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1119 Palabras
—Ese tío es muy gruñón, por eso su esposa lo dejó. c*****o. Que le den. —hace una mueca de desagrado —. Bueno, sabes que puedo darte dinero. En caso de que te eche y busques otro trabajo. También puedes pensar en la oferta del otro día, no lo sé. Es tu decisión, April. —¿El empleo en el piso de lujo? —asiente —. Ni loca. Tengo dinero ahorrado, no es mucho pero con eso y la beca puedo sobrevivir, mientras busque un nuevo empleo. No estoy tan desesperada. —Vale. Yo solo digo, amiga. Te traje un obsequio, está justo aquí —me da un paquete envuelto en papel blanco. Sin perder tiempo, rasgo la envoltura, encontrando una preciosa libreta rosada en el interior. La miro buscando las palabras adecuadas. No me esperaba eso. Y ella se apresura en decir: —Puedes anotar en ella, lo bueno que te ha pasado en el día y también lo negativo. Tómalo como una manera de descargar lo que sientes en el papel. Te ayudará, créeme. Asiento estudiando el regalo. —Gracias, me gusta. ¿Cómo se te ha ocurrido? Se encoge de hombros —. A una amiga le funcionaba, creo que lo buscó en una página de internet, escrita por doctores. —dibuja una sonrisa y agrega—: no pierdes nada con intentarlo, te animo a que lo hagas. “Hazle caso a tu amiga, quizás estás a tiempo de curar tu locura”. —Cállate. —¿Qué? —Lo haré. Es un bonito gesto de tu parte, te lo agradezco. —Para eso están las amigas. ¿Quieres mostrarme la mano? Doy un largo suspiro. Así que alargo la mano hacia ella. Sus ojos azules de par en par contemplan la herida. Por último, acaricia la zona y hace una mueca. No quiero que se preocupe, no es nada serio. —No ha sido nada grave. Estaba en la cocina, en un acto de torpeza el vaso de vidrio se quebró y un trocito se clavó en mi palma —explico volviendo la mano a mi regazo. —Debes ser más cuidadosa, menos mal que no ha sido peor —advierte soltando una exhalación. —Lo tendré en cuenta. Lamento que no pueda quedarme, es que debo hablar con Miller. Pero quédate si quieres, así almorzamos juntas. —Entiendo, anda y habla con ese viejo decrépito. Yo te espero y de paso hago unas ricas patatas bravas, que hasta te vas a chupar los dedos —asegura relamiéndose los labios. Niego con la cabeza pero no oculto la gracia que me ha causado su comentario sobre mi jefe. No sé que sería de mí sin Laura. Por otro lado, me gusta que comamos juntas de nuevo, más aún si será comida española. —Está bien, gracias. Iré a arreglarme —aviso antes de bajar del taburete y perderme en el pasillo, con dirección a mi habitación. Pongo el pestillo. Soltando el pomo de la puerta me dejo caer al suelo. El frío me cala hondo, pero eso no me importa. Dejo la libreta a un lado y alcanzo mi teléfono. Deslizo el dedo en la pantalla y reviso los mensajes. Pero no hay nada. Como si nunca pasó, los mensajes de un desconocido se han esfumado. Solo quiere atormentarme, volverme loca. Y se aprovecha de mi condición para llevar a cabo su siniestro plan. La verdad no sé que quiere ese psicópata. Cuando me miro en el espejo, solo veo una chica común y corriente, poco agraciada. Con un montón de problemas y temores ¿Qué ve él, en mí? Es probable que ni siquiera sea capaz de responder esa pregunta. Porque solo es un obsesionado, un demente, un loco enfermizo y estoy segura que no me dejará en paz hasta conseguir lo que sea que tanto busca. Me incorporo y tomo un puñado de frutos secos llevándolo a mi boca. En estos instantes la ansiedad me carcome. Incluso me sudan las palmas debido al retorno de un nerviosismo que me zarandea de un lado a otro. La sensación en mi interior es insostenible. Corro hasta el baño y apoyó las codos en el lavabo, entonces me permito llorar. El llanto es silencioso, llenos de constantes gemidos y quejidos de dolor. Mi vista se ha empañado, a duras penas sigo en pie. La impotencia es descomunal, hace unos minutos sonreía, ahora me hundo en un mar de lágrimas ¿Cómo puede un ser que siquiera conozco, hacer que me desestabilice a este punto? Lo odio, lo detesto con todas mis fuerzas. Se ha metido en mi vida, en mis emociones, en todo lo que me rodea. Si quisiera tenerme, lo hubiera hecho anoche. ¿Por qué dejar pasar una oportunidad como esa? Es impredecible, hermético y malvado. No tengo idea de lo que realmente desea. No pierdo más tiempo y me dirijo al armario. Tomo unos vaqueros Straight, sandalias negras tachonadas y una camisa de cachemira gris medio. Recojo mi cabello en un moño rodete y pellizco mis mejillas. No me gusta maquillarme. Al salir me despido de Laura y salgo del apartamento. El día está soleado; regalando un espléndido panorama de la ciudad de New York. Las personas que van en dirección contraria no pueden hacerme nada, tampoco las que van junto a mí, esquivando a los demás con premura. Ahora el único peligro es él. No voy a cargarme de más preocupación o colapsaría. Llego a la librería a las 9:30 AM. La chica del mostrador me regala una sonrisa y se la devuelvo. Siempre ha intentado ser amigable, pero algo me dice que no me fie de ella. —Buenos días, ¿Está el señor, Miller? —le pregunto con la esperanza de que diga que sí. —Oh, buenos días, April. El señor Miller no ha dejado de preguntar por ti —informa torciendo los labios, mirándome con lástima; Añade: —te está esperando en el despacho. Asiento dirigiendo mis pasos, casi a rastras, al hueco oscuro y escondido que está al final de un pequeño pasillo. Toco la puerta de madera de cerezo oscuro y enseguida escucho el pase, ronco y grueso de su parte. Apenas pongo un pie dentro de su oficina y llega su voz agria como un limón—. Estás despedida, aquí tienes tu salario del mes, es todo, April. No me extraña. Ya hasta me hice a la idea de otro empleo, pero… muy en el fondo aguardaba que su duro e insensible corazón se ablandara y me diera una oportunidad. —Lo siento señor Miller y gracias por todo. No dice nada, tomo el dinero y me largo cabizbaja.
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