Capítulo 5: Instinto Salvaje

455 Palabras
La lluvia caía como cuchillas. Any caminaba a través del bosque, con los pies cortados, la ropa empapada, y el corazón lleno de una rabia que apenas podía contener. Había dormido poco. Comido menos. Y la magia de hada se deshilachaba con cada paso, como si el rechazo del consejo le hubiera arrancado parte del alma. Pero no se detenía. Porque el lazo ardía. Y algo en su pecho gritaba que ya no podía mirar atrás. Fue entonces cuando lo sintió. No la magia. Sino el olor. Ácido. Violento. Hombre. No lobo. No hada. Cazador. Antes de que pudiera girarse, una sombra la embistió desde los árboles. —“¡Maldición!” —gruñó el desconocido al caer sobre ella—. “Sí que hueles fuerte, pequeña” Any forcejeó, pero estaba débil. Su magia apenas chispeó en sus dedos. El hombre —alto, con ojos vacíos y sonrisa torcida— la empujó contra el suelo húmedo. —“Dos manadas te están buscando. ¿Qué eres, princesa rota? ¿Una moneda de cambio? ¿Una bestia disfrazada de flor?” Ella escupió a un lado. —“Tócame y mueres.” El cazador rió. —“¿Tú sola vas a matarme?” Pero no estaba sola. El lobo llegó primero como un rugido. Una sombra veloz. Un destello de ojos dorados. Cárter. El cazador no tuvo tiempo de volverse antes de ser embestido. Cárter lo estrelló contra un árbol con fuerza brutal, el rostro completamente desfigurado por la rabia. No había humanidad en sus ojos. Solo el Alfa. —“La tocaste.” Una frase. Fría como hielo. Y luego, el golpe que quebró costillas. El cazador cayó de rodillas, escupiendo sangre. Intentó hablar… pero Sam apareció en silencio detrás de él. Ni siquiera levantó la voz. Solo puso la mano sobre el pecho del hombre y susurró: —“Siente lo que ella sintió.” Y le inyectó una magia oscura, emocional, que lo hizo gritar y convulsionar de dolor. Any observó todo desde el suelo, jadeando, empapada, temblando. Pero no de miedo. De reconocimiento. Sus lobos habían venido. Cárter corrió hacia ella, cayendo de rodillas, sujetándola como si se fuera a desvanecer. —“Mierda, estás sangrando.” Sam llegó segundos después, más controlado, sus ojos buscándola como si no pudiera creer que estuviera ahí, de verdad. Ella los miró. Tembló. Y por primera vez, lloró sin vergüenza. —“Pensé… que no me iban a encontrar.” Cárter gruñó. Sam la envolvió en su abrigo. —“Te encontramos antes, lo haremos siempre.” —“Y quien se atreva a tocarte otra vez, no verá otro amanecer.” El lazo estaba despierto. Y ahora… ya nadie podía separarlos.
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