—Esta ya la revisamos —murmuró Kyllian, un hombre de complexión fornida y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda—. Es perder el tiempo. —Raiden ha sido claro —respondió Sienna, una mujer delgada, de rostro afilado y ojos fríos como el acero. Se dispuso a abrir el sistema de seguridad de la habitación presidencial—. Hay que buscar en todas las habitaciones. —Se han escabullido como ratas —bufó Axel, un hombre de piel oscura y manos grandes, apretando su pistola con impaciencia—. No me sorprendería que se hubieran deslizado por el maldito conducto de ventilación. Sienna se detuvo, encarando a sus compañeros. —Es imposible que estén aquí —intervino Nadia, la última del grupo, con un tono de fastidio. Su cabello era corto y rojo—. Ya buscamos en esta habitación. Perdemos tiempo. Lo

