En aquella habitación enorme del castillo, donde había un altar divino yacía rezando Suratt, había agua cristalina a su alrededor con destellos cristalinos muy hermosos y claros, pronto tras él se abrieron unas puertas de oro puro, tras ellas estaba Ógremon, dijo. __Mi señor, es hora. Suratt abrió los ojos mirando algo nervioso al frente, sus hermosos ojos azules lucían brillantes, el joven se levanto y miro a su maestro, dijo mientras inclinaba la cabeza. __Será un honor, maestro. Ógremon asintió convencido y guio a Suratt al gran santuario donde se llevaría a cabo la gran ceremonia, cubrió al muchacho con una túnica más blanca que el mismo cielo, le cubrió la cara con aquel gorrón enorme, solo podían verse sus labios finos y rosados, fue escoltado hasta el gran altar, a su alrededor

