No me toques

1232 Palabras
AVERY Ese día amanecí con la casa sola. Logan había salido temprano, quién sabe a qué. Y la verdad, mejor así. Tener todo para mí fue como un respiro. Después de hacer todo en la casa, abrí los gabinetes de la cocina buscando algo decente que almorzar. Jasper seguía en el trabajo y Logan... ni me importaba. Subí el volumen de mi serie favorita y puse a tostar un sándwich de queso. El olor a pan dorado y queso caliente me hizo suspirar. Apagué la estufa justo cuando empezó a sonar esa campanita. A medio bocado, agarré el celular y marqué a Jasper. —¿Qué pasa, Avery? —contestó al segundo, y me dejé caer en la silla con flojera. —¿Te interrumpo? —le pregunté, esperando agarrarlo justo en su hora de almuerzo. —No, dime qué pasa. Respiré hondo. Ya sabía que iba a sonar medio intensa, pero bueno. —Solo quería decirte que si algún día no vas a cenar en casa, me avises, ¿va? Lo de anoche con Logan lo manejé, pero prefiero mil veces irme a comer fuera si tú no estás. El silencio que siguió me tensó. Pero ya qué. No me iba a echar para atrás. Si podía evitar estar sola con Logan, mejor. —Avery... —dijo con ese tonito que conozco. —Ya sé, pero... —¿Por qué te cae tan mal Logan? Y ahí estaba. La pregunta que llevaba años esquivando. Jamás le conté nada de mi relación con ese cabrón. Mucho menos lo que pasó entre nosotros. No por miedo, sino porque sabía que le iba a doler. Logan era su amigo. Su hermano. Y contarle todo... iba a romperle algo. —Yo... Nada. No me salía. —¿Sabes qué? Mejor hablamos luego. Logan está en la obra, no vuelve hasta tarde. Sonreí. Jasper siempre tan atento. —Va —dije, y mordí lo que quedaba de mi sándwich, ya medio frío. —¿Puedes traer algo de cenar? Se rió leve. —Claro, nos vemos al rato, Avery. —Bye. * Desperté de golpe porque alguien me echó agua en la cara. —¡¿Qué te pasa?! Jasper se estaba riendo con su vaso en la mano. Rodeó el sillón y se dejó caer. —¿Todo bien? —preguntó. —Estaría mejor si me dejaras dormir —le gruñí, tallándome los ojos y quitándome el agua de la cara. El sueño me tenía atontada, pero ya me había despertado por completo. —¿Qué tal estuvo el trabajo? Se estiró lentamente. —Mas o menos, pero salí antes. Miré el reloj de reojo. —Son las cinco apenas. Asintió y dejó el vaso en la mesa de centro. —¿Y qué pasa con Logan? —soltó. Sentí cómo me apretaba la mandíbula. Juraba que ya se había olvidado. No tenía cómo explicarle. ¿Qué le iba a decir? ¿Que me cogió y luego me dejó emocionalmente hecha mierda? ¿Que me hundió diciéndome que no valía nada y que me lo creí? No. Logan fue una herida. Una que todavía no cicatriza. Y aunque lo detestaba, no quería que Jasper lo supiera todo. Se le iba a partir el corazón si se peleaban por mi culpa. —No le caigo bien y ya —me encogí de hombros, y me fui a la cocina por agua. —Ajá —murmuró él, cruzando las piernas. —Cuando te dije que iba a vivir aquí... ¿por qué no se lo preguntaste a nuestros padres? Justo me había dado la vuelta hacia el refri, y menos mal. Si lo veía a los ojos, se me caía la dureza fingida que tenia. Me tomé mi tiempo para volver. Me senté lento, bebí mi vaso a sorbitos. —¿Avery? —No puedo... Jasper me miró raro, esperando que soltara algo más. —Mmm... no sé, solo quería estar contigo. Era una excusa barata. Y la verdad, yo también me sentía así: una mentirosa. Así que me rendí y dije lo real. —No quiero que mis padres se enteren que soy una basura. —Ey, Avery... —Jasper se acercó y me puso la mano en la rodilla, apretando con ternura —. No la cagaste. No eres una basura y te prohibo que te trates asi. Lo miré con los ojos llenos de lagrimas. —Pero sí... —Terminaste la carrera con honores, siempre estuviste al pie del cañón para todos, y encima eres muy joven. Asentí. —No tengo ni puta idea de qué hacer con mi vida, Jasper. Desde algún rincón de la casa se oyó una puerta cerrarse, pero lo ignoré. No quería perder ese instante. —No hace falta que lo sepas todo ya —me dijo. —Siento que sí —respondí, pasándome las manos por los muslos. Bajo los dedos, rocé unas cicatrices viejas. Jasper bajó la mirada. —No, no es así. Tu depresión no era flojera, era una enfermedad. No eres una vagabunda, Avery. Nunca lo fuiste. Respiré profundo, me enderecé en el sillón. —Gracias. Nos dimos un abrazo y me escabullí escaleras arriba. Me había visto llorar mil veces, pero esta vez no quería que pensara que seguía siendo esa versión rota de mí. Cuando llegué arriba, me quedé dura. Vi a Logan cerrando la puerta de su cuarto. Mi angustia se convirtió en rabia. Y antes de pensar dos veces, fui detrás de él. —¿Estabas espiando? —le solté, apretándole la espalda para hacerlo girar. Sentí sus músculos duros bajo mis dedos y se me cortó el aire. Pero no me dio ni chance de reaccionar. En un segundo, me tenía pegada a la pared, al lado de la puerta. —No me toques —escupió entre dientes, empujándome del hombro y plantando la otra mano al lado de mi cabeza. Me congelé. Tenía esa mirada jodidamente intensa, peligrosa. Me dio miedo. Real. Lo miré fijo, como una presa acorralada. —Yo... No me salía ni una palabra. Su mano en mi hombro quemaba. No me lastimaba, pero me tenía dominada. Por primera vez desde que me mudé, me pregunté si Logan podía lastimarme. Esa parte de su historia, la de la cárcel, me daba miedo. Pero su mirada cambió. Ya no era odio. Era... otra cosa. Sus ojos viajaron por mi cara, bajaron a mis labios, a mi cuello. Se me erizó la piel cuando sentí su dedo rozar mi clavícula, suave, lento. Incliné la cabeza sin pensarlo. ¿Qué carajo estaba pasando? ¿Por qué no me movía? Mi mente decía que saliera de acá, pero el cuerpo no respondía. Y ahí estaba él, rozando mi cuello con los dedos. Sentía el corazón latiendo fuerte justo donde él tocaba. Sus cejas fruncidas, su atención clavada en mi piel, todo eso me tenía en un trance. Ambos respirábamos agitados. Tragué saliva. Eso nos despertó. Nos separamos de golpe. Nos quedamos mirando un segundo. Después él bajó la vista. —Es mejor que te vayas de acá —dijo, más suave de lo que esperaba, dándome la espalda. No me lo tuvo que repetir. Me fui directo a mi cuarto sin mirar atrás. Cerré la puerta con apuro y me tiré en la cama. —¿Qué carajo fue eso? —murmuré para mí, apretando el colchón con los dedos.
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