaltaba su físico atlético, y la simplicidad del diseño añade un toque de elegancia masculina. Ambos trajes, aunque diferentes en estilo, se complementaban en un juego de contrastes que reflejaba la unión entre ellos. Mientras se dirigían a la piscina, Hariella caminaba con gracia. Su figura esbelta y bien definida, destacando con cada paso. Aunque había dado a luz, su abdomen se mantenía firme, y sus caderas, ligeramente más anchas, acentuaban su andar elegante. Hermes la miraba con admiración, notando cómo la maternidad había añadido una nueva dimensión a su belleza, haciéndola parecer aún más etérea y deslumbrante. Era su esposa, su precioso ángel. Cuando llegaron, la luz suave del lugar iluminó sus siluetas. Ambos se sumergieron en el agua, listos para disfrutar de un momento de tranquilidad en ese espacio privado, alejados del bullicio del mundo exterior. La piscina del hotel era un oasis de lujo y exclusividad, diseñada para ofrecer una experiencia íntima y relajante. Ubicada en una terraza privada en el último piso del edificio. Era amplia y moderna, con líneas lujosa y acabados de alta calidad. Su forma rectangular se extendía en dirección al horizonte, creando la ilusión de que el líquido se fundía con el cielo nocturno. El agua de la piscina era cristalina, reflejando las luces bajas que iluminaban el entorno. A lo largo de los bordes, pequeños focos LED empotrados en el suelo emitían un resplandor tenue, que cambiaba de color de manera sutil, creando una atmósfera mágica y relajante. Las luces intermitentes proyectaban destellos sobre la superficie, añadiendo un toque de sofisticación y modernidad. Alrededor, se encontraban varias tumbonas acolchadas, cubiertas con toallas blancas impecables, listas para ser usadas después de un baño refrescante. Estaban estratégicamente situadas bajo sombrillas negras que proporcionaban sombra durante el día, pero que ahora, en la noche, añadían un toque de playa al ambiente. A un lado, una mesa de servicio contenía una selección de bebidas y frutas frescas, dispuestas para ser disfrutadas en cualquier momento. En un rincón de la terraza, un jacuzzi privado burbujeaba de manera atractiva, complementando la experiencia acuática. Desde su posición, se tenía una vista maravillosa de la ciudad, que se extendía en todas direcciones, con sus luces parpadeantes que se asemejaban a un manto de estrellas. Las paredes de vidrio que rodeaban la terraza permitían una mirada sin obstáculos, creando una sensación de libertad y privilegio con el paisaje urbano. Sin embargo, al mismo tiempo, ofrecían la privacidad que Hariella y Hermes deseaban, permitiéndoles disfrutar del sitio sin interrupciones ni miradas curiosas. La combinación de la moderna arquitectura, la iluminación tenue y la serenidad del agua hacía de la piscina un lugar ideal para relajarse y desconectar del mundo exterior. Era un espacio pensado para el lujo y la exclusividad, diseñado para satisfacer todos los sentidos y ofrecer una experiencia única, que Hariella y Hermes aprovecharían al máximo en su noche especial. Era su segundo matrimonio. Esta vez sería para siempre y no tenía fecha de caducidad. Era su segunda noche de bodas. Mas, ya no era la primera vez que conocían de del fuego del amor. Hermes y Hariella se sumergieron con lentitud, dejando que el agua cálida los envolviera. Al principio, nadaron en paralelo, deslizándose con suavidad, disfrutando de la tranquilidad del momento. Sus movimientos eran fluidos y sincronizados, como si hubieran nadado juntos toda la vida. Se mantenían cerca, lo suficientemente próximos como para sentir la presencia del otro, pero sin tocarse aún, permitiendo que la anticipación creciera entre ellos. A medida que nadaban, sus manos empezaron a rozarse de vez en cuando, enviando pequeñas corrientes de electricidad a través de sus cuerpos. Cada toque era seguido por una sonrisa, una mirada cómplice que reflejaba la alegría de estar juntos, finalmente, luego de tantos años separados. El agua acariciaba sus pieles, y los reflejos de las luces sobre la superficie parecían bailar al ritmo de sus emociones. Minutos después, ambos se detuvieron, quedando frente a frente en la parte más profunda de la piscina. El silencio que los rodeaba era profundo y lleno de significado, roto solo por el suave chapoteo alrededor de ellos. Se quedaron quietos, flotando, mientras sus miradas se encontraron, y el mundo pareció detenerse a su alrededor. Los ojos de Hermes, intensos y llenos de devoción, se encontraron con los de Hariella, que brillaban con una mezcla de amor y ardor. Por un momento, no hubo necesidad de palabras. Todo lo que habían vivido, las mentiras, los engaños, las separaciones, quedaba atrás. Lo único que importaba era que ahora estaban juntos, sin barreras, sin máscaras. Lo que sentían el uno por el otro era auténtico, profundo y había resistido la prueba del tiempo y la distancia. Hermes se acercó más a ella, rodeando su cintura con sus brazos, atrayéndola hacia él. La calidez de sus cuerpos contrastaba con la frescura, y la cercanía encendió una chispa que no había hecho más que crecer desde que se reencontraron. Hariella levantó una mano para acariciar el rostro de Hermes, su toque suave y delicado, antes de inclinarse hacia él. Se besaron con una pasión contenida, un beso profundo y prolongado que hablaba de todos los años de deseo acumulado, de las noches solitarias en las que solo podían soñar con este momento. Sus labios se movieron al unísono, explorándose con una mezcla de familiaridad y redescubrimiento, como si cada beso fuera una reafirmación de lo que siempre habían sabido en el fondo de sus corazones. El agua los rodeaba, creando una burbuja de intimidad que los aislaba del resto del mundo. Sus corazones latían al unísono, y el beso se volvió más intenso, más urgente, como si quisieran recuperar todo el tiempo perdido. Hermes apretó a Hariella con más fuerza contra él, sintiendo la realidad de su amor en cada fibra de su ser. Hariella correspondió, dejando que todo lo que había guardado durante años fluyera de manera desbordante. Con Hermes había conocido no solo el amor, también la pasión física. La verdad era que solo él despertaba su libido y su fervor femenino. Ellos separaron solo lo suficiente para mirarse de nuevo. Sus respiraciones entrecortadas y sus frentes apoyadas la una contra la otra. Lo que sentían en ese momento era indescriptible, un amor real, verdadero, que había sobrevivido a las pruebas más duras. Estaban allí, como marido y mujer, sin secretos ni mentiras, y sabían que nada podría separarlos de nuevo. Después de unos minutos más de estar sumergidos en la calidez del agua y la intensidad de su amor, comieron y bebieron de los aperitivos. Se abrazaban y se daba cariño. Al rato, decidieron salir de la piscina. Hermes la tomó en sus brazos, levantándola con facilidad, mientras sus cuerpos goteaban. Las gotas caían con suavidad sobre el suelo de mármol, marcando el camino que dejaban atrás. El eco de sus risas y susurros se escuchaba en los pasillos, un sonido íntimo que solo ellos compartían, cargado de una complicidad que parecía indestructible. Hermes la llevó con delicadeza, como si fuera un tesoro precioso, mientras caminaba hacia el apartamento que habían reservado solo para ellos dos, justo frente a donde dormían sus hijos. Era un espacio exclusivo, pensado para que pudieran disfrutar de su amor sin interrupciones, alejados del bullicio del mundo, pero lo suficientemente cerca para estar tranquilos, sabiendo que sus hijos descansaban a pocos metros. A medida que avanzaban por el pasillo, Hermes sintió el suave peso de Hariella en sus brazos, su piel aún húmeda y fresca contra la suya. Sus corazones latían con fuerza, sincronizados, mientras la conexión entre ellos se hacía cada vez más fuerte. Hariella apoyó su cabeza en el hombro de Hermes, sintiendo su seguridad, su fuerza, y la profundidad de su amor en cada paso que él daba. Al llegar al apartamento, Hermes tocó la puerta con el pie y la cerró detrás de ellos. El ambiente en la habitación era cálido y acogedor, iluminado solo por la luz suave de las lámparas que creaban un entorno íntimo. La llevó hasta el cuarto de baño y la depositó con cuidado sobre el suelo, pero no la soltó, manteniendo sus brazos alrededor de su cintura mientras la miraba fijamente a los ojos. Sus emociones eran intensas, casi palpables; había un fuego en su mirada, una mezcla de deseo, amor, y una profunda gratitud por estar juntos, finalmente, sin barreras. Ya no se separarían, ni se marcharían a países diferentes, sin la incertidumbre de cuando volverían a encontrarse. Ahora tenían un lugar al cual volver, donde sabían que los estaban esperando. Habían formado una familia, un hogar… Un linaje de diamantes.
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