El aire era eléctrico y lleno de incertidumbre. Ella respiraba con dificultad, sintiendo el ardor lacerante en su muslo herido, pero su mirada seguía inamovible en aquel hombre. Alto, cubierto de n***o, con su equipo táctico ajustado a su cuerpo y un pasamontañas que ocultaba su rostro con una gorra. Sus ojos, al igual que ella, eran lo único que estaba descubierto. Los de la princesa eran de un verde jade, hechizante, brillante e hipnótico, pero los de él eran un abismo helado, decidido, inflexible y sin miedo, que la observaba con intensidad.
A sus costados, los dos perros permanecían quietos, con sus chalecos y protecciones en el cuello, tan disciplinados como su amo. No gruñían, no se movían. Eran letales en su quietud, esperando una orden para actuar o para seguir en estado calmado.
Hafsa sintió un escalofrío recorriéndole la columna. No podía confiar en nadie. Todos sus guardaespaldas habían sido ejecutados sin piedad. Su propio escolta, un árabe con el que compartía la misma cultura y religión, la había traicionado sin consideración alguna en contra su estatus como princesa y primera dama del país. Y ahora, en medio del lujoso hotel convertido en un campo de caza salvaje, se encontraba ante ese hombre del que no sabía nada, escondido, como un espectro silencioso y siniestro, con su atuendo táctico y oscuro, como un enviado de la muerte. Esos ojos azules eran la única evidencia de que era un humano y no un ente sobrenatural emergido del infierno que había venido a llevársela a los confines del averno. ¿Era aliado o enemigo? ¿Qué hacía allí?
La presencia de Herón Hardway era algo imprevisto en esa situación; él no tenía que estar allí, porque ese día la princesa Hafsa Al-Mansoor iba a morir a mano de los mercenarios que se habían tomado el hotel. Su sola existencia convergente en ese espacio-tiempo alteraba todo lo que estaba dictado a suceder. O, ¿cada uno de sus actos desde su nacimiento, ideales, decisiones y compañeros caninos lo habían llevado ahí? Había recibido una misión de escolta a un VIP francés. En ese día había podido volver en la madrugada a Inglaterra. Además, si no fuera por Teseo, su intriga no se habría despertado. ¿Era instinto, era simple casualidad o era destino?
Hafsa no podía leer sus intenciones, pero algo en su postura, en la forma en que estaba, le indicaba que no era como los otros.
Sus miradas se encontraron en un instante contenido en el tiempo. Ella no suplicó ni intentó hablar. Su educación le había enseñado a mantener la compostura ante cualquier situación, incluso frente a la muerte. No había lágrimas, solo la firmeza de su espíritu en sus ojos verdes, como un mar embravecido atrapado en la calma antes de la tormenta.
Él tampoco habló. No era necesario. Solo llevó su índice a los labios, indicando silencio.
Maktub significaba que las cosas ya estaban escritas. El Qadar, el destino o decreto divino islámico, era inevitable. Dos personas de orígenes opuestos, dos mundos diferentes enmarcados a encontrarse. El Ruh de las almas predestinadas. No importaban las fronteras, las creencias ni la sangre derramada. Lo que debía suceder, sucedería. Eso era el destino.
El dolor en su muslo pulsaba con fuerza. Hafsa trató de mantenerse firme, pero su cuerpo comenzaba a traicionarla. La sangre escapaba en un lento hilo escarlata, tiñendo la tela de su alhaja. Su aliento tembló apenas. El miedo y la incertidumbre se aferraban a su piel. ¿Estaba atrapada por dos asesinos o había encontrado luz en su oscuridad?
El hombre le hizo una señal con la mano para que se acercara. Dudó. Era un riesgo. Pero, ¿qué otra alternativa tenía? Si se quedaba allí, su escolta la ejecutaría. Si iba con ese extraño, al menos existía la posibilidad de que no la matara de inmediato. Quizás él fuera su única oportunidad de sobrevivir. Simples segundos se volvieron eternidades de reflexión.
Hafsa respiró hondo y tragó saliva. Sus manos temblaban por la incertidumbre de lo que debía hacer. En ese momento de vida o muerte, se aferró a la única opción que le quedaba: ese completo extraño con atuendo táctico, como un fantasma de la noche. Su única esperanza era quien se parecía más a un espectro de la muerte, más que sus mismos agresores. Se arrastró con esfuerzo, alejándose de la vista del traidor. Cada centímetro recorrido era una agonía. Sus uñas arañaban la alfombra con desesperación. Su pecho subía y bajaba rápidamente, pero no emitió sonido alguno.
El hombre hizo un gesto con la mano y los perros se quedaron inmóviles.
Así, Herón disminuyó su respiración. Luego, sacó su cuchillo. Se preparó, esperando en la zona de las escaleras con su cuerpo inert, listo para atacar. No debía dudar, ni hacer sonido. Era así como los depredadores esperaban a sus presas, solo para hacer un solo movimiento silencioso y preciso, para quitarle la vida a su víctima.
El traidor avanzó, creyéndola acorralada. Había guardado su arma, confiado en que la princesa no tenía escapatoria, lo que era un error fatal, ya que no consideraba la presencia de un tercero que ahora hacía parte de la escena.
En cuanto cruzó el umbral, Herón se movió con la velocidad implacable. En un acto de técnica y destreza, lo atrapó por la espalda, con su mano izquierda le cubrió la boca para silenciar cualquier grito y con la derecha, en donde empuñaba el cuchillo con temple, lo apuñaló de forma rauda y estricta.
La hoja se hundió en la carne con facilidad, atravesando la garganta del traidor. Un sonido ahogado escapó de su garganta al sentir el acero desgarrándole la tráquea. Su cuerpo se sacudió con espasmos breves, con su sangre caliente manchando la tela blanca de su traje, mientras goteaba al suelo en un diminuto charco creciente.
Hafsa atestiguó todo, perpleja y con sus pupilas oscuras dilatadas en su iris verde jade. No apartó la vista ni por un instante. Estaba tirada en el piso, viendo como ese extraño mataba al escolta. Él tensó los músculos y sostuvo el cuerpo hasta que dejó de moverse, luego lo dejó caer sin ruido. La sangre seguía fluyendo, empapando el piso de lujo con un rojo intenso. Se quedó helada y petrificada, mirando a los ojos de aquel hombre; azules, gélidos, indomables en un abismo que la atrapaba y calaba hasta los huesos de su convicción y apatía emocional, era como si, a pesar de haber arrebatado esa vida, él no sintiera nada.
Herón también la detalló. Ella estaba horroriza, pero la vida podía ser así de cruel.
La tensión era extrema en el aire y el choque de las miradas de dos personas que se habían encontrado por primera vez sin ver su rostro o conocer su identidad.
Los párpados del escolta se movieron de manera intermitente hasta que la vida se extinguió de sus ojos. Su respiración se detuvo con un último estertor. Su cuerpo quedó inerte, sin más resistencia.
Herón lo acomodó en el piso con cautela, evitando hacer ruido. No era la primera vez que lidiaba con un c*****r. Entonces, avanzó hacia la diplomática, con su vista fija en ella, midiendo su reacción.
Hafsa se sobresaltó y levantó las manos instintivamente para protegerse la cara. Había atestiguado cómo ese hombre eliminaba al escolta de manera contundente y sin ninguna duda. No hubo titubeo ni vacilación en sus movimientos. Cada gesto había sido estricto, como una muestra de entrenamiento y experiencia en ese ámbito. No era un asesino común; era alguien que sabía lo que hacía, alguien que había ejecutado muchas muertes antes de esa noche. Él era peligroso y también la podía matar.
Herón no hablaba árabe, pero quizás ella entendía inglés. Aunque estaban en Francia, por lo que, si no hablaba su idioma, lo intentaría con francés. En su trayecto militar había aprendido a hablar algunas lenguas que dominaba con fluidez y algunas otras en menor medida.
—No soy su enemigo —dijo él con voz serena—. No estoy con ellos. No le haré daño.
Hafsa seguía agitada. El dolor en su muslo palpitaba como un latido independiente. El miedo aún dominaba su cuerpo, pero en su interior supo que aquel hombre era mejor opción que los otros. Bajó lentamente los brazos, todavía con recelo. Sus dedos temblaban. Asintió sin decir nada.
—Hay más… Ellos han tomado el control del hotel… ¿Puede esperar un momento aquí?
La princesa solo hizo otro leve asentimiento. Sus nervios y el terror hacían que respondiera con articulaciones automáticas.
—Luego trataré su herida.
Herón limpió el cuchillo con un trapo y lo guardó en su funda. Metió la gorra en su mochila. Se agachó sobre el c*****r del escolta, lo registró con rapidez, extrayendo un par de audífonos que deslizó bajo su pasamontañas. Le quitó el arma y comprobó la munición. Lo cargó al hombro sin aparente esfuerzo y caminó hacia la habitación.
Frente a la puerta, lo acomodó de espaldas, sujetándolo con precisión para que pareciera de pie. Con una mano, tocó el timbre y esperó.
Dentro, Ivanna estaba en el sofá, comiendo con desgano. Usaba a la otra mujer árabe como su sirvienta personal, dándole órdenes con la punta de sus botas mientras masticaba. Cuando el timbre sonó, rodó los ojos con fastidio. Odiaba que la hicieran esperar.
—Al fin… Sí que es lento —bufó ella con su particular acento europeo.
Ivanna se inclinó hacia la pantalla y vio la figura de su compañero de espaldas. Sin dudar, abrió la puerta.
—Raiden, ya la tenemos —informó por su auricular.
Una voz masculina ronca respondió al instante.
—Vamos a subir.
Ivanna abrió con confianza; con su cabellera rubia y sus lindos ojos azules, no tuvo oportunidad de reaccionar cuando el cuerpo del escolta, sin vida, cayó pesadamente al suelo. Sus párpados se abrieron de par en par y, antes de que pudiera alcanzar su arma, Herón le apuntó directamente entre las cejas y le disparó varias veces con su rifle, apagando el brillo de su gran belleza femenina. En el campo de batalla, esa hermosura se había marchitado para siempre.
El sonido fue seco y contenido. Ivanna cayó de espaldas sin un solo espasmo. Sus ojos azules quedaron abiertos, con su expresión congelada en una mezcla de sorpresa y terror.