—¿Oíste eso?
—¿Qué cosa? —me preguntó como si comenzara a dudar de mí.
—Ese sonido.
—No escucho nada, solo estamos tú y yo...
—Oigo a alguien raspar la puerta —lo interrumpí.
—¿Cómo sabes que es alguien? Recuerda que tenemos un perro y un gato.
—Sí y ellos están dormidos a tus pies.
—Tienes razón —Se levantó del sillón y se acercó a la habitación donde provenía el sonido.
—No estoy loca, tú también lo puedes oír.
—Puede ser cualquier cosa, puede estar en nuestas mentes.
—No, la única persona cuerda entre los dos eres tú.
—Tú también estás cuerda.
—Hace un momento no lo pensabas.
—No es verdad.
Nos paramos frente a la puerta y el sonido cesó. Dio la vuelta a la manija e ingresó. No había nada del otro lado, pero la ventana había sido abierta desde adentro.
—¿Cómo es posible?
—Te lo dije.
—Espera...
Seguimos revisando la habitación, pero no encontrábamos nada, de pronto uno de los dos se olvidó de haberla abierto, y creíamos que podía ser un fantasma, no quería creer, pero era posible.