El claro era pequeño, apenas un espacio entre árboles milenarios donde el musgo brillaba con polvo de luna.
Any se escondía allí desde hacía semanas.
Con las alas maltrechas, los pies descalzos y el vestido lleno de barro no parecía una hada.
Parecía una niña rota.
Y sin embargo, cada noche, dos niños lobo la encontraban.
—“¿Por qué lloras otra vez?” —preguntó Sam, más amable, dejándose caer a su lado.
—“No lloro.” —dijo ella, aunque sus ojos estaban hinchados.
Cárter no se sentó. Caminaba alrededor, oliendo el aire, como si esperara que alguien viniera a lastimarla otra vez.
Tenía apenas doce años, pero ya parecía un guerrero salvaje.
—“Tu familia es estúpida.” —gruñó.
—“No soy fuerte como ellos, ni mágica como las otras hadas.” —susurró Any, bajando la cabeza.
Sam le tomó la mano.
Cárter se detuvo frente a ella.
—“No tienes que ser como ellos.” —dijo Sam.
—“Tienes que ser nuestra.” —dijo Cárter.
Ella los miró, confundida.
—“¿Suya?”
Cárter se arrodilló. Sacó un pequeño cuchillo de hueso que llevaba escondido en el cinturón.
Sam frunció el ceño, pero no lo detuvo.
—“Si te cortas con esto, sabremos si el lazo es real.” —dijo el mayor.
—“¿Qué lazo?” —preguntó Any, asustada y curiosa a la vez.
—“El que se forma entre almas que se reconocen antes de saber lo que son.”
—“Si sangras por nosotros… cuando seamos alfas, te encontraremos.”
Ella no entendía todo.
Pero confiaba.
Con todo su corazón de hada quebrada, confiaba en esos dos niños lobo que venían a verla cada noche sin pedir nada a cambio.
Tomó el cuchillo con manos temblorosas.
Y se hizo un pequeño corte en la palma.
Nada pasó.
Hasta que Sam extendió la suya.
Y luego Cárter.
Cuando los tres unieron las manos… el viento se detuvo.
Un anillo de luz pálida los envolvió.
Y los árboles, por un segundo, susurraron un antiguo nombre que ninguno entendía.
Any temblaba.
Pero no de miedo.
Era algo más.
Cárter la miró a los ojos.
—“Ahora nos perteneces. Y cuando volvamos… nadie te va a tocar sin pagar con sangre.”
Sam le sonrió, suave.
—“Y cuando llores, vamos a estar ahí. Aunque pasen cien años.”