Él decide irse. Simplemente abre la puerta con actitud irritada y se marcha sin dejar que me defienda de las cosas tan feas que me ha dicho.
Jamás me prestaría para algo así sobre todo porque trabajar con mi pareja y mi ex pareja bajo el mismo sitio no me hace ninguna gracia.
Y no tengo dudas de que Fernando después de esto, no se dejará convencer para dejar todo en mis manos y mantenerse lejos de mi...si es que alguna vez yo tuve oportunidad de conseguirlo.
Doy un pisoton al suelo y salgo de mi despacho como alma que lleva el diablo directo a donde mismo se dirige mi jefe. Entro detrás de él en su oficina ignorando completamente a su secretaria que hace un absurdo intento por detenerme. Cierro detrás de mi y pongo seguro para que nadie pueda entrar a ver lo que voy a hacer para salvar mi responsabilidad en este asunto.
—Me siento ofendida por tus acusaciones, Fernando —soy clara y directa. Él ni me mira.
Se mete las manos a los bolsillos, me da la espalda mirando por la cristalera de su oficina hacia las maravillosas calles de Nueva York y me empiezo a desesperar. No necesito verle la cara para saber que tiene lo ojos cerrados intentando calmarse al mayor estilo Osborne.
—¿Vas a mirarme o me ignorarás toda la mañana? —pregunto y no contesta. Resoplo.
Saco el móvil de mi bolsillo intentando yo ahora, ser la que consigue un poco de calma. Pongo el altavoz y cuando el tono de llamada suena entre los dos, finalmente se da a vuelta y me mira en el instante exacto en que mi prometido responde a mi llamada:
—¡Dime, amor!
—¡¿Oscar...?! —mi jefe me clava los ojos azules y camina hacia mi, lentamente...muy lentamente manteniendo las manos en los bolsillos. Está tremendo.
—¡Dime, cariño! —repite con voz queda.
—¿Me quieres explicar por qué eres el accionista mayoritario de la empresa para la que me han contratado recientemente?
Mi jefe y ex alza una ceja expectante y se pone todavía más cerca de mi. Estamos a nada de encontrarnos vis a vis.
—Porque cayó en mi cartera de posibles inversiones esa cuenta. Porque .i mujer está al mando de esa empresa y el ex marido de ella vive en la misma ciudad y me apetece estar cerca de mi futura esposa que todavía no acaba de superar a su ex y se me tambalea la vida cada vez que pienso que puede volver a estar con él sin que yo me entere de nada estando en Italia los meses que ella trabaje allí, y porque no hay forma de que te deje sola sin mi. No quiero que me olvides ni puedo pasar meses lejos de ti.
Lo dice todo tan rápido que no me da tiempo a estudiar los fallos. Primero me he equivocado en hacer esta llamada en altavoz porque los ojos sonrientes de mi jefe me dicen que está tan encantado con lo que supone mi futuro marido que le ha empezado a importar un demonio todo lo otro. Y lo peor es que encima tengo que contestar con Fernando mirando y esperando lo que diré.
—Eso no justifica lo que has hecho.
—Y tú acabas de aceptar todo lo otro que dije —contraataca Oscar. Mi ex sonríe.
—No he aceptado nada. Simplemente no voy a hablar de este absurdo contigo por el teléfono.
Fernando camina y se acerca más todavía. Yo doy pasos hacia atrás hasta que se me pegan las rodillas a una silla y caigo de culo sentada en ella. El hombre de los malditos ojos que derriten bragas se inclina hacia mi y me quita el móvil, lo pone sobre la mesa mientras que yo —paralizada como estoy —le dejo hacer.
—Anoche soñaste con él, Lara y le llamaste en sueños —el teléfono sigue diciendo cosas que mi ex no debería oír y este cada vez está más cerca de mi boca —. A mi me quieres pero a él le amas. Los dos lo sabemos.
Ante esa declaración Fernando pega sus labios a los míos en una amplia sonrisa a la que reacciono y presa de los nervios y la vergüenza de sentir que estoy traicionando a Oscar que sigue al teléfono, salgo por debajo de su brazo y tomo el aparato sobresaltada para cuelgar la llamada.
Me quedo horrorizada ante lo que ha pasado. Ni siquiera recuerdo haber soñado nada. Me apoyo en la mesa con ambas manos y lo siguiente que sé es que Fernando me abraza por la cintura desde atrás y me aparta el pelo, me besa la nuca y me endereza para quedar pegados mi espalda con su torso fornido.
—Todavía te amo también, nena. Y sueño contigo casi más horas de las que vivo.
Mientras sus manos me acarician y mi cuerpo se deleita en esa sensación que solo él puede provocarme muy a pesar de todo lo demás, pienso en las amenazas de anoche, las cosas que pasaron hace tres años y la vida calmada que he tenido al lado de un Oscar maravilloso que no se merece esto que le estoy haciendo.
—Pero no hay ni habrá nada entre nosotros, Fernando —giro mi rostro y le miro —. Tú firmaste ese divorcio. Me rompiste el corazón y me destrozaste la vida...no voy a romper mi relación por un cabrón como tú.
Intento sacármelo de encima saliendo de la cárcel de su cuerpo y luchamos hasta que me sube a la mesa, me alza la falda para poder meterse entre mis piernas y estamos peligrosamente ahora sí, vis a vis.
—¡Escúchame bien porque no sé cómo controlar lo que está pasando y empiezo a perder los nervios!
—Suéltame —exijo y niega manteniéndome en mi lugar.
—Yo no fuí quien firmó ese divorcio y la persona que te amenazó anoche también lo hizo conmigo a través de un anónimo que te iba a enseñar y misteriosamente amaneció quemado en el suelo al lado de la pierta de mi coche —dejo de forcejear para escucharle atentamente —. Hay demasiadas cosas que no encajan aquí y las voy a descubrir todas porque te juro por mi vida y por la tuya que eres lo que más amo, que voy a recuperarte...al precio que sea.
No tengo por qué creerle. Anoche cuando volví a la casa pensé que quien me abordó no llevaba alianza de matrimonio, así que salvo el marido de mi madre, puedo ser cualquiera de los allí presentes. Alguien de fuera incluso pero eso no excluye a Fernando.
Luego están todas las cosas que pasaron y el pasado que tenemos en común que ya de por sí me hace desconfiar. Y para rematar, la creciente provocación para tenerme como si todo este tiempo no hubiera pasado y nunca hubiera renunciado a mi. Un tipo que me ama me busca y me encuentra. No se rinde.
Es cierto que sus manos me pueden. Que su boca es mi adicción desde siempre y mucho más cierto que mi cuerpo nunca fue inmune al suyo pero ni Oscar se merece esto ni Fernando tampoco. Cada uno de diversas formas.
—Todo lo que oíste es apreciación de mi prometido. No es real y no quiero que vuelvas a sugerir que vamos a estar juntos cuando no será así, Fernando —se aleja y me bajo al suelo para empezar a acomodar mi ropa —. No tengo intención de cambiar nada que no perezca a esta empresa. Tengo una vida ajena a ti y no voy a modificarla porque tú quieras pretender vivir en el pasado porque ese pasado también es el mío y yo lo recuerdo de una forma diferente. Déjame tranquila, y sigue con tus planes. Yo voy a casarme con otro.
Un extraña sonrisa se dibuja en su rostro al tiempo que niega cuando digo esto último y le observo salir del despacho mucho más tranquilo de lo que entró luego de dejar un dulce beso sobre mi nariz. Supongo que aunque las cosas no salieron como pretendía, él al menos sabe que no tenía conocimiento de lo que Oscar ha hecho.
Tomo el móvil y le paso un mensaje para que sepa que lo hablamos luego en casa. Miento poniendo que no le colgué y se cayó la llamada.
Luego cuando llego a la reunión, lo paso fatal intentando huir de la mirada hilarante de mi jefe mientras trato de encontrar la forma de decirle a mi futuro marido que su nuevo socio, es mi ex. Ese que asegura aún amo. Y que en el fondo tiene razón aunque no lo reconozca en voz alta.
—Tengo que hablar contigo.
Eso es todo lo que me atrevo a decir en el coche de regreso a casa. Oscar me mira por fin sacando la cabeza del móvil y no me gusta la forma en que me sostiene la mirada. Está iracundo y muy serio.
—Llevo desde anoche esperando a que por fin te decidas a hacerlo —contesta enigmático —. Tuve que llegar a la empresa de tu ex para que te sintieras en el compromiso de confesarme que Fernando Osborne es el dueño de: Hasre's Constructions.
El coche se detiene en el mismo momento en que me quedo mirandolo avergonzada y sin saber que decir. Ya lo sabe todo y no tengo palabras para solucionar esto sin salir escaldada.
—No sabía nada hasta que llegué a la empresa y él tampoco sabía que era yo quien iba a dirigir su filial.
—¿Y pensabas decírmelo...? —hace un gesto con su mano completando la frase sin poner más palabras.
—No lo sé, Oscar. No sé cómo te hubiera dicho nada. Pero al final lo sabes y eso es lo que importa.
Baja del coche cuando el chófer le abre la puerta y me ofrece su mano para que baje también, me besa los nudillos y explica pegando sus labios a mi frente.
—Me voy, Lara.
Una punzada de pánico me atraviesa el pecho. Solo llevo dos días en la ciudad prácticamente y ya Fernando me ha estropeado la vida otra vez. No sé cómo seré capaz de solucionar todo sin Oscar y mucho menos de estar con mi familia y la de mi ex tan cerca de mi hijo sin que descubran que existe y de hacerlo, sin que esté a mi lado para protegerme de los daños.
Esto es un desastre que me hace sentir que solo va a peor.