La diplomática se giró, alarmada. Sus ojos verdes se abrieron con incredulidad al ver a sus propios escoltas apuntándole con armas. Se agachó de inmediato para revisar a su acompañante más cercana, pero estaba muerta. La sangre empapaba la tela oscura de su ropa y comenzaba a teñir la alfombra del pasillo.
Los mercenarios la rodearon en cuestión de segundos. Su respiración se tornó más lenta, sus puños se cerraron sobre la tela de su ayaba morada. El miedo la paralizó por un momento y su mirada se tornó más afilada, destellando una furia contenida. A través de la ranura de su niqab, observó con desprecio a los traidores que ahora la amenazaban y que habían asesinado a sus compatriotas.
El pasillo estaba en silencio. Ningún huésped interrumpiría lo que estaba ocurriendo; en ese nivel del hotel solo se alojaba la delegación árabe. Los mercenarios habían planificado el golpe con precisión extrema.
La diplomática permaneció gélida en su posición. Cualquier movimiento en falso podría sellar su destino. Sus atacantes esperaban que suplicara, que mostrara miedo. Pero no lo haría. No les daría el placer de verla rendirse. No aún.
La escena quedó congelada en un tenso suspenso, mientras en el fondo del hotel, la ciudad entera seguía sumida en la euforia del partido. Nadie imaginaba lo que estaba ocurriendo en aquel exclusivo piso de lujo.
Herón, sin embargo, ya había sentido que algo no cuadraba. Su instinto, por años de combate y operaciones, le decía que el peligro estaba cerca. Y estaba a punto de enfrentarlo. Se movía con cautela, con sus pasos apenas audibles contra la superficie de las escaleras de emergencia. Al llegar al piso treinta y cuatro se quedó escondido, advertido por Perseo. Tiró una diminuta cámara y sacó su tableta de la mochila.
El sonido de varios disparos con silenciadores se oyó a lo lejos. Los cuerpos de los escoltas se derrumbaron y yacían inmóviles. Sus vidas habían sido arrebatadas sin ceremonia alguna. Al ser atacados por la espalda, no hubo lucha. Había sido una ejecución limpia, precisa, sin errores.
La mercenaria retiró su niqab negó con ademán tranquilor, revelando un rostro que contrastaba con la situación. Su cabello rubio, suave y ondulado, cayó sobre sus hombros como una cascada dorada. Sus ojos azules y lindos, se centraron en Hafsa con una intensidad que helaba la sangre. Una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios, una expresión que transmitía tanto triunfo como desprecio.
—Así que eres tú —dijo ella con tono cargado de malicia—. Maté a tu sirviente esta mañana y he estado contigo desde entonces… Ya me estaba aburriendo de todo esto. Pero es trabajo —murmuró, su acento extraño, ni francés ni árabe, añadiendo un aura de misterio a sus palabras. Dio un paso al frente, inclinándose ligeramente, como si estuviera a punto de revelar un secreto—. Hoy morirás. Pero antes...
La asesina dejó su pistola en el suelo y sacó un revólver de su funda. El metal brilló bajo la luz del pasillo. Hafsa no pudo evitar sentir un escalofrío al verlo. La mercenaria lo sostuvo con familiaridad, como si fuera una extensión de su propia mano.
—Vamos a jugar un juego… Ruleta rusa… mi favorito —dijo con un gesto siniestro—. Eres de la realeza y millonaria, pongamos a prueba esa suerte que tienes, princesa.
La mercenaria abrió con destreza el tambor del revólver y dejó caer cinco balas al suelo, una tras otra, con un sonido metálico que resonó en el silencio de la habitación. Solo dejó una. Hizo girar la recámara con un movimiento rápido y preciso, como el sonido del mecanismo girando era como un tic-tac que marcaba los segundos finales de su alteza real. Luego, cerró el tambor de forma seca y levantó el arma, apuntando directamente a la frente de ella.
Hafsa contuvo la respiración, sus ojos se fijaron en esa mujer, sintiendo cómo el frío metal presionaba contra su piel. Su corazón latía con tal fuerza que parecía que iba a estallar.
La mercenaria apretó el gatillo, y el sonido del clic resonó en el aire, pero no hubo disparo.
Hafsa se sobresaltó, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, sus vellos se erizaron y un temblor incontrolable sacudió sus extremidades.
La asesina sonrió, como si disfrutara cada segundo de la agonía de su majestad. Giró el tambor de nuevo, el sonido del mecanismo girando era como una cuenta regresiva hacia lo inevitable. Volvió a apuntar a la frente de la árabe, y esta vez, el clic del gatillo fue aún más desgarrador.
Hafsa cerró los ojos con fuerza, esperando lo peor, pero nuevamente, no hubo disparo. Así, lo repitió dos veces más sin que nada pasara. Su respiración era entrecortada, sus manos temblaban y sentía cómo el sudor frío recorría su espalda.
—Maldita sea —murmuró la asesina, su voz cargada de frustración, pero también de un oscuro placer—. La quinta es la vencida.
Apretó el gatillo una vez más, pero esta vez, el sonido del clic fue seguido por un silencio aún más aterrador. No hubo disparo. Hafsa abrió los ojos lentamente, sin poder creer que aún estaba viva. La mercenaria frunció el ceño, claramente molesta, pero también intrigada por la suerte de su víctima.
—Parece que la princesa tiene más suerte de lo que pensaba —dijo con un tono burlón, pero sus ojos fríos no dejaban de brillar con una peligrosa intención—. Ahora colocaré otra bala.
—Es suficiente —dijo el escolta traidor.
—Mierda… Ya se acabó la diversión.
La asesina volvió a deslizar su mano dentro de su vestido hasta su funda y extrajo un cuchillo de hoja curva. Con una destreza escalofriante, lo giró en su palma antes de fijar su mirada en la mujer de ayaba morada, cuyos ojos verdes brillaban bajo la diadema dorada.
—Estoy segura de que tú no tienes ni una sola cicatriz en ese bonito y tapado cuerpo tuyo... —dijo con su acento extranjero y con una mueca burlona—. Tienes privilegio, pero el dolor y la muerte son iguales para todos.
La mercenaria alzó su diestra y la ondeó con rapidez. Entonces, hundió la hoja en la parte interna del muslo derecho de la diplomática oriental con brusquedad.