Un jadeo ahogado escapó de los labios de la mujer árabe ante la punzada en su carne. Sus dedos se crisparon sobre la alfombra y su piel, habitualmente pálida, pareció encenderse como si la carne ardiera con fuego invisible. El dolor era como una descarga eléctrica y sensación ardiente que se expandía por su pierna, haciéndola temblar. Sus labios se entreabrieron y una respiración pesada escapó de su boca cubierta. Sin embargo, no gritó, no suplicó. Solo sus ojos revelaban la magnitud del tormento.
La diplomática retrocedió, deslizándose con las manos en un intento de alejarse, rumbo a los ascensores.
—Eso es, arrástrate como todos.
La asesina rubia se mofó, con sus labios curvados en una sonrisa cruel.
—No te pases, Ivanna —gruñó el escolta árabe, un hombre de constitución robusta y mirada inescrutable—. Ni tú ni yo la mataremos. Será Raiden.
—Lo sé, es solo para hacerla sufrir un poco. ¡Mira cómo se retuerce!
La diplomática, con el pulso acelerado y la respiración entrecortada, consiguió girarse con esfuerzo, apoyándose en la pared. Sus piernas apenas respondían. Sentía la calidez de la sangre escurriendo por su piel, manchándole la ropa. El dolor era punzante, ardiente, pero su mente se negaba a ceder ante la desesperación.
—Ve por ella —dijo la mercenaria, sacudiendo la mano con indiferencia—. Yo revisaré la habitación presidencial.
Sin molestarse en mirar atrás, Ivanna se acercó a los cuerpos de los escoltas caídos. Se inclinó sobre la sirvienta muerta y le quitó la tarjeta de acceso con la misma naturalidad con la que alguien tomaría una moneda del suelo. Mientras tanto, la otra mujer de n***o aún viva, temblaba como una hoja al viento.
—¿Qué haces? Entra tú —le espetó Ivanna, tironeándola bruscamente del brazo.
La diplomática andaba con lentitud hacia los ascensores. Al afirmar la pierna, parecía que el cuchillo la quemaba más la carne. El pasillo era largo y, detrás de ella, el traidor de su escolta la seguía con calma, dando un paso y luego quedándose quieto, como si disfrutara de su sufrimiento. El sonido de sus zapatos resonaba en el pasillo como un eco que rebotaba contra las paredes y hacía que la ansiedad creciera con cada segundo. La realidad era clara: estaba completamente sola. Sus guardaespaldas habían sido ejecutados sin misericordia, su seguridad comprometida. No quedaba nadie que pudiera salvarla.
El pasillo parecía interminable, cada metro un suplicio y cada paso una tortura a los ascensores. Avanzaba con lentitud, sintiendo cómo la herida en su muslo quemaba con una intensidad desgarradora. Cada vez que intentaba apoyar la pierna, un dolor abrasador subía por su muslo hasta su cadera. Sentía la sangre caliente filtrarse entre las capas de su ayaba morada, una prenda que antes la cubría con dignidad y ahora se empapaba con su vulnerabilidad.
Desde su nacimiento, había sido criada con privilegio, distinción y un código de vida estricto. No era solo una simple diplomática; era una princesa, Hafsa Al-Mansoor, hija primogénita del Emir más poderoso de Abu Dabi. Desde su infancia, había sido educada para ser una figura de respeto, una mujer que representara la tradición y la fuerza de su dinastía. A pesar de su linaje, su destino no había sido gobernar. Ser mujer significaba que, aunque su inteligencia y educación fueran superiores a las de muchos hombres de su nación, jamás podría ser una Emir ni una líder política real. En su mundo, los hombres gobernaban y las mujeres sostenían el honor de sus familias en la sombra.
Hafsa se había casado por conveniencia, por la estabilidad de la federación, con el hijo de la familia más poderosa de Dubái. Un matrimonio sin amor, sin afecto, sin siquiera un atisbo de compañerismo. A sus treinta y siete años, aún permanecía casta; su esposo nunca la había tocado. Él tenía amantes europeas, occidentales y árabes, pero a ella la trataba con la reverencia distante que se le otorgaba a un símbolo o un trofeo, no a una esposa.
Ella lo sabía, y nunca se había quejado, porque también lo prefería así. Era su deber soportarlo como princesa y preservar el orden en el país por medio de su unión familiar. Para ella, su verdadera vida estaba en su dedicación a la religión, a las reuniones diplomáticas y a su trabajo filantrópico. Había usado su posición para ayudar a mujeres en todo Medio Oriente, asegurándose de que aquellas menos privilegiadas que ella tuvieran acceso a educación, refugio y derechos mínimos en una sociedad que a menudo las olvidaba.
Toda su existencia había sido impecable, estricta y pulcra. Su piel blanca nunca había conocido una herida, una cicatriz, ni la más mínima imperfección. Su vida era una línea recta de obligaciones cumplidas, de palabras contenidas, de emociones reprimidas. Pero ahora, el dolor en su muslo la hacía sentir más vulnerable que nunca. Nunca nadie la había lastimado. Nunca nadie se había atrevido a tocarla con violencia. Sin embargo, ahí estaba, con una hoja de acero hundida en su carne.
El pánico se apoderó de ella con una fuerza devastadora. Sus ojos verdes, normalmente serenos y calculadores, se llenaron de terror. Sus pupilas se dilataron en su iris verde jade hasta oscurecer su mirada. Sentía los vellos de su cuerpo erizarse bajo las telas de su ayaba, como una reacción involuntaria al miedo paralizante que la invadía. ¿Quién se atrevía a hacerle esto? ¿Quién osaba desafiar la autoridad de su familia, de su nación? El dolor físico era abrumador, pero lo que la consumía realmente era la certeza de su destino: iba a morir.
Su cuerpo comenzó a temblar; sus manos tiritaban al intentar sostenerse de la pared para seguir avanzando. Su corazón latía con tal violencia que podía escucharlo en sus oídos, en un tamborileo frenético que anunciaba su desesperación. Las piernas le flaqueaban y, finalmente, cayó de rodillas. Un jadeo entrecortado escapó de sus labios. El sabor amargo del miedo llenaba su boca.
Se aferró a la alfombra del pasillo con uñas débiles, tratando de arrastrarse, de avanzar, aunque fuera unos centímetros. Sus dedos se estremecían con un pavor incontrolable. No podía aceptar su final. No de esta forma. Su mente, entrenada para la diplomacia y el autocontrol, se rebelaba contra la impotencia de la situación. Pero su cuerpo no respondía.
Alá, protégeme, pensó con fervor. Dame la fuerza para seguir.
Hafsa rezaba mentalmente, con cada palabra más desesperada que la anterior. Había crecido en la fe, había dedicado su vida a seguir los principios de su religión. Pero ahora, al borde de la muerte, sentía que cada rezo era un grito ahogado en la inmensidad del vacío. Se sentía insignificante, como si su linaje, su poder y su estatus no significaran nada en ese momento. Solo era una mujer en el suelo, arrastrándose para sobrevivir como cualquier otra. ¿Dónde estaba su privilegio y su supremacía al ser de la realeza?
El escolta traidor, aquel que alguna vez había jurado protegerla, la observaba con una mezcla de burla y curiosidad. No se apresuraba, no tenía ninguna prisa; ella no tenía escapatoria. Saboreaba el momento, la lenta agonía de una mujer que había estado por encima de todos, reducida ahora a una figura temblorosa en el suelo, como un gusano arrastrándose en el piso. La gran princesa y primera dama de Emiratos Árabes Unidos se movía como una simple mortal igual a las demás. Era lo menos que se merecía al ser de la realeza; como odiaba a los billonarios con poder político y fortuna. ¿De qué le servía su dinero? De nada.
Los pensamientos de Hafsa se fragmentaban entre el dolor y la desesperanza. Su visión se nublaba por las lágrimas que se acumulaban en sus ojos, pero no las dejaba caer. Aunque su voz no pudiera gritar, aunque su cuerpo estuviera fallándole, su voluntad no se rompería. Pero la realidad era innegable. No podía huir. No podía luchar. ¿Qué podía hacer contra hombres armados y entrenados? Su cuerpo comenzaba a rendirse, su sangre se filtraba por su ropa con cada latido de su corazón acelerado. La debilidad la dominaba.
Alá, ayúdame, rogó de nuevo en su mente. Si este es mi destino, permíteme afrontarlo con dignidad.
Hafsa se aferró a esa última esperanza, incluso cuando sintió que sus fuerzas la abandonaban. Ya estaba cerca de los ascensores. Pero el miedo y la ansiedad de saber que iba a morir le impedían levantarse. Sus párpados temblaban, su respiración era errática. Sabía que el final estaba cerca. Se arrastró un poco más, un último esfuerzo inútil. Sabía que la muerte la esperaba. Y, aun así, no dejó de moverse. No dejó de rezar. Porque, aunque todo estuviera perdido, su fe era lo único que aún poseía.
Y entonces, en medio de su agonía, sintió una presencia. No la de sus verdugos, sino otra diferente. Unos ojos contemplándola. No sabía si era una visión, una alucinación causada por el miedo, pero los sintió. Giró la cabeza hacia el sitio de las escaleras y divisó a esa persona escondida. Su corazón se detuvo un instante.