Después del corte, los tres se quedaron en silencio.
Las manos unidas, la sangre mezclándose en la piel joven, bajo la luz de una luna tan vieja que parecía mirarlos desde otra vida.
Any sentía un calor dentro del pecho que no entendía.
No era fiebre.
Era algo que se parecía al amor, pero con un peso más profundo. Algo que dolía, incluso en su dulzura.
—“¿Y si se rompe?” —susurró, mirando la herida.
—“No se rompe.” —dijo Cárter, tajante.
—“Solo se duerme, pero cuando despierte, va a doler si estamos lejos.” —añadió Sam, más suave.
Ella los miró, uno y otro. Tan parecidos, pero tan distintos.
Cárter era calor. Fuego que arde incluso cuando promete protegerte.
Sam era sombra. Silencio que envuelve, calma que oculta lo que duele.
Y ella era solo una pequeña hada que no sabía su lugar en el mundo.
Pero sabía que lo quería con ellos.
—“¿Puedo quedarme con ustedes siempre?” —preguntó con voz baja, temerosa.
—“Sí.” —dijo Sam, sin dudar.
Cárter no respondió. En lugar de eso, se agachó, arrancó una tira de tela de su propia camisa y la ató en la muñeca de Any, sobre la herida.
—“Si alguien te lastima, míralo, y recuérdanos.”
Ella asintió.
Y entonces la abrazaron. Uno a cada lado.
Dos cuerpos pequeños, salvajes, envueltos en barro, hojas y magia primitiva.
No era un abrazo de niños.
Era una promesa.
Una advertencia al futuro
Después de ese día, dejaron de venir.
La manada de lobos fue trasladada a los límites del Bosque n***o, por orden de los Ancianos.
Any esperó en el claro durante semanas. Luego meses.
Y cuando el tiempo dejó de moverse… ella empezó a olvidarlos.
O eso creyó.
Pero en su muñeca, la tira de tela seguía atada.
Deshilachada, manchada, rota por el tiempo.
Pero intacta en poder.
Y ahora que los había vuelto a ver, más hombres que bestias
el fuego dormido volvía a arder.