Por la mañana siguiente Suratt despertó, abrió los ojos mientras se encontraba arropado con sus propias alas, alas enormes, hermosas y blancas, tan blancas que brillaban en medio de la penumbra oscuridad de la cueva, misma que yaca sola, vacía, no se escuchaba ni un solo ruido, un solo movimiento, un respiro, hacia eco dentro de sus oídos. Suratt se levanto sin dificultad, parecía estar perfectamente bien, había dejado de sentir el frio, su cuerpo se había acostumbrado a este rápidamente fortaleciéndolo y protegiéndolo contra el mismo, había una fogata en cenizas a su alrededor, miro confuso hasta que a su mente llego la imagen de la bella ninfa, su corazón latió enseguida, respiro profundo y a lo lejos vio la luz del nuevo día entrar a la boca de la cueva, no muy seguro se dirigió a ella

