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884 Palabras
Me aturde el sol de la mañana, que con violencia se mete en mi habitación. Parpadeo varias veces varada en la confusión de los hechos. »Parece que todo ha sido una pesadilla«. Pero ha sido real. Ha pasado. Si no tuviera un ardor en la mano, seguro me convenzo que he tenido un mal sueño. Hago una mueca, acariciando mi palma, al menos duele menos. Me estremece recordar la noche anterior. El último mensaje que recibí de él, aparece en mi mente. Duerme, que yo cuidaré tus sueños, mi hermosa April. Suspiro. Ese sujeto me puso las manos encima, porque no recuerdo volver a la habitación. Creí que despertaría sobre la madera, no en mi cama. Algo en mí se agita con fuerza, causa repugnancia y molestia. Cierro los ojos frotando mi sien con los dedos y me lo imagino. Observándome en la oscuridad, torcido. Contemplando mi piel con descaro y esbozando una sonrisa siniestra. »¿Se quedó toda la noche mirándome?«. Tengo un montón de llamadas perdidas de Laura. Maldición. Olvidé pasarle los apuntes. Ahora no sé que le diré. Y debo hablar con el señor Miller. Me doy una ducha rápida. No quiero mirarme en el espejo nuevo; si lo hago, apreciaría su regalo y lo único que siento por ese ser es un eminente aborrecimiento. En cualquier momento lo quitaré y compraré uno. Ojalá lo tuviera enfrente, así le destrozaría el tonto espejo en la cabeza. Pero no me veo capaz de hacer semejante locura. Me congelo bajo su mirada, pierdo la noción con su esporádica aparición, que noquea. Tomo lo primero que veo en el armario, jersey de mezclillas y una camisa holgada, desgastada. Me hago un moño desprolijo, retorcido en la cabeza y me pongo las pantuflas. El olor a café y comida me invade. Doy un brinco en cuanto pongo un pie en la cocina. Ahí está Lau, haciendo huevos revueltos y tocino. —Buenos días, dormilona. Ahora sé que guardas una copia de la llaves bajo la maceta de la señora amargura. Eso explica la razón por la que pudo entrar. Después de todo no es tan seguro mi escondrijo. —Me quedé dormida, olvidé pasarte los apuntes, lo siento. —Oh, no te preocupes. Mejor ven y desayuna, que seguro mueres de hambre —señala el asiento. Arrastro los pies y me siento en el taburete. El olor a comida nubla mis sentidos. Tengo demasiada hambre, necesito alimentarme, podría comerme dos platos enteros de lo que ha puesto frente a mí. —Gracias, eres muy amable. A pesar de que no te pasé nada. —Tonterías, sí me lo has enviado ¿No lo recuerdas? Creí que bromeabas y te seguí el juego. Pero me llegó tu correo. Me atraganto con un trozo de pan. Ni siquiera terminé de redactarlo. ¿Qué rayos? “Ha sido él”. —¿Estás bien? —da palmaditas en mi espalda. Recupero el aliento y asiento. Toso varias veces, hasta que por fin supero el ahogo. Me mira con preocupación. —S-sí… —Tiemblas como un flan. No, claro que no lo estás. Ayer mientras hablamos lo mencionaste. —No pasa nada. —Creo que sí, ¿Qué te pasó en la mano? —Ha sido un accidente. No soy capaz de mirarla a los ojos. Soy una mentirosa. Pero si le digo la verdad, temo que creerá que he llegado al punto de hacerme daño, en medio de un episodio de locura. Entonces, volverá a decirme que visite a un doctor. No puedo decirle que ocurrió. Sus ojos se han vuelto un par de rendijas, mirándome dudosa. No me cree. —¿Hablas en serio? —Estoy diciéndote la verdad. “Mentirosa”. Acusa mi subconsciente. Como despacio, sin apartar los ojos del plato. Me siento una mala amiga. Con una maraña de inquietudes e incógnitas en la cabeza. A veces, creo que debo contarle, pero me es complicado afirmarle que el hombre de la capucha es real. Una fugaz idea atraviesa mi mente, no tarda en deshacerse como la nieve expuesta al sol. No puedo poner su vida en riesgo. No me lo perdonaría. Ojalá todo fuera sencillo, sin tantas complicaciones, sin alucinaciones. Tal vez, así creería que no todos mi miedos son creaciones de mi mente trastornada. —Lamento irrumpir en tu casa. Es que anoche, te escuchabas asustada, intranquila y vine en cuanto amaneció. Sabes que siempre estaré para lo que necesites. Si hay algo que te preocupe… —Nada. Te agradezco lo que hoy has hecho por mí, pero no pasa nada. Anoche ha sido un momento de miedo pasajero. Luego…, pude dormirme. Asiente dándole una mordida al pan que ha untado con mantequilla. —Menos mal, April. Estaba preocupada. ¿Iremos a Central Park? Enseguida me estremecen sus palabras. La pregunta que temo responder, porque él sabrá que estoy allí y podría hacerme daño. No estoy segura de que sea buena idea ir, por eso y otros motivos. Central Park es un lugar hermoso. Acepta la invitación, no seas tonta, April. —No creo, ayer falté a la librería. Ahora debo ir y hablar con el señor Miller. Aunque ya sea tarde y solo me espere para despedirme por irresponsable. Quizás debo hacerme a la idea de buscar otro empleo.
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