Capítulo 2

3062 Palabras
Me despierto con el sol filtrándose entre las cortinas, un rayo de luz me da directo sobre mi cara como si me estuviera empujando suavemente a abrir los ojos. Está ahí, suave y dorada, pero no logro sentir su calidez. El aire que entra por la ventana entreabierta es fresco, el cuarto en completo silencio salvo por el sonido lejano de una melodía. Todo se siente distante, incluso yo mismo. Me estiro despacio, pero no me siento más despierto. Mis músculos están pesados, como si cargar con este día fuera ya demasiado. La sábana está tibia, enredada a mis piernas. Bostezo, llevándome una mano al rostro mientras mis pensamientos empezaban a alinearse lentamente. Otra mañana, un día nuevo. Tal vez hoy las cosas serían diferentes, o tal vez todo seguirá igual. Es como si cada día fuera una repetición del anterior, una rutina vacía que sólo sigue por inercia. Me quedó un momento observando el techo, preguntándome si alguna vez dejaría de sentir este peso en el pecho al despertar. Hago el esfuerzo de levantarme, poner los pies en el suelo frío, porque sé que el mundo no se va a detener sólo porque yo lo haya hecho. Por un momento, me quedo ahí, sentado en el borde de la cama, sin saber bien qué hacer. No sé cuánto tiempo me quedo así, escuchando mi propia respiración, sintiendo el peso de lo que no está. Pero al final, me levanto. Siempre lo hago, aunque cada vez cuesta un poco más. Me detengo en seco cuando vuelvo a la realidad, y me percato que estoy en mi vieja habitación, en casa de mi padre en Seúl. Quedo pensativo y petrificado, tratando de rememorar en qué momento tomé un vuelo hasta aquí. Lo último que recuerdo fue haberme ido a dormir, pero en mi casa, a kilómetros de aquí. Estoy así 10 minutos hasta que me doy por vencido. Suspiro y me llevo ambas manos al rostro, frotándolo. - Carajo. - me digo a mi mismo. - Erica tiene razón, estoy mal. Ya perdí la cabeza. Me muevo tan por inercia, que hasta olvido lo que hago. Resoplo, llevándome las manos a la cintura. ¿Tan desolado estoy que me tomé un avión para pasar un tiempo con mi padre? Realmente me encuentro mal si pensé que esto era una buena idea. Observo a mi alrededor mi vieja habitación, la cuál sigue igual a como la deje antes de irme a estudiar a Boston, donde he vivido desde entonces junto con Sun. Frunzo el ceño cuando al posar mi vista en el corcho de pared que tengo sobre el escritorio, no están las fotos que tenía allí pegadas en las que estamos con él, y que fueron las primeras que nos tomamos juntos. Más vale que mi padre tenga una buena explicación de por que las sacó de allí. Bajo las escaleras a paso firme, e intentando controlar el enojo que siento dentro mío. Nada me molesta más que toquen mis cosas, y que encima las cambien de lugar. - ¿¡Dónde están las fotos!? - exclamo molesto. - Buenos días para ti también. - dice mi estrafalario padre, desayunando en el comedor. Se encuentra sentado en la silla, con sus piernas cruzadas encima de la mesa, y sobre estas tiene un lienzo en el cual pinta. Mi progenitor es un reconocido artista plástico de renombre. Es un hombre de apariencia singular, difícil de ignorar. Alto y delgado, su silueta parece siempre moverse con una fluidez casi teatral. Su cabello es una melena salvaje y desordenada, es de un color indefinido entre el gris y el n***o, como si estuviera en constante transformación, igual que sus obras. Sus ojos expresivos, brillan con una chispa de creatividad desbordante, casi como si pudieras ver sus ideas gestándose detrás de la mirada intensa y a veces desquiciada. Viste ropa que parece salida de un desfile de moda vanguardista. Sus atuendos suelen combinar colores inesperados y texturas poco convencionales. Lleva siempre múltiples anillos y pulseras, todos diferentes, cada uno con su propia historia que él está más que dispuesto a contar. Su piel está salpicada de manchas de pintura que nunca parecen desaparecer del todo, como si llevara consigo trozos de cada obra que ha creado. A menudo, sus manos están manchadas de pintura fresca, y huele vagamente a disolvente y aceites. Todo en él grita arte y caos, desde la manera en que camina, casi danzando por el espacio, hasta las pequeñas explosiones de energía creativa que emergen en su conversación. Es un hombre que vive el arte en cada fibra de su ser. Muy diferente a mí, que soy rígido y estructurado. - ¿De que fotos hablas? - inquiere extrañado, aun con la vista en el lienzo y sin dejar de mover el pincel. - Las que estaban en el corcho de mi habitación. - respondo con fastidio. - En las que estamos con Sunny. Ahora sí levanta la cabeza de golpe y entrecierra sus ojos. - ¿Con quien? Chasqueo la lengua. - ¿Es que es un consejo de tu terapeuta? ¿Hacer de cuenta que no existe? Me observa como en pausa, en su mirada distingo la confusión. - ¿A ti te drogaron, Tae-ho? - ¿Eh? - Eso mismo me pregunto yo. - LAS. FOTOS. CON. SUNNY. DONDE. ESTÁN. - QUIEN. ES. SUNNY. - ¡MI ESPOSO! - grito alterado. - ¿¡CÓMO!? ¿¡CUANDO TE CASASTE!? - exclama incorporándose. - ¡HACE 5 AÑOS! - ¿¡QUEEEE!? - ¡PAPÁ! - ¡TAE-HO! Lo apunto con el dedo. - No me hace ninguna gracia. Ya basta. En serio me estás alterando. - Bueno, ya somos dos. Suspiro hastiado. - Me pones los nervios de punta. - digo molesto. - Hablaré con Erica. - ¿Con quien? Lanzo un quejido y me dirijo a mi habitación, irritado. - ¡Hijo! - oigo que me llama. - ¡Hijo! Al entrar a mi habitación agarro mi celular y busco entre mis contactos el número de Erica. Me siento en la cama aturdido, con la mirada perdida y la mente en blanco, incapaz de procesar el hecho de que no encuentro el número de mi amiga, como así también ningún rastro de alguna foto mía con ella, o Sunny. Consigo ponerme en pie, y vuelvo a bajar. Mi padre sigue en la misma posición, y me observa expectante, pero a la vez preocupado. - Papá. Te voy a rogar que no juegues con mi psiquis, la cual últimamente pende de un hilo. - comienzo a decir. - Si esto es un broma, no me hace ni puta gracia. - ¿Qué broma? - Conoces a Erica, mi mejor amiga. Nos conocimos en Harvard, ambos estudiamos abogacía. - Hijo, no te ofendas, pero no eres alguien particularmente sociable y con amigos. - ¿Y qué hay de Sunny? - sigo. - Estamos juntos desde los 20 años. Nos casamos hace 5. Niega. - No se de quienes me hablas. Jamás los habías mencionado hasta ahora, y no los conozco. Y créeme que sabría bien si mi hijo se habría casado. - ¡ESTUVISTE AHÍ! - grito ya perdiendo los estribos. - ¿¡DONDE!? - exclama, también un tanto alterado. Comienzo a respirar hiperventilado. - Esto no puede estar pasando... - me siento cuando las piernas me empiezan a temblar. Mi padre se para rápidamente y regresa a los segundos con un vaso de agua, el cual deja a mi lado. - Porque mejor no te tranquilizas y me explicas que sucede, desde el principio. - dice. - ¿Qué fue? Probaste algún alucinógeno, ahora quieres ser escritor e ideaste un escenario ficticio, o puede que estés soñando despierto. En un tiempo yo solía ser sonámbulo. Cualquier opción está bien, siempre y cuando te serenes y no me apuñales con un pincel, que con la cara de loco que llevas siento que es cuestión de tiempo. - ¿Qué tengo que hacer para que me tomes en serio por una vez? - le reprocho con fastidio. - Que no digas incoherencias tal vez. - menciona obviando. - Ya estás algo grande como para que te siga el juego como cuando eras pequeño y debía fingir que hablaba con Kokoro, tu amigo imaginario. Si ahora resulta que tienes un esposo y una mejor amiga imaginaria. No se si decirle progreso o retroceso. - No me trates como si perteneciera al pabellón psiquiátrico. - sentencio. - Estas a dos pasos de hecho. Quedo pensativo un momento. Y al mirar la fecha en el canal de noticias que está puesto, se me viene a la mente algo. De alguna manera regresé a cinco años atrás, eso podría ayudarme a probar si en verdad estoy desquiciado, o hay algo de verdad en todo lo que viví. Suspiro. - Hagamos una prueba. Me mira extrañado. - ¿Qué prueba? - se interesa con curiosidad. Lo miro con determinación. - ¿Ya terminaste "Sombras de lo Invisible"? Abre sus ojos ampliamente. - ¿Cómo es que...? - habla pasmado. - ¿Acaso te lo conté? No se lo he dicho a nadie. He estado trabajando en ello en secreto. - Olvida eso, escúchame. En una semana vas a presentar la exposición. Ese cuadro será la obra más cara que vas a vender de tu carrera. Una extravagante señora extranjera te lo va a comprar. Voy a anotar la cifra exacta en un papel y la guardaré en un sobre cerrado. - ¿Y recuerdas la cifra exacta? - Nunca vas a cobrar ese cheque, lo vas a enmarcar y colgar en la pared. - Aja... - murmura, todavía perturbado. - Si llego a tener razón, vas a escucharme lo que te voy a decir, y vas a creerme. Dejarás de mirarme como si estuviera trastornado. - Bueno... me... me parece justo... - accede, sin embargo lo hace dubitativo. Suspiro. Solo espero que no sea que estoy perdiendo la cabeza y volviendome un esquizofrénico que se imaginó los últimos años de su vida. Aunque... ¿Qué otra explicación hay a lo que está sucediendo? Pasó una semana. En esos días no salí de la casa de mi padre, quien no me deja de mirar como si me hubiera salido otra cabeza. Mi mente es un torbellino, atrapado entre lo que recuerdo y lo que veo frente a mí. En esta nueva realidad, el vacío de mi esposo y mi mejor amiga me sofoca. Es como si algo esencial hubiera sido arrancado de mi vida, dejándome incompleto. Los ecos de sus risas, los momentos compartidos, las conversaciones íntimas, todo eso sigue vibrando en mi memoria, pero cuando intento aferrarme a esos recuerdos, se disuelven como humo entre los dedos. Me pregunto si los inventé, si acaso mi mente me está jugando trucos crueles. La duda me corroe. ¿Cómo pude haber amado tan intensamente a alguien que no existe? ¿Cómo pude haber confiado mi alma a una amiga que nunca estuvo? Pero el dolor en mi pecho, esa sensación de pérdida tan real, me contradice a cada instante. Me siento como un extraño en mi propia vida, sin poder discernir si estoy despierto o atrapado en un sueño roto. Cada vez que pienso en mi esposo, siento el calor de su abrazo, el peso familiar de su cuerpo junto al mío, pero cuando abro los ojos, no hay nadie allí. ¿Fue un espejismo de mi mente? ¿Un deseo tan profundo que lo inventé todo? Y mi amiga... mi confidente, la única que me conocía por completo, ahora no es más que un hueco en mi vida. Las palabras que antes intercambiábamos con facilidad ahora son gritos que no llegan a ningún destino. La confusión me desarma. No sé qué es peor: si los perdí realmente, o si nunca existieron. Ya está anocheciendo cuando mi padre irrumpe en la sala, dónde estoy tirado en el sofá a lo largo, viendo la televisión, y de dónde no me he movido en toda la semana. Se fue hoy temprano para la inauguración de su exposición, por lo que se encuentra bien arreglado y presentable. - Hoy una elegante señora británica compró mi cuadro. - anuncia. - Y tal como tu premonición, es la mayor cifra que alguien a pagado por una obra mía. - Felicitaciones... - hablo con desgano Estampa contra la mesa baja que está en el centro un cheque junto a la servilleta donde escribí la cifra. Me incorporo y ahora si le presto atención. - Es exacto. - se deja caer en la punta del sofá. - Bien. Como lo prometí, tienes mi atención. Te voy a dejar hablar, y ahí voy a determinar si llamo al psiquiatra o no. - Con honestidad... - suspiro. - Ya hasta estoy dudando de mi propia estabilidad. Porque entre más lo pienso, más irracional me parece. No hay explicación coherente a lo que está pasando. - Tal vez ese es el problema hijo. - y su voz suena apacible. - Desde pequeño que siempre le buscas a todo una respuesta racional a las cosas. Y... y a veces no todo tiene explicación. No todo tiene respuesta. No todo es lógico. Y no todo tiene sentido. - ¿Nunca te preguntaste si en verdad soy tu hijo? No se dibujar ni una nube, estudié abogacía y nunca me gustó nada que se relacione al arte. Sin mencionar que soy neurótico y racional. A diferencia de ti. Menea la cabeza. - Siempre he admirado tu mente, es como un reloj bien afinado: precisa, constante y confiable. - Bueno, se ve que hasta el mejor reloj también falla a veces. - digo desanimado. Apoya su mano en mi pierna y la palmea suavemente. - No estuve siendo comprensible contigo estos días. Siento honesto me has asustado, y es que nunca te he visto actuar de ese modo. Y es precisamente por eso que debí escucharte. - hace una pausa. - En verdad quiero escucharte. - ¿Por más que solo sean incoherencias sin explicación racional? - Si. - responde firme. - Mantendré la mente abierta. - apoya su espalda en el respaldo del sofá, sube una pierna encima de la otra e inhala el vape que tiene en su mano. Y empiezo a contarle todo... Le habló de cómo terminé mis años en la escuela; de cuando haciendo un trabajo de a dos conocí a Sunny, y que luego de eso mi vida no volvió a ser la misma, ni yo. Porque él me cambió para siempre. Y que gracias a que me ayudó a salir de mi caparazón pude relacionarme con otras personas, llegando a conocer a quien se convertiría en mi mejor amiga. Le habló de nuestra vida en Boston; de nuestra boda; Llegando al momento en que lo perdí, y de lo estancado que he estado desde entonces. - Entonces... recapitulando. Vives en Boston. Tú y tu maridito imaginario se conocieron en su primer año en Harvard, a lo que luego lo convenciste de dejar abogacía y estudiar fotografía. - ¡Claro que no! - lo interrumpo. - Sunny tomó sus propias decisiones. Solo le enseñe lo que tu me enseñaste a mi. De que siempre podemos elegir. Siempre tenemos opción, incluso cuando creemos que no. Así como yo siempre lo voy a elegir a él. Desde que estamos juntos que nos hemos apoyado en las decisiones que cada uno quiso tomar. - Deja de hablar en plural. - me pide agobiado. - ¡No! - exclamo. - Porque no estoy solo. Somos él y yo. Hicimos ese camino juntos. ¿Es que no lo entiendes? Suspira. - Estoy intentando hijo, pero tenme un poco de paciencia. Todo esto es muy raro. Y es la primera vez que te oigo decir incoherencias. - Estos días estuve dudando, lo admito. Pero al volver a rememorar lo que he vivido estos años, se que fue muy real. No los imagine. Lo sé, lo siento en lo más profundo de mí. Es imposible que todo eso haya sido una ilusión. No puedo haber inventado esas conexiones tan profundas, tan reales. Los recuerdos no desaparecen, y el dolor de su ausencia es demasiado real para ser solo una fantasía. Me niego a creerlo. Ellos existieron. Lo sé con cada fibra de mi ser. - ¿Y qué harás? - pregunta luego de un prolongado silencio. - ¿Qué no es obvio? Recuperar a mi esposo. - ¿Y se puede saber cómo es que harás eso? - inquiere. - No he buscado ayuda profesional porque una parte de mí te cree. Pero es que yo ya estoy loco de por sí. No puedo decir lo mismo de las demás habitantes de la ciudad. Han internado a personas en manicomios por mucho menos. Suspiro. - Un paso a la vez. Y lo primero que debo hacer es encontrar a Sunny, puede que él haya vuelto a Seúl, así como yo. - me paro y me dirijo hacia mi habitación. - Procura que no te arresten, ¿si? No voy a dudar. No pueden borrarlos de mi vida, de mi memoria. Y por más que me siento solo en esta realidad rota, mi fe en ellos sigue intacta. No importa lo que digan los demás, sé que son reales. Sé que existieron, y sé que los encontraré de nuevo. No entiendo cómo llegué aquí, ni por qué él desapareció, pero lo único que sé con certeza es que no me voy a rendir. Se que no lo imaginé, porque recuerdo su risa, el sonido de su voz llamándome por mi nombre, su mano entrelazada con la mía. Todo eso no puede ser falso. Está en mi memoria, en mi piel. Estoy decidido. Voy a encontrarlo. No sé cuánto tiempo tomará, no sé cómo, pero sé que no puedo seguir sin él. No importa si esta realidad me lanza al abismo, si todos me tratan como un loco. No importa cuántas puertas tenga que abrir, cuántas veces tenga que caer. Voy a seguir buscándolo hasta que vuelva a estar a mi lado. Y a diferencia de dónde vengo, aquí de alguna manera lo siento tan real, tan vivo, que no hay otra opción para mí. Lo encontraré. Y cuando lo haga, sabré que todo este dolor, toda esta lucha, valió la pena.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR