La tormenta ya había pasado.
Any caminaba entre ellos, envuelta en el abrigo de Sam, con el calor de Cárter demasiado cerca detrás de ella.
El bosque olía a tierra húmeda, a resina, a sangre reciente.
Y entre todo eso a ellos.
Sus lobos.
El lazo dentro de su pecho latía con fuerza.
Pero ahora ya no era solo emoción.
Era deseo. Crudo. Vivo.
La caminata era silenciosa.
Pero los tres sabían lo que ocurría.
El vínculo se había activado.
Any tropezó sin querer —sus piernas aún débiles— y Cárter fue más rápido que el aire.
La sujetó por la cintura, y al hacerlo todo cambió.
Un calor la atravesó. Directo al centro.
No era físico, no del todo.
Era instinto.
Él la miró.
Los dedos aún en su cintura.
Y el mundo se volvió humo.
—“No me mires así” —murmuró ella, apenas audible.
—“¿Así cómo?” —dijo Cárter, su voz más ronca.
Sam se detuvo.
La observó con esos ojos oscuros que parecían ver más allá de la piel.
—“Sientes el tirón, ¿verdad?”
—“Desde que desperté” —susurró Any—, “no hay un solo segundo en que no los sienta.”
Sam se acercó.
Tomó su mano.
Y el calor volvió a subir.
El lazo vibraba.
En la piel. En la sangre.
Entre las piernas.
Era como si los tres compartieran un solo latido.
Cárter se inclinó hacia su cuello.
No la tocó con los labios. Solo respiró sobre su piel.
—“Tu olor cambió. Nos está llamando.”
—“¿Qué significa eso?” —preguntó Any, con la voz hecha cenizas.
Sam fue quien respondió:
—“Significa que si te besamos ahora, no te vamos a dejar ir.”
—“Que te vamos a tomar ahí mismo, contra ese árbol, hasta que tu cuerpo solo sepa decir nuestros nombres.”
El aire se hizo espeso.
Ella se aferró al abrigo. Las piernas le fallaron.
Cárter gruñó bajo. El lobo luchando por no romper el momento.
Pero la respetaba.
Aún.
—“¿Quieres que paremos?” —preguntó.
Any cerró los ojos.
El pulso temblaba.
La humedad entre sus piernas no tenía explicación lógica.
Pero dijo:
—“No
solo esperen a que pueda respirar de nuevo.”
Sam sonrió, oscuro.
Cárter la abrazó por detrás, apoyando su frente en su hombro.
Y por unos minutos, solo estuvieron ahí.
Llenos de hambre. De historia. De deseo.
Pero conteniéndose.
Porque lo que vendría después no sería suave.