XIMENA Las bocas danzaron, hablaron en su lenguaje sin palabras, dejando escapar pequeños gemidos; la temperatura ascendía provocando que la ropa estorbara; estaban abrigados por la soledad y la comodidad de esa bella suite; sus cuerpos como polos opuestos se atraían. Ángelo se enredó quitándole el sostén; enseguida empezó a desabotonar su camisa de seda, mientras Ximena le contemplaba ese cuerpo de boxeador. Deseaba que la ropa desapareciera y que al fin la hiciera suya. “¿Hacerme suya?” Ella pensó, “no es posible, este guache me desprecio en la luna de miel y cuando estábamos casados y aún sigue fingiendo que no me conoce, no puedo seguir con esto, no me merece”. Lo apartó con sus brazos firmes, levantándose para encerrarse en el baño, aunque su corazón latía, como locomotora en bajad

