—Quédate quieta —me susurró.
—No me pidas que me quede quieta cuando tenemos un asesino y su amigo imaginario rondándonos.
—Es mi única forma de estar tranquilo hasta que escuche que se fueron.
—No se van a ir, están buscándonos.
—Vamos, sé que te gusta que te haga una cola de caballo.
—Pero no ahora...
Unos pasos que se aproximaban nos interrumpió. Guardamos silencio y él soltó mi cabello. Mientras los segundos transcurrían el sonido era aún más agudos. Él me rodeó con sus brazos y la mesa en la que nos estábamos escondiendo salió volando en el aire. Él sacó el cuchillo de su bolsillo y lo colocó entre nosotros.
—Ese cuchillo no nos va a proteger —dije.
—No, pero nos dará tiempo.
—¿Para qué?
—Para correr.
Me levantó del piso y comenzamos a correr mientras nos perseguían. Ellos eran más agiles que nosotros, pero aún así lo intentábamos. Comencé a perder fuerzas y agilidad en los pies, haciendo que me cayera sobre el piso.
—Tienes que levantarte.
—Vete tú nomás.
—No te voy a dejar sola, levántate.
Me cargó entre sus brazos y corrió lo más rápido que pudo hasta que caímos a un precipicio. No sé si eso nos salvó, pero nos dejaron de buscar.
—¡Dios! ¿estás bien? —insistí al ver que no respondía—. Vamos, levántate...