La cabaña era de piedra y madera negra.
En su interior, la chimenea crepitaba con una luz suave, como si supiera que no debía romper el silencio.
Any apenas podía mantenerse en pie.
Cárter cargó su cuerpo como si no pesara nada.
Sam abrió la puerta de la habitación del fondo, donde una tina de cobre humeaba con agua tibia y flores curativas flotando en la superficie.
—“No tenemos sanadoras aquí.” —dijo Sam con suavidad—. “Pero aprendimos a cuidar lo que es nuestro.”
Ella no discutió.
Solo lo miró.
Y por primera vez, se dejó cuidar.
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La habitación olía a lavanda, menta y tierra mojada.
Cárter la dejó sentada en un banco de madera, y sin pedir permiso, comenzó a desatar los nudos de su ropa mojada.
Sus manos eran grandes, firmes pero lentas.
Ninguno de los dos hizo comentarios cuando vieron las marcas en su piel.
Ni los cortes.
Ni las alas lastimadas.
Pero la rabia les ardió en los ojos.
—“¿Quién te hizo esto?” —gruñó Cárter.
—“El exilio,” —susurró Any—, “y yo misma por no defenderme a tiempo.”
Sam se acercó por detrás, con una toalla limpia y una botella de ungüento espeso.
—“No vuelvas a pelear sola.”
La bañaron sin prisa.
No con deseo.
Con reverencia.
Cárter sostenía su cuerpo mientras ella se hundía en el agua tibia.
Sam mojaba un paño y lo pasaba por su cuello, su espalda, su cintura.
Nadie hablaba.
Pero todo se decía en el silencio.
Cuando sus dedos rozaban su piel, ella temblaba.
No de miedo.
De reconocimiento.
Cárter le lavó el cabello con un cuenco de madera.
Sam la envolvió en una manta gruesa cuando salió del agua.
Después, se sentó en el borde de la cama mientras los dos vendaban sus heridas.
—“Deberías descansar.” —murmuró Sam.
—“Si me duermo ahora” —susurró ella—, “voy a soñar con ustedes. Y no quiero que sea un sueño.”
Cárter se agachó frente a ella.
Le tomó la cara entre las manos.
—“No lo es.”
El aire entre los tres se volvió denso. Ardiente. Puro instinto contenido.
Pero no se rompieron aún.
Solo se quedaron ahí.
Cuidándose.
Como si esperaran algo sagrado.
Como si supieran que la próxima vez que se tocaran ya no habría vuelta atrás.