3

1036 Palabras
Agarro un cuchillo que siempre ha estado escondido en un cajón de la cómoda y lo empuño con fuerza, el arma blanca tiembla en mi mano. Enseguida parpadea la pantalla de mi teléfono, que no deja de vibrar en la colcha. Desconocido: No soy un cobarde, digamos que prefiero mirarte bajo la oscuridad. Desconocido: Deja ese cuchillo, podrías lastimarte. Desconocido: Me gustaba el espejo en el baño, April. El malestar de perdición y temor corre por mi torrente sanguíneo. El miedo en mi sistema no se ha sentido así de abismal que ahora. Clavo los ojos en el pequeño corte, no es profundo pero duele a horrores. Barro con mis ojos el lugar, no hay nada. Es como un fantasma que no logro ver, un loco que se camufla para pasar desapercibido. Que prefiere mantener un perfil bajo, quedarse entre las sombras. Salgo de la habitación, desesperada por abandonar el apartamento. No sé que hacer. Quizá deba llamar a Laura. El ardor se extiende hasta mi muñeca y me hace gemir. Y llega otro mensaje. Desconocido: ¿A dónde irás? Ya es demasiado tarde, April. Además, yo ya me iba. Disfruta la noche, es una pena que no pueda quedarme otro rato a observar tu extraordinaria belleza. Permanezco más de Díez minutos inmóvil. Las lágrimas pugnan por salir; el silencio apenas se rompe con el sonido, casi inaudible, de las agujas del reloj. 10:30 PM. Me vuelvo a la habitación y como si nada ha pasado, en el baño no hay rastro de vidrios, el espejo está intacto. Nada, salvo los mensajes de un remitente desconocido y mi mano adolorida. “Volviste a enloquecer, mira nada más lo que te has hecho. La próxima podría ser peor”. —No, yo no enloquecí, él estuvo aquí y… ¡Sé que fue él! “Creo que estás loca, si sigues así terminarás en un manicomio”. —Claro que no, ya sal de mi cabeza y déjame en paz de una vez por todas. ¡No estoy loca, por supuesto que no he perdido la cordura! —gruño tomándome la cabeza “Soy tu subconsciente, estoy en tu cabeza, así que no me puedo ir, April”. —S-si no es real, quién ha enviado los… los mensajes —vacilo al hilar. Una retahíla de palabras carente de sentido común se dispersan en mi mente. “Revisa tu teléfono, nadie te ha enviado mensajes”. “Relájate, él es parte de tu imaginación, April. Siempre ha sido así”. “Estás delirando, estás perdiendo el juicio”. Niego con frenesí, por supuesto que ese imbécil sí me ha enviado mensajes. Y en definitiva no es imaginario. Él… Existe. Deslizo el dedo en la pantalla, comprobando que, en efecto, están los mensajes. Sonrío con amargura. Abruma esta situación, jamás fue así de intensa. Estoy temblando, mis dientes crujen como si hubiera un desapacible invierno. Quiero echarme a llorar; cruza la fatídica idea de un s******o. Me veo tentada a quitarme la vida, hace mucho que no me sentía así, bordeando la locura. Aprieto los párpados con fuerza y en el acto lanzo un quejido de dolor. Me siento fatal. El martilleo aparece, punza hasta en mis oídos. Brinco por el trepidante sonido del teléfono en el bolsillo de mis jeans. Es Laura… Dejo el cuchillo en la mesa de centro. Enderezo los hombros, intento relajarme y sonar calmada. —¿Sí? —Necesito los apuntes, por favor. Un correo no se tarda una hora en llegar. —Es que… —busco una excusa —. Lo siento, ya te lo paso. —Que sea cierto, April. ¿Quieres acompañarme mañana a central Park? Es primavera, hay que aprovechar. Habrá muchas personas. Sí, seguro más que con la que debo lidiar en la librería. Si me estuviera invitando a una cena con los Hersh, su familia, no declinaría. Pero… »¿Central Park?« Es un reto para mí estar rodeada de tantas personas. A duras penas lo hago cada día, atravesando unas cuadras, a pie, para llegar a la universidad. Por las tardes cuando voy al trabajo y una tortura de regreso por la noche a casa. —No le des tantas vueltas al asunto, di que sí, ¿Vale? —No puedo, él… podría estar observándome y me atrapará, Lau. Lo he dicho sin pensar. —¿Qué? ¿Él? Ay no, April. Está volviendo a pasar. Tomaré un taxi e iré por ti. Me muerdo la lengua. Aunque sabe de mi trastorno, no quiero envolverla en toda esta situación. No permitiré que corra peligro por mi culpa. —No, no es lo que quise decir. Lau, ya sabes como me pongo en esos lugares, me aturde tanto bullicio. No puedo ir. Lo siento. —April, te lo pido, entiende que él no es de verdad. No permitas que te avasalle. Ven a mi casa mañana y platicamos un poco. Quizá sea una buena idea consignar una cita con el doctor. Ella tampoco me cree. —No, estoy bien. Gracias por preocuparte. Hago un escrutinio a mi alrededor; no hay nada. —Eres terca. No voy a convencerte, al menos visítame y nos pasamos juntas la mañana. —Allí estaré. Buenas noches. —Llámame cualquier cosa. Hasta mañana. Dejo de escuchar su voz y el presente me golpea abruptamente. Acabo de recibir mensajes extraños. Alguien me vigila… ¿Qué se supone que debo hacer? Resulta descabellado volver como si nada a la cama y meterme bajo las sábanas, sabiendo que él volverá. La vibración me desconecta. Desconocido: Central Park es un lugar hermoso. Acepta la invitación, no seas tonta, April. —D-deja de atormentarme, te lo suplico. No sé quién eres…, pero te ruego que dejes de hacer mi vida un infierno —imploro cayendo de rodillas. Mi cabeza va a explotar. Todo me da vueltas. El sudor se desliza en mi frente, respiro con dificultad. Me cuesta absorber el oxígeno que con urgencia reclaman mis pulmones. Necesito ayuda. —Laura… El teléfono se desliza de mi mano y cae sobre el suelo. Y la pantalla vuelve a iluminarse. Desconocido: Duerme, que yo cuidaré tus sueños, mi hermosa April. Dejo de respirar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR