Charlotte. Es la décima vez que doy vuelta en la cama, intentando buscar una posición en la cual no ahogarme llorando. No he dejado de llorar desde que supe lo que le pasó a Mónica… Ni siquiera quiero imaginar cómo se sentirá su familia desde ahora en adelante. “No hay esperanza, no la hay, no existe.” es todo lo que puedo pensar. Reprimo un sollozo porque realmente no quiero que mis padres escuchen. Lo peor es que he sabido lo que ella sentía desde que la conocí. Y no hice nada para ayudarla, ya sé, lo intenté, pero debí seguir luchando por ella, y no puedo evitar sentirme como basura por ello. Por la mañana la cabeza me martillea a más no poder y me cuesta el mundo poder incorporarme en la cama. El reloj marca las seis y doce minutos y el sol brilla radiante por la pr

